- Proceso de la fase olfativa.
La evaluación olfativa se realiza en dos etapas esenciales para garantizar un análisis completo, facilitando la liberación gradual de las sustancias volátiles encargadas de generar los aromas.
- A copa parada: el primer paso produce un impacto inicial y consiste en llevar la copa lentamente cerca de la nariz sin mover el vino. Esto facilita la detección de los aromas más volátiles y delicados, que se concentran en la superficie. Es aconsejable realizar una inhalación breve, de aproximadamente 3 o 4 segundos, para prevenir la fatiga olfativa o la saturación de los receptores nasales, ya que, al igual que sucede con los perfumes, el sentido del olfato tiende a embotarse con rapidez.

Los vinos con una intensidad aromática elevada se distinguirán con facilidad, incluso sin necesidad de acercar la copa a la nariz, pues su fragancia se percibe a cierta distancia. En contraste, aquellos con una intensidad baja resultarán difíciles de identificar, aun acercándose completamente a la copa. Según su potencia aromática, el vino puede clasificarse en diferentes niveles de intensidad, desde débil hasta desarrollada, utilizando términos como neutra, insípida, discreta, cerrada, aromática, abierta, expresiva, fuerte o intensa para describir sus matices.
La intensidad es un requisito indispensable, aunque no suficiente, para hablar de calidad en un vino. Un vino con poca intensidad aromática no puede calificarse como bueno; quizá resulte agradable al gusto, pero no podrá considerarse como un buen vino en su totalidad. Sin embargo, una intensidad elevada por sí sola tampoco es suficiente; se requieren también finura y complejidad.
En la etapa inicial del análisis olfativo del vino, se aconseja percibir los aromas sin agitar la copa, lo que permite identificar las notas más delicadas y efímeras, dado que estas son las más volátiles. Este método también resulta óptimo para detectar posibles defectos o aromas inusuales sin que sean ocultados por otros componentes. Se sugiere captar las primeras impresiones olfativas y reflexionar sobre las sensaciones asociadas, como la evocación de flores, frutas, vegetales o aspectos derivados de su crianza.
Al acercar la nariz a la copa, inhala lenta y profundamente. Este proceso permite que las moléculas aromáticas se calienten, se volatilicen con mayor eficacia y lleguen directamente a los bulbos olfativos. Los vinos de mayor calidad destacan por ser siempre aromáticos y complejos, desplegándose gradualmente en la copa. Su carácter se intensifica y se vuelve más expresivo a medida que interactúan con el aire. Un aspecto más subjetivo, que requiere cierta experiencia, es evaluar la armonía de los aromas. Según esta percepción, un vino puede percibirse como desagradable o complejo, pasando por descripciones como común, simple, fino, severo, elegante, refinado, armonioso e incluso lleno de clase.
El proceso habitualmente comienza con la identificación de un olor específico, como frambuesa, vainilla, rosa u otros. En esta primera etapa, se recurre a un término rápido y espontáneo que describa el aroma, sin detenerse demasiado en la reflexión. Sin embargo, si no se logra definir un aroma concreto, se procede a observar las percepciones en conjunto y clasificarlas dentro de las familias aromáticas establecidas. Será necesario optar por alguno de los grupos de aromas principales: primarios, secundarios o terciarios. En el caso de que no se detecte ningún aroma evidente, se considerará que se está ante una neutralidad aromática.
- Con la copa en movimiento: posteriormente se mueve la copa con delicadeza en un movimiento circular en sentido inverso a las agujas del reloj. Este acto, que frecuentemente observamos en los expertos, tiene un fundamento científico, permite oxigenar el vino, aumenta la superficie expuesta al aire y facilita la liberación de los compuestos aromáticos más complejos y menos volátiles que, de otra forma, permanecerían retenidos en el vino. Tras mover la copa, se procede a una segunda inhalación para apreciar estos matices renovados y más profundos.

