"Como no estás experimentado en las cosas del mundo, todas las cosas que tienen algo de dificultad te parecen imposibles. Confía en el tiempo, que suele dar dulces salidas a muchas amargas dificultades". (Miguel de Cervantes).
Hablar de Cervantes es siempre caminar sobre terreno sagrado. Cada afirmación parece exigir cautela, cada interpretación pide respeto. Sin embargo, hay un hilo cotidiano, casi doméstico, que atraviesa su obra con una naturalidad reveladora: el vino. No como adorno costumbrista, sino como materia cultural, como alimento, medicina, símbolo moral y, sobre todo, como verdad.
Don Miguel de Cervantes
Cervantes sabía de vinos. No en abstracto, sino en la forma concreta y terrenal en que se saben las cosas que forman parte de la vida. Sabía distinguir lo caro de lo ordinario, lo honesto de lo fraudulento, lo que conforta de lo que envilece. Ese conocimiento aparece diseminado en su obra con la misma naturalidad con la que el vino circulaba por la España del Siglo de Oro.
Ya en El Quijote encontramos esa primera diferenciación esencial:
“Si vuestra merced quiere un traguito, aunque caliente, puro, aquí llevo una calabaza llena de lo caro, con no sé cuántas rajitas de queso de Tronchón, que servirán de llamativo y despertador de la sed, si acaso está durmiendo”. (Quijote, II, 66).
Y, en contraste:
“Pidiéronle de lo caro; respondió que su señor no lo tenía; pero que si querían agua barata”. (Quijote, II, 71)
En una época en la que el vino era alimento, estímulo y consuelo, Cervantes lo incorpora como parte esencial de la experiencia humana. No es casual que recibiera como dote siete viñedos en Esquivias, ni que esos vinos aparezcan una y otra vez ennoblecidos en su literatura. Pero el vino cervantino no es solo placer, también es literatura en estado puro. Basta recordar la célebre escena de los odres, cuando la locura del caballero confunde vino con sangre:
Don Quijote en su batalla contra los odres de vino
“Que me maten —dijo a esta sazón el ventero— si don Quijote o don diablo no ha dado alguna cuchillada en alguno de los cueros de vino tinto que a su cabecera estaban llenos, y el vino derramado debe de ser lo que le parece sangre a este buen hombre”. (Quijote, I, 35).
Además, el vino se presenta como un elemento curativo. En el Quijote, aparece como componente esencial del bálsamo de Fierabrás, aquel remedio milagroso con el que don Quijote logra recuperarse tras ser brutalmente golpeado por el moro encantado mientras dormía (capítulo 18). Este elixir está compuesto por vino, aceite, sal y romero, destacándose el vino como uno de los principales elementos. Es probable que Cervantes, gracias a su experiencia en campañas militares, supiera que las infecciones en heridas abiertas eran causadas por agentes externos, y por ello recomendara limpiarlas con vino para prevenir complicaciones. Más adelante, en el capítulo 34, dentro del episodio incluido como "El curioso impertinente", también encontramos referencias interesantes al respecto.
“Leonela tomó, como se ha dicho, la sangre a su señora, que no era más de aquello que bastó para acreditar su embuste, y, lavando con un poco de vino la herida”. (Quijote XXXIV).
Además, resulta evidente el dominio del autor al plasmar las características del vino en su escritura. Aunque el discurso pueda ser percibido como una exageración y el refinado juicio de los catadores tienda hacia lo hiperbólico, ¿no podría considerarse el siguiente pasaje como una verdadera descripción de una cata? Me refiero específicamente a la conversación entre el Caballero del Bosque y Sancho Panza en el capítulo 13 de la segunda parte. En ese episodio, Sancho, tras haber tomado un generoso trago, comenta:
Los dos mojones
“Pero dígame, señor, por el siglo de lo que más quiere: ¿este
vino es de Ciudad Real?
—¡Bravo mojón! —respondió el del Bosque—. En verdad
que no es de otra parte y que tiene algunos años de ancianidad.
—¿A mí con eso? —dijo Sancho—. No toméis menos sino
que se me fuera a mí por alto dar alcance a su conocimiento. ¿No será bueno, señor escudero, que tenga yo un instinto tan grande y
tan natural en esto de conocer vinos, que, en dándome a oler cualquiera, acierto la patria, el linaje, el sabor y la dura y las vueltas
que ha de dar, con todas las circunstancias al vino atañederas?
Pero no hay de qué maravillarse, si tuve en mi linaje por parte de
mi padre los dos más excelentes mojones que en luengos años conoció la Mancha, para prueba de lo cual les sucedió lo que ahora
diré. Diéronles a los dos a probar del vino de una cuba, pidiéndoles su parecer del estado, cualidad, bondad o malicia del vino. El
uno lo probó con la punta de la lengua; el otro no hizo más de llegarlo a las narices. El primero dijo que aquel vino sabía a hierro;
el segundo dijo que más sabía a cordobán. El dueño dijo que la
cuba estaba limpia y que el tal vino no tenía adobo alguno por
donde hubiese tomado sabor de hierro ni de cordobán. Con todo
eso, los dos famosos mojones se afirmaron en lo que habían dicho.
Anduvo el tiempo, vendióse el vino, y al limpiar de la cuba hallaron en ella una llave pequeña, pendiente de una correa de cordobán. Porque vea vuestra merced si quien viene desta ralea podrá
dar su parecer en semejantes causas”. (Quijote, II, 13).
¿Fue Cervantes un verdadero experto, lo que hoy describiríamos como un refinado degustador, un catador exigente o alguien con un talento excepcional para captar aromas? Tenía la habilidad de distinguir, a través del olfato y el gusto, los matices únicos que otorgaban las distintas tierras de España a sus vinos, y no ocultaba el orgullo que sentía por esa capacidad. Cervantes mostraba una auténtica pasión por el vino, y al igual que su entrañable Sancho, le resultaba difícil privarse de ese placer. En las páginas del Quijote se puede apreciar esta inclinación.
Don Quijote y Sancho brindando
"Mas sucedióles otra desgracia, que Sancho tuvo por la peor
de todas, y fue que no tenían vino que beber" (Quijote, I, 19).
"Y el acabar de decir esto y el comenzar a beber todo fue
uno; mas como al primer trago vio que era agua, no quiso pasar
adelante y rogó a Maritornes que se lo trujese de vino”. (Quijote, I,
17)
De manera aún más explícita, si es posible, en el capítulo 33 de la segunda parte:
"En verdad señora –respondió Sancho-, que en mi vida he
bebido de malicia: con sed bien podría ser, porque no tengo nada
de hipócrita; bebo cuando tengo gana, y cuando no la tengo, y
cuando me lo dan, por no parecer o melindroso o mal criado, que
a un brindis de un amigo ¿qué corazón ha de haber tan de mármol,
que no haga razón? Pero aunque las calzo, no las ensucio: cuanto
más que los escuderos de los caballeros andantes casi de ordinario
beben agua, porque siempre andan por las florestas, selvas y prados, montañas y riscos, sin hallar una misericordia de vino, si dan
por ella un ojo" (Quijote, II, 33).
Todavía podemos añadir esta deliciosa alusión de un inspirado y pacifista Sancho:
"Yo no quiero repartir los despojos de enemigos, sino pedir y
suplicar a algún amigo, si es que lo tengo, que me dé un trago de
vino, que me seco" (Quijote, II, 53).
La pasión y el gusto de Sancho por el vino están ampliamente reflejados a lo largo de la obra. Desde la primera aventura con los molinos de viento, se menciona que Sancho.
“sacando de las alforjas lo que en ellas había puesto, iba
caminando y comiendo detrás de su amo muy de su espacio, y de
cuando en cuando empinaba la bota, con tanto gusto, que le pudiera envidiar el más regalado bodegonero de Málaga”. (Quijote, I,
8).
Sancho bebiendo del zaque
Posteriormente, durante el encuentro con los pastores de cabras, se menciona lo siguiente:
“Sancho callaba y comía bellotas, y visitaba muy a menudo
el segundo zaque que, porque se enfriase el vino, le tenía colgado
de un alcornoque”. (Quijote, I, 11). El zaque mantenía adherido el pelaje del animal cuya piel se utilizaba en su elaboración; de este modo, al ser humedecido, se generaba un proceso de evaporación que contribuía a enfriar el vino.
En ese mismo capítulo, siendo consciente de que el vino tiende a adormecer un poco, Sancho le comenta a don Quijote que tiene intención de irse a dormir. Ante esto, don Quijote responde:
“Ya te entiendo, Sancho —le respondió don Quijote—, que
bien se me trasluce que las visitas del zaque piden más recompensa
de sueño que de música.
—A todos nos sabe bien, bendito sea Dios —respondió Sancho”. (Quijote, I, 11).
Cervantes, sin duda, sabía disfrutar del vino. Es seguro que no sería como ciertos personajes y, tomando una referencia de La ilustre fregona, tampoco se identificaría con aquellos que pudieran encontrarse en situaciones menos honrosas.
“en el número de los que llaman desgraciados, que con alguna cosa que beban demasiado luego se les pone el rostro como
si le hubiese jabelgado con bermellón y almagre”.
El buen beber de Miguel de Cervantes
Además, el ilustre escritor no ignoraba las desventuras que suelen derivarse de los excesos con la bebida; por ello, las refleja a través de las palabras de don Quijote, utilizando una máxima de alcance universal y recuerdo eterno. Con esta frase, el Hidalgo exalta a Sancho la importancia de la moderación, dentro de los consejos que le ofrece para administrar con sabiduría la ínsula Barataria.
"Sé templado en el beber, considerando que el vino demasiado ni guarda secreto ni cumple palabra" (Quijote, II, 43).
En otro pasaje, el doctor Pedro Recio de Tirteafuera reprende con dureza al escudero:
“…y el que mucho bebe mata y consume el húmedo radical,
donde consiste la vida”. (Quijote, II, 43).
En el prólogo del Persiles se puede observar lo siguiente:
“Sucedió, pues, lector amantísimo, que, viniendo otros dos
amigos y yo del famoso lugar de Esquivias, por mil causas famoso,
una por sus ilustres linajes y otra por sus ilustrísimos vinos…”.
En el prólogo mencionado, Cervantes hace referencia al perspicaz estudiante que se incorpora a la comitiva en dirección a Madrid, y señala lo siguiente:
“… tuvimos algún tanto más las riendas, y con paso asentado
seguimos nuestro camino, en el cual se trató de mi enfermedad, y
el buen estudiante me desahució al momento, diciendo:
-Esta enfermedad es de hidropesía, que no la sanará toda el
agua del mar Océano que dulcemente se bebiese. Vuesa merced,
señor Cervantes, ponga tasa al beber, (en este caso y por motivo
de la enfermedad que supone retención de líquidos, debe referirse
al agua) no olvidándose de comer, que con esto sanará sin otra
medicina alguna”.
La comida de los pequeños agricultores. Louis Le Nain.
¿Cuáles eran las inclinaciones enológicas de Cervantes? Según lo que hemos analizado, el autor albergaba un especial aprecio por el vino de Esquivias. Este vínculo, además de lógico, tenía raíces personales, ya que Esquivias, una localidad toledana, era el lugar de origen de su esposa Catalina. Los vinos de esa región no solo le eran accesibles para su consumo habitual, sino que también surgían de los viñedos que pertenecían a la familia de ella. En el prólogo de "Los trabajos de Persiles y Sigismunda", Cervantes ensalza los ilustrísimos vinos de Esquivias, destacándolos incluso en "El coloquio de los perros", donde se sitúan junto a otros caldos reconocidos de España: los de Ribadavia, Ciudad Real y San Martín de Valdeiglesias. Por otro lado, en "El Licenciado Vidriera", estos vinos reciben un lugar honorable dentro del elenco de los mejores vinos de la época, tanto españoles como italianos.
Sin embargo, es evidente que Cervantes tenía predilección especial por otros dos vinos que destacaban incluso sobre los mencionados productos de Esquivias. Estos eran los vinos de Ciudad Real, tanto blancos como tintos, y los blancos procedentes de San Martín de Valdeiglesias. Cabe señalar que bajo la denominación genérica "vino de Ciudad Real" se incluían vinos provenientes de distintos lugares de La Mancha. Aunque estos no disponían de un nombre específico que garantizara excelencia (algo similar a la actual denominación de origen), sí gozaban de reconocida calidad.
El elogio más peculiar y notable que Cervantes dedicó al vino de Ciudad Real provino indirectamente del propio Sancho Panza. En el capítulo 13 de la segunda parte de "El Quijote", durante una célebre conversación entre Sancho y el escudero del Caballero del Bosque, Sancho llama a este vino "hijo de puta" y católico, una expresión cargada de afecto popular en esa época. En un momento emblemático, tras colmar con besos y abrazos a la bota que contenía ese preciado brebaje, Sancho muestra sin reparos su devoción por este vino tan estimado.
“-Por mi fe, hermano —replicó el del Bosque—… fiambreras
traigo, y esta bota colgando del arzón de la silla, por sí o por no, y
es tan devota mía y quiérola tanto, que pocos ratos se pasan sin
que la dé mil besos y mil abrazos.
Y diciendo esto se la puso en las manos a Sancho, el cual,
empinándola, puesta a la boca, estuvo mirando las estrellas un
cuarto de hora, y en acabando de beber dejó caer la cabeza a un
lado, y dando un gran suspiro dijo:
-¡Oh hideputa, bellaco, y cómo es católico!
-¿Veis ahí —dijo el del Bosque en oyendo el hideputa de
Sancho— como habéis alabado este vino llamándole «hideputa»?
-Digo —respondió Sancho— que confieso que conozco que
no es deshonra llamar «hijo de puta» a nadie cuando cae debajo
del entendimiento de alabarle”. (Quijote, II, 13).

Esquivias
Cervantes no solo ensalzó el vino de Ciudad Real en su icónica obra, El Quijote, sino que también celebró su calidad en textos como las Novelas ejemplares, específicamente en "El Coloquio de los perros" y "El Licenciado Vidriera", así como en la comedia "La gran sultana doña Catalina de Oviedo". También merece mención un destacado vino español de los siglos XVI y XVII: el vino de Guadalcanal. Este fue alabado por el autor y tuvo el privilegio de ser el primero en cruzar el océano rumbo a América. Originario de la localidad que en aquellos tiempos pertenecía a Extremadura y actualmente a Sevilla, este vino era consumido por personajes como la vieja Pipota en la novela ejemplar "Rinconete y Cortadillo", quien lo servía en azumbres en la casa de Monipodio.
Dentro del contexto del Siglo de Oro, los vinos andaluces más renombrados y consumidos procedían de localidades como Alanís y Cazalla de la Sierra. Cervantes exaltó ambos en *La entretenida* y *El Licenciado Vidriera*, aunque fue el vino de Cazalla el que adquirió una especial reputación gracias a su calidad y vasta aceptación popular. Este, junto con el de Guadalcanal, era un habitual en las tabernas sevillanas. También se encuentra una mención al vino de Rute en *La gran sultana doña Catalina de Oviedo*. Por otro lado, el "zumo de Manzanilla" aparece citado en *El rufián dichoso*, y el célebre vino de Jerez, mayormente exportado a Inglaterra por aquellas fechas, es mencionado brevemente en *La entretenida*. Del mismo modo, se celebra el vino valenciano de Torrent, homenajeado también en esa obra, y el orensano de Ribadavia figura destacado tanto en *El Coloquio de los perros* como en *El Licenciado Vidriera*.
En *El Licenciado Vidriera*, además, Cervantes hace referencia a varios vinos castellanos como los de Alaejos, Madrigal y Coca; al manchego de La Membrilla y al cacereño de Descargamaría. Su conocimiento no quedó limitado al ámbito español: el autor, que vivió parte de su juventud en Italia (entre 1569 y 1575), también expresó su aprecio por ciertos caldos italianos, incluyendo el Treviano, Monte Frascón, Asperino, Chianti (conocido entonces como Chéntola) y la Garnacha. Así mismo, no escaparon a sus textos dos vinos griegos: el Soma y el Candía.
Es evidente que Miguel de Cervantes poseía un profundo conocimiento del mundo vinícola, seguramente derivado tanto de su experiencia personal como de sus viajes. Este saber se traduce, además, en un recurso literario que el escritor incorpora hábilmente en sus obras. Por ejemplo, aunque los caballeros andantes evitaban beber vino atendiendo las leyes estrictas de la caballería —algo que don Quijote respetaba con disciplina—, es interesante notar cómo, al llegar a la venta durante su primera salida, se presenta una excepción. Allí, aún sin abandonar su casco atorado tras ser armado caballero por el ventero, recibe ayuda de las mozas del lugar para beber vino a través de una pajita. Así podemos leer:
La vieja Pipota y el vino de Guadalcanal
“…mas al darle de beber, no fue posible, ni lo fuera si el ventero no horadara una caña, y, puesto el un cabo en la boca, por el
otro le iba echando el vino”. (Quijote, I, 2).
Entre los episodios más destacados se encuentra, al menos, el relativo a la Cueva de Montesinos.
“Pregunté a Montesinos si las conocía; respondióme que no,
pero que él imaginaba que debían de ser algunas señoras principales encantadas, que pocos días había que en aquellos prados
habían parecido, y que no me maravillase desto, porque allí estaban otras muchas señoras de los pasados y presentes siglos encantadas en diferentes y estrañas figuras, entre las cuales conocía él a
la reina Ginebra y su dueña Quintañona, escanciando el vino a Lanzarote cuando de Bretaña vino”. (Quijote, II, 23).
Es pertinente señalar que asimismo podríamos abordar el tema de los vinos y las tapas, tal como se evidencia en los textos que se presentan a continuación.
“Tendiéronse en el suelo y, haciendo manteles de las yerbas,
pusieron sobre ellas pan, sal, cuchillos, nueces, rajas de queso,
huesos mondos de jamón, que si no se dejaban mascar, no defendían el ser chupados. Pusieron asimismo un manjar negro que dicen que se llama cavial y es hecho de huevos de pescados, gran
despertador de la colambre. No faltaron aceitunas, aunque secas y
sin adobo alguno, pero sabrosas y entretenidas. Pero lo que más
campeó en el campo de aquel banquete fueron seis botas de vino,
que cada uno sacó la suya” (Quijote, II, 54).
Sancho compartiendo un banquete con peregrinos
En la novela ejemplar *Rinconete y Cortadillo*, Cervantes se refiere a los aperitivos como elementos "incitativos", ya que su finalidad es estimular el consumo abundante de bebida. Este concepto se puede observar en el episodio denominado el "almuerzo", donde la figura de la Gananciosa aparece ofreciendo sus alcaparrones sumergidos en pimientos, convirtiendo este acto en una representación de los hábitos culinarios que propician la interacción social y el goce dentro del relato.
“Ida la vieja, se sentaron todos alrededor de la estera,
y la Gananciosa tendió la sábana por manteles; y lo primero
que sacó de la cesta fue un grande haz de rábanos y hasta
dos docenas de naranjas y limones, y luego una cazuela
grande llena de tajadas de bacallao frito; manifestó luego
medio queso de Flandes, y una olla de famosas aceitunas, y
un plato de camarones, y gran cantidad de cangrejos, con su
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llamativo de alcaparrones ahogados en pimientos, y tres hogazas blanquísimas de Gandul. Serían los del almuerzo hasta
catorce”. (Rinconete y Cortadillo).
En resumen, después de lo expuesto, mi sugerencia es que la mejor manera de reivindicar tanto la figura de Cervantes como el vino es leer al primero y disfrutar, con moderación, del segundo. Lamentablemente, muy pocos se adentran en su obra con la atención que realmente merece. Hay que acercarse al Quijote, las Novelas ejemplares o el Persiles con una mirada fresca, casi ingenua, dispuestos simplemente a escuchar lo que Cervantes quiere transmitirnos. Y, por supuesto, hacerlo acompañado de una copa de vino siempre es un acierto.
El Quijote emprende una impresionante labor de desmitificación como pocas veces se ha visto. Desmonta lo encantado, lo enfrentado y lo devuelve a la realidad cotidiana, despojándolo de artificios para revestirlo con su verdadero ser. De ahí surge una humanidad vibrante y armoniosa que nos implica profundamente en cada página. Y en esas mismas páginas el vino fluye con naturalidad, sin pretensiones ni disfraces.