LA CATA DE ROALD DAHL. UNA LECCION DE HUMILDAD.

"Contempla con ojos radiantes el mundo que te rodea, porque los mayores secretos se encuentran siempre en los lugares más inverosímiles". (Roald Dahl).

La cata de Roald Dahl, título con el que suele conocerse en español el célebre relato “The Taste”, ocupa un lugar singular en la historia de la literatura breve del siglo XX y, por extensión, en el imaginario cultural del vino. No es un texto sobre el vino en el sentido técnico o enológico, pero pocos relatos han captado con tanta precisión el poder simbólico, social y performativo de la cata como acto cultural. Desde su origen hasta su recepción contemporánea, el cuento ha sido leído, citado y discutido tanto en círculos literarios como en ámbitos vinculados al vino, convirtiéndose en una pieza de referencia para reflexionar sobre el gusto, la autoridad, el esnobismo y la teatralización del saber.


Roald Dahl escribió “La cata” en un momento temprano de su carrera como narrador para adultos. Publicado originalmente en 1951 en The New Yorker, el relato pertenece a una etapa en la que Dahl se consolidaba como maestro del cuento breve de giro inesperado, heredero tanto de la tradición anglosajona del relato de suspense como de un humor negro muy personal. Antes de convertirse en el autor universalmente asociado a la literatura infantil, Dahl fue un observador mordaz de las convenciones sociales de la élite británica, y “La cata” es un ejemplo temprano y particularmente logrado de esa mirada crítica.

El argumento, aparentemente sencillo, se despliega con una precisión casi teatral. El narrador es invitado a cenar a la casa de Mike Schofield y su esposa Louise, donde también está presente Richard Pratt, un conocido del anfitrión. La velada transcurre en un ambiente de cortesía elegante hasta que el vino entra en escena. Schofield descorcha una botella y Pratt, tras probar el vino, comienza a exhibir una seguridad absoluta en su capacidad para identificarlo. Lo que en principio es una demostración de pericia se transforma pronto en un desafío: Pratt apuesta una suma considerable de dinero a que puede determinar no solo el país y la región, sino la añada exacta del vino servido.

Roald Dahl

La tensión narrativa crece en paralelo al discurso enológico de Pratt, quien desgrana con voz autoritaria una cadena de deducciones que imitan el lenguaje de la cata profesional, referencias al clima de la añada, a la madurez de la uva, al equilibrio entre acidez y tanino, al carácter de un château concreto. Dahl reproduce con notable oído literario el tono del experto, ese registro en el que el conocimiento técnico se mezcla con una puesta en escena casi hipnótica. El lector asiste, fascinado y escéptico a la vez, a una representación del saber que parece infalible.

El desenlace, célebre por su ironía cruel, subvierte de manera radical la autoridad construida durante el relato. Cuando Pratt finalmente identifica el vino con exactitud asombrosa, la revelación posterior, el vino había sido servido previamente en la copa de Pratt sin que este lo supiera, desactiva por completo la épica de la cata. No ha habido un ejercicio de identificación sensorial pura, sino una trampa basada en la memoria y la observación. Dahl no ridiculiza el vino en sí, sino la pretensión de un conocimiento absoluto, la arrogancia del experto y la facilidad con la que el ritual social de la cata puede convertirse en un espectáculo de poder.


La Cata, de Roald Dahl. Ilustración de Iban Barrenetxea.

Desde el punto de vista literario, “La cata” se inscribe en una tradición que utiliza objetos culturales, en este caso el vino, como catalizadores de conflicto moral y social. El vino no es un mero decorado, es el eje simbólico sobre el que gira el relato. En la Inglaterra de posguerra, el conocimiento profundo de los grandes vinos franceses funcionaba como un marcador de estatus, una forma de capital cultural en el sentido que más tarde formularía Pierre Bourdieu. Dahl capta ese fenómeno con una lucidez extraordinaria, mostrando cómo el gusto no es solo una cuestión sensorial, sino una construcción social atravesada por jerarquías, rituales y expectativas.

La repercusión literaria del relato fue inmediata. “La cata” se convirtió en uno de los cuentos más antológicos de Dahl y fue adaptado en varias ocasiones, entre ellas para la televisión en la serie "Tales of the Unexpected". Cada nueva lectura o adaptación ha reforzado su condición de texto canónico dentro del relato corto contemporáneo. En el ámbito académico, el cuento ha sido analizado desde perspectivas diversas, estudios sobre el narrador no fiable, análisis del poder simbólico, aproximaciones semióticas al gusto y al discurso experto. En todas ellas, el vino aparece como un lenguaje, un sistema de signos que puede ser manipulado con fines de dominación o engaño.

Pero quizá resulte aún más interesante su impacto en el mundo del vino. “La cata” ha sido citada innumerables veces en artículos, conferencias y libros divulgativos para ilustrar los límites de la cata a ciegas, la sugestión y el peso del contexto. En escuelas de sumillería y cursos de análisis sensorial, el relato se utiliza como advertencia literaria, no tanto para negar la validez de la cata, sino para recordar su dimensión humana, falible y culturalmente condicionada. Dahl anticipa, desde la ficción, debates que décadas más tarde ocuparían a científicos y enólogos sobre la influencia de la expectativa, la etiqueta o el precio en la percepción del vino.

Con el paso del tiempo, el cuento ha adquirido una segunda vida en la cultura vinícola contemporánea, marcada por una creciente autoconciencia crítica. En un contexto en el que el discurso del vino ha oscilado entre la tecnificación extrema y la caricatura del esnobismo, “La cata” funciona como un espejo incómodo. Nos recuerda que el lenguaje especializado puede convertirse en un instrumento de exclusión y que el placer del vino corre el riesgo de diluirse cuando se subordina por completo a la demostración de saber.

Desde una perspectiva histórica más amplia, el relato dialoga con una tradición mucho más antigua en la que el vino aparece asociado al engaño, la astucia y la revelación. Desde los simposios clásicos hasta las sátiras ilustradas, el vino ha sido un espacio de verdad y de máscara. Dahl, con su prosa limpia y su ironía precisa, actualiza esa tradición en clave moderna, trasladándola al salón burgués del siglo XX y anticipando problemáticas plenamente vigentes en el XXI.

Hoy, más de setenta años después de su publicación, “La cata” sigue siendo un texto sorprendentemente actual. En una época de redes sociales, puntuaciones numéricas y prescriptores omnipresentes, el relato invita a una lectura crítica del fenómeno del vino como espectáculo. No propone un rechazo del conocimiento, sino una desmitificación de su teatralización. En ese sentido, su vigencia en el mundo vinícola es comparable a su estatus literario, es un clásico porque sigue interpelándonos, porque pone en cuestión nuestras certezas y porque lo hace con la elegancia cruel de la mejor literatura breve.


Para un lector interesado en el vino desde una perspectiva cultural y no meramente técnica, “La cata” ofrece una lección que va más allá del argumento. Enseña que el vino, como toda construcción cultural compleja, existe tanto en la copa como en el relato que hacemos de él. Y que, a veces, ese relato dice más sobre quien lo pronuncia que sobre el líquido que se pretende describir.

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