Intentaremos observar si surge alguna nueva nota aromática o si simplemente se perciben los mismos aromas con mayor intensidad. Puede ocurrir que, antes de agitar el vino, predominen ciertos aromas, como el de fruta, y que, al hacerlo, se manifiesten otros, como las notas de madera. Esto indicaría que existe una variación en los aromas del vino. En cambio, si los aromas percibidos son exactamente los mismos antes y después de agitar la copa, podremos concluir que no hay variación aromática en el vino.
A continuación exploraremos los aromas del vino. Para ello, se puede girar la copa, lo que permite que el vino se oxigene y libere sus fragancias con mayor intensidad. Esto nos ayudará a identificar si predominan los aromas frutales ya que la fermentación de la uva puede recrear notas de otras frutas, como frutas rojas y negras en los vinos tintos, o manzana, cítricos y frutas tropicales en los blancos, o si destacan los olores provenientes de la madera de la barrica, como toques de vainilla, café o cuero, entre otros.
Los vinos producidos a partir de variedades nobles presentan aromas característicos que permiten diferenciarlos. Por ejemplo, el cabernet sauvignon suele evocar en la mayoría de los catadores el aroma de la grosella, mientras que la gewürztraminer recuerda al lichi. La variedad de la uva es el primer atributo que se puede identificar mediante el sentido del olfato. Por otro lado, los aromas que no están directamente relacionados con las uvas generalmente provienen de las barricas donde se envejecen los vinos, aportando notas como cedro, vainilla o caramelo. Durante la cata, los expertos realizan una combinación de inhalaciones rápidas y profundas, alternándolas con otras más suaves y tranquilas para captar toda la complejidad aromática del vino.

La cata olfativa retronasal constituye una fase crucial del análisis sensorial del vino y se desarrolla mientras la sustancia permanece en la cavidad bucal. Para realizarla, tome un pequeño sorbo de vino sin ingerirlo y permita que circule ligeramente entre los labios, promoviendo así la difusión de los compuestos aromáticos. A continuación, exhale el aire por la nariz, lo que facilita la percepción de las moléculas volátiles responsables de los aromas. Los catadores con mayor experiencia suelen realizar un delicado borboteo aspirando aire dentro de la boca, lo que incrementa la temperatura del vino. Este proceso favorece la volatilización de moléculas aromáticas más complejas y pesadas, posibilitando una identificación más completa de su perfil sensorial. Como complemento a esta técnica, se recomienda analizar los aromas remanentes en la copa vacía tras la degustación. Este procedimiento permite captar notas olfativas más sutiles, ya que el contenido alcohólico remanente disminuye, dejando una fina película de vino que continúa evaporándose y liberando fragancias residuales.

Debemos evitar una aspiración excesiva y persistente del bouquet al momento de analizar o identificar los aromas presentes en un vino. En su lugar, se aconseja realizar una inhalación moderada, con el propósito de prevenir el efecto anestésico olfativo, manteniendo intervalos de reposo entre cada aproximación para optimizar la percepción sensorial. Esto se fundamenta en la rápida fatiga que sufren los bulbos olfativos, fenómeno por el cual se adaptan en cuestión de segundos a una fuente de olor constante, generando una disminución en la intensidad de la impresión olfativa con el paso del tiempo. No obstante, dichos receptores olfativos tienen la capacidad de recuperarse pronto cuando se distancian del estímulo al que se han acostumbrado. Esta práctica permite un análisis más preciso y equilibrado de las características aromáticas del vino.
- La gama de olores.
Para distinguir los aromas los clasificamos en diferentes gamas:
- Aromas primarios: también llamados varietales corresponden a las características olfativas derivadas directamente de la variedad o variedades de uva empleadas, así como del suelo o terruño y las condiciones climáticas del lugar de cultivo. Representan los aromas más frescos, predominantemente afrutados o florales, y suelen desempeñar un papel central, particularmente en vinos jóvenes. Entre los ejemplos más comunes se encuentran las notas de frutas rojas, como fresa, cereza o frambuesa en vinos tintos, y las de frutas tropicales, como piña, pera o manzana en vinos blancos. A esto se añaden matices florales o herbáceos que complementan el perfil aromático. Los aromas primarios se liberan desde la superficie del vino y su intensidad se incrementa al agitarlo. Estos aromas son percibidos principalmente a través de la vía olfativa nasal.
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