HOMERO. EL VINO, LA ILIADA Y LA ODISEA.

"Voy a proferir algunas palabras para gloriarme, que a ello me impulsa el perturbador vino, pues hasta al más sensato le hace cantar y reír blandamente, le incita a bailar y le mueve a revelar cosas que más conviniera tener calladas". (La Odisea, Canto XIV).

Pocas figuras en la literatura occidental han influido tanto en el imaginario del vino como Homero. Aunque no se puede afirmar con certeza si realmente existió como una persona histórica o si representa el producto de una extensa tradición oral reunida bajo un solo nombre, las obras que se le adjudican constituyen uno de los testimonios más antiguos y valiosos sobre el papel del vino en la civilización griega arcaica. En sus versos, el vino trasciende su papel de bebida destinada al placer o al consumo diario; se presenta como un alimento esencial, un símbolo de civilización, un elemento religioso y una herramienta diplomática capaz de sellar alianzas, rendir homenaje a los dioses o distinguir a los hombres civilizados de los bárbaros.

La obra atribuida a Homero es uno de los testimonios más ancestrales y valiosos para entender la cultura del vino en el Mediterráneo oriental durante los oscuros siglos griegos y el inicio de la época arcaica. Aunque los poemas probablemente se escribieron en el siglo VIII a. C., preservan tradiciones mucho más antiguas, algunas de las cuales se remontan al mundo micénico de los siglos XIII y XII a. C. En la Ilíada y la Odisea, el vino no es solamente una bebida; representa un marcador de identidad cultural, una fuente de energía, un componente ritual, un bien de comercio y un símbolo de civilización.

Homero. El vino, La Iliada y La Odisea

En el mundo homérico, el vino está siempre presente en relación con el banquete y la hospitalidad. Compartirlo implicaba reconocer a alguien como parte de una misma comunidad cultural y moral. La hospitalidad, esa conocida "xenia griega", requería ofrecer alimentos y vino al visitante antes de indagar sobre su identidad o el propósito de su viaje. Así, el vino funcionaba como un lenguaje universal de bienvenida y respeto mutuo.

La xenía (ξενία) era una de las instituciones sociales y morales más importantes de la antigua Grecia. El término puede traducirse como hospitalidad, pero su significado iba mucho más allá de ofrecer comida, vino o alojamiento a un viajero. Se trataba de un vínculo sagrado de acogida, protección y reciprocidad entre anfitrión y huésped, regulado por normas muy precisas y considerado esencial para el orden social.

Quizá una de las enseñanzas más duraderas que nos ha legado Homero sea precisamente la idea del vino como instrumento de sociabilidad y civilización. El vino une a los hombres alrededor de la mesa, favorece la conversación, acompaña las ceremonias y crea comunidad. Sin embargo, sus poemas también advierten contra el exceso y la pérdida del control, como demuestra el destino de Polifemo o el comportamiento de algunos personajes dominados por sus impulsos.

La xenia griega.

Según la tradición griega, la xenía estaba protegida por Zeus, quien actuaba como garante de los derechos de los extranjeros y viajeros. La creencia de que un dios podía presentarse disfrazado de mendigo o forastero hacía que rechazar o maltratar a un huésped se considerase una grave ofensa religiosa.

En el ámbito homérico, el vino tiene una presencia frecuente vinculada al banquete y a la práctica de la hospitalidad. Compartir el vino representaba un reconocimiento al otro como parte de una comunidad cultural y moral común. La hospitalidad, conocida como la famosa xenia griega, implicaba ofrecer comida y vino al visitante antes de indagar su identidad o la razón de su visita. Así, el vino se transformaba en un lenguaje universal de acogida y respeto recíproco.

La Ilíada ofrece una amplia gama de ejemplos que resaltan la dimensión social del vino. Durante el asedio a Troya, los guerreros aqueos participan en banquetes rituales donde el vino no solo sirve para recuperar fuerzas físicas, sino también para fortalecer los lazos entre los camaradas de armas. Homero menciona a menudo las copas llenas a rebosar, las cráteras donde se mezclan vino y agua, y a los escanciadores que reparten la bebida entre los asistentes. Es interesante notar que el vino rara vez se bebe puro, ya que para los griegos consumirlo sin mezclar con agua era visto como una costumbre de pueblos incivilizados y una práctica que podía llevar a la pérdida del autocontrol.

Guerreros aqueos durante el asedio a Troya

En la Ilíada, el vino aparece desde los primeros cantos asociado a la alimentación de los guerreros. Tras los combates, los héroes se reúnen para celebrar banquetes ritualizados en los que la carne asada y el vino constituyen los elementos esenciales de la dieta aristocrática. El vino proporciona energía y prestigio social. En una sociedad donde el acceso a determinados bienes era signo de rango, disponer de vino de calidad equivalía a manifestar riqueza y posición.

Especial relevancia posee el episodio del vino procedente de Lemnos narrado en el canto VII de la Ilíada. Los aqueos reciben grandes cantidades de vino transportado por mar desde la isla a cambio de metales y otros bienes. Este pasaje constituye una de las primeras referencias literarias al comercio internacional del vino en el Mediterráneo. La escena demuestra la existencia de redes comerciales relativamente complejas en las que el vino actuaba como mercancía de alto valor añadido y objeto de intercambio a larga distancia.

El comercio maritimo del vino

El pasaje ofrece además información económica de enorme interés. Homero menciona intercambios realizados mediante cobre, hierro, pieles, ganado e incluso esclavos. El vino se inserta así dentro de una economía de prestigio anterior a la difusión de la moneda y funciona como un producto estratégico capaz de articular relaciones políticas y comerciales entre distintas comunidades del Egeo.

Otro episodio fundamental aparece en el canto IX de la Ilíada, cuando Néstor prepara una bebida para Macaón. La mezcla incorpora vino de Pramnos, queso de cabra rallado y harina de cebada. Se trata del célebre kykeon, una bebida nutritiva y energética cuya existencia demuestra que el vino era considerado también un alimento y no únicamente una bebida recreativa. La frontera moderna entre bebida y alimento resultaba mucho menos definida en el mundo antiguo.

Encuentro entre Nestor y Macaón.

La Ilíada ofrece además numerosas escenas de libaciones. Antes de juramentos solemnes, sacrificios o pactos políticos, los participantes derraman vino sobre el suelo como ofrenda a los dioses. La libación establece un puente entre el mundo humano y el divino. El vino, producto de la transformación cultural de la naturaleza mediante el trabajo humano, adquiere así un carácter sagrado y se convierte en vehículo de comunicación religiosa.

Especialmente significativo resulta el juramento entre aqueos y troyanos en el canto III. El vino utilizado durante la ceremonia no cumple una función alimentaria sino sacrificial. Una parte pertenece a los hombres y otra a los dioses. Compartir vino equivale a compartir obligaciones morales y religiosas.

También aparece repetidamente la figura del copero o escanciador. Su función consiste en mezclar el vino con agua y distribuirlo ordenadamente entre los participantes del banquete. La mezcla era un elemento central de la civilización griega. Beber vino puro se asociaba a la barbarie y a la pérdida del control racional. La moderación no consistía en abstenerse sino en consumir adecuadamente.

Copero o escanciador.

En La Odisea, uno de los pasajes más famosos sobre el vino describe el encuentro entre Odiseo y el cíclope Polifemo. Antes de entrar en la cueva del gigante, Odiseo lleva consigo un vino de increíble potencia, un regalo del sacerdote Marón, hijo de Evantes. Este vino es tan concentrado y preciado que debía diluirse una parte con veinte partes de agua. Su fragancia era tan intensa y tentadora que resultaba irresistible para cualquiera.

La descripción posee un enorme interés histórico. La elevada concentración sugiere prácticas de elaboración destinadas a aumentar la capacidad de conservación durante los viajes marítimos. Algunos historiadores han planteado la posibilidad de que se tratase de vinos parcialmente pasificados o incluso cocidos, técnicas ampliamente documentadas posteriormente en el Mediterráneo antiguo.

El vino de Marón representa la máxima expresión de la cultura material griega: agricultura especializada, técnicas de elaboración complejas, comercio y refinamiento social. Polifemo, por el contrario, desconoce el cultivo organizado de la tierra, no respeta las leyes de la hospitalidad y vive fuera del orden político. El vino funciona aquí como marcador cultural. El cíclope queda fascinado por una bebida que simboliza precisamente aquello que él no posee, civilización.

Encuentro entre Odiseo y Polifemo

Su embriaguez no constituye simplemente un episodio cómico. Representa la derrota de la fuerza bruta frente a la inteligencia técnica y cultural. La victoria de Odiseo es también la victoria del vino civilizado sobre la barbarie pastoril y salvaje.

Odiseo ofrece su vino a Polifemo, y el cíclope, encantado por una bebida tan exquisita y desconocida, lo bebe en exceso hasta emborracharse por completo. Es entonces cuando Odiseo aprovecha el momento para cegar al gigante y escapar de la cueva. Esta escena está cargada de simbolismo profundo: el vino simboliza la inteligencia, la técnica y la cultura frente a la fuerza bruta y la barbarie. Polifemo vive al margen de las leyes de hospitalidad y las normas de convivencia humana; ignora la agricultura, el comercio y las costumbres civilizadas. La victoria de Odiseo no es solo un triunfo del ingenio sobre la fuerza, sino también de la cultura del vino sobre la naturaleza indómita.

Escultura de Polifemo ebrio cegado por Odiseo

Otro episodio relevante aparece entre los lotófagos (comedores de loto). Aunque el alimento consumido por este pueblo no es vino sino loto, el contraste resulta significativo.  son un pueblo mencionado en La Odisea. El fruto del loto que consumían tenía un efecto narcótico y amnésico, haciendo que quienes lo probaban olvidaran su patria y su propósito. El vino homérico favorece la sociabilidad y la memoria compartida mientras que el loto provoca el olvido y la pérdida de identidad. Desde una perspectiva antropológica ambos alimentos representan modelos opuestos de relación con la comunidad y con el pasado.

En los palacios de los feacios el vino vuelve a desempeñar un papel central. Los banquetes organizados por Alcínoo constituyen la representación ideal del orden social aristocrático. El vino circula acompañado de música, poesía y conversación. Se configura así el modelo cultural que posteriormente cristalizará en el simposio griego clásico.

La hospitalidad feacia constituye probablemente la expresión más perfecta de la xenia homérica. El extranjero recibe comida y vino antes incluso de revelar su identidad. La bebida compartida crea una comunidad provisional entre anfitrión y huésped y establece obligaciones recíprocas protegidas por Zeus Xenios, garante de la hospitalidad.

En el palacio de Ítaca el comportamiento de los pretendientes ofrece el contrapunto negativo. Su consumo desordenado del vino de Odiseo representa una transgresión moral y política. No se trata simplemente de un abuso económico sino de una violación del orden social y doméstico.

La diferencia entre el banquete legítimo y el consumo depredador constituye una de las enseñanzas fundamentales de la Odisea. El problema nunca es el vino sino la incapacidad para respetar las normas culturales que regulan su consumo.

Desde una perspectiva antropológica, el vino homérico cumple cinco funciones esenciales.

En primer lugar posee una función alimentaria. Aporta calorías, energía y seguridad microbiológica en un mundo donde el agua no siempre era fiable.

En segundo lugar desempeña una función económica como producto de intercambio y mercancía de prestigio susceptible de circular por las rutas marítimas mediterráneas.

En tercer lugar cumple una función política y diplomática. Los banquetes sellan alianzas, consolidan jerarquías y refuerzan vínculos entre iguales.

En cuarto lugar desarrolla una función religiosa mediante sacrificios y libaciones que permiten la comunicación con las divinidades.

Finalmente posee una función identitaria. Los pueblos civilizados cultivan la vid, mezclan el vino con agua y respetan las normas del banquete; los bárbaros desconocen estas prácticas o las utilizan incorrectamente.

Homero vincula el vino con el ámbito religioso, destacando su papel en las libaciones que los héroes realizan antes de las batallas, en sus juramentos o durante los sacrificios a los dioses. Al verter unas gotas de vino sobre la tierra o el altar, se establecía una conexión con lo divino, permitiendo tanto pedir protección como expresar gratitud por los favores recibidos. De este modo, el vino funcionaba como un puente entre el mundo humano y el reino de los dioses.

Resulta significativo que el dios Dioniso apenas desempeñe un papel importante en los poemas homéricos. Ello refleja probablemente un momento histórico anterior a la plena expansión del culto dionisíaco que dominará la religión griega de épocas posteriores. El vino de Homero pertenece todavía al ámbito aristocrático, heroico y doméstico más que al de la experiencia extática y mistérica que caracterizará posteriormente a Dioniso.

La imagen del vino transmitida por Homero ejerció una influencia inmensa sobre toda la cultura mediterránea posterior. Los poetas líricos, los dramaturgos áticos, los filósofos y los autores latinos heredaron esta visión del vino como elemento inseparable de la civilización. Cuando siglos después los romanos difundieron la viticultura por Europa occidental, transportaban también este imaginario cultural nacido en las epopeyas homéricas.

La dimensión económica, reflejada de manera destacada en sus poemas, ocupa un lugar crucial. El vino se consideraba un producto prestigioso, fundamental en el intercambio comercial y símbolo de riqueza material. Ya en esa época, ciertas regiones gozaban de renombre por la calidad excepcional de sus vinos, y algunas expediciones marítimas se realizaban con el propósito expreso de comerciar con este preciado producto. La representación frecuente de ánforas, bodegas y recipientes especializados en los textos sugiere el nivel avanzado de desarrollo que la viticultura había alcanzado en el Mediterráneo oriental según la época retratada en los poemas homéricos.




Durante siglos, las alusiones al color del vino han fascinado a filólogos e historiadores. Homero emplea la célebre expresión "el mar color de vino" para describir el Egeo bajo ciertas condiciones de luz. Esta metáfora no buscaba equiparar literalmente el color del agua con el del vino, sino más bien transmitir una sensación visual cambiante y profunda, probablemente relacionada con los tonos oscuros y violáceos que el mar adquiría al amanecer o al atardecer. La imagen ilustra hasta qué punto el vino era parte integral del universo sensorial y simbólico de los griegos.

Uno de los términos más frecuentes utilizados por Homero es "oinops", literalmente "de aspecto de vino" o "color de vino". La expresión más célebre derivada de este adjetivo es "el mar color del vino". Durante siglos los comentaristas discutieron si Homero padecía algún tipo de alteración en la percepción de los colores o si los griegos poseían un sistema cromático distinto al moderno. La explicación actualmente aceptada es que el poeta no pretendía describir un color concreto sino una cualidad visual compleja: profundidad, oscuridad, brillo cambiante y reflejos rojizos o violáceos semejantes a los que presenta el vino tinto bajo determinadas condiciones de luz. El vino aparece así convertido en referencia sensorial fundamental para describir la naturaleza misma.

Oinops. Elmar color de vino.

La gran enseñanza que emerge de la lectura conjunta de la Ilíada y la Odisea es que el vino no constituye simplemente un producto agrícola sino una forma de organización del mundo social. Allí donde existe vino existen agricultura, comercio, hospitalidad, religión y memoria colectiva. Allí donde el vino desaparece o se consume al margen de las normas culturales aparece la barbarie, la violencia y la ruptura del orden comunitario.

Más de dos mil setecientos años después de la composición de estos poemas, las reflexiones homéricas sobre el vino siguen conservando una sorprendente actualidad. El vino continúa siendo memoria, cultura y vínculo social, exactamente igual que lo era para aquellos héroes que, bajo las murallas de Troya o durante las largas travesías por el Mediterráneo, encontraban en una copa compartida una forma de reconocerse como miembros de una misma civilización.

Para Homero, en definitiva, la historia del vino es también la historia misma de la civilización mediterránea.

COMMANDARIA EL VINO DE LOS TEMPLARIOS.

No olvides dejar reposar las uvas maduras diez noches al aire libre, ni recogerlas de día; recuerda cinco más, antes de que se elabore el vino, dejarlas reposar a la sombra; y en la sexta, afanosamente, empotra el don de Baco, padre de la alegría. (Hesiodo).

Existen vinos destinados a ser simplemente disfrutados, otros que invitan al análisis minucioso, y algunos que se elevan por encima de ambas categorías, mereciendo ser contemplados como auténticos testigos del paso del tiempo. En esta última y excepcional categoría encontramos el Commandaria, una joya enológica cuya relevancia trasciende la simple fermentación de uvas. Reconocido por el Libro Guinness de los Récords como el vino más antiguo del mundo producido de forma ininterrumpida, este dulce ambarino, originario de las laderas del macizo Troodos en Chipre, se erige como un fascinante vestigio de la historia humana. Más que un producto común, el Commandaria es una reliquia cultural que ha perdurado frente al auge y caída de imperios, cruzadas, invasiones y conflictos bélicos, conservando su esencia intacta a lo largo de al menos cinco milenios.


Hablar del vino de Commandaria es hablar de una de las supervivencias culturales más extraordinarias de la historia alimentaria del Mediterráneo. No se trata únicamente de un vino dulce procedente de Chipre, sino de una auténtica cápsula histórica líquida donde confluyen el mundo clásico, las cruzadas medievales, la espiritualidad cristiana oriental, el comercio marítimo mediterráneo, la antropología del lujo, la memoria agrícola campesina y la persistencia de técnicas enológicas prácticamente arcaicas.

Pocos vinos pueden reclamar una continuidad histórica semejante. Mientras la mayoría de las grandes tradiciones vitivinícolas europeas han atravesado rupturas técnicas, reconstrucciones agronómicas o redefiniciones estilísticas profundas, Commandaria conserva todavía rasgos productivos y simbólicos que lo vinculan directamente con el universo antiguo de los vinos de pasas mediterráneos. En cierto modo, beber Commandaria equivale a aproximarse sensorialmente a los gustos dominantes del Mediterráneo premoderno.

La Commandaria nace en las laderas meridionales de los montes Troodos, una región interior de Chipre caracterizada por suelos pobres, clima seco y viticultura de montaña. La dureza de este territorio explica buena parte del carácter histórico del vino. Las cepas, cultivadas tradicionalmente en vaso y en secano extremo, forman parte de una agricultura de resistencia propia de las economías mediterráneas antiguas, donde la vid constituía uno de los pocos cultivos capaces de sobrevivir a condiciones climáticas adversas.

Viñedos en las laderas de los montes Troodos

La propia geografía de la isla ayuda a comprender la singularidad histórica del vino. Chipre ocupó durante siglos una posición estratégica entre Oriente Próximo, Anatolia, Egipto y el Mediterráneo occidental. Esa condición de puente civilizatorio convirtió sus vinos en mercancías altamente apreciadas desde la Antigüedad.

Los testimonios más antiguos remiten ya al universo griego arcaico. Hesíodo describía en "Los trabajos y los días" métodos de sobremaduración y secado de uvas extraordinariamente próximos a los que todavía hoy se utilizan en la elaboración de Commandaria. Aquellas prácticas estaban asociadas a la búsqueda de concentración azucarada y estabilidad natural en un mundo sin técnicas modernas de conservación.

En realidad, los grandes vinos dulces del Mediterráneo antiguo no eran una excepción, sino probablemente el paradigma dominante del vino prestigioso. El gusto antiguo apreciaba la densidad, la riqueza y la concentración aromática. El dulzor constituía un marcador de lujo porque implicaba trabajo, selección y estabilidad comercial.

El nombre “Commandaria” no procede del mundo clásico, sino del universo feudal de las cruzadas. Tras la conquista de Chipre por Ricardo Corazón de León a finales del siglo XII, la isla pasó a integrarse en las complejas redes políticas y militares latinas del Mediterráneo oriental.

Ricardo Corazón de León. (Abraham Cooper).

Los territorios vitícolas administrados por la Orden de los Caballeros Templarios recibieron el nombre de “La Grande Commanderie”, término del que derivaría posteriormente “Commandaria”. Más tarde serían los Caballeros Hospitalarios quienes continuarían explotando y comercializando el vino.

Aquí aparece uno de los elementos más fascinantes de su historia: Commandaria constituye uno de los primeros grandes vinos globalizados de la Europa medieval. Circulaba por las rutas marítimas venecianas y genovesas, viajaba hacia Inglaterra, Francia y los principados italianos, y alcanzó una reputación extraordinaria en las cortes aristocráticas europeas.

La leyenda de la llamada “Batalla de los Vinos”, organizada por Felipe II de Francia en el siglo XIII, sitúa a Commandaria como vencedor simbólico entre los mejores vinos conocidos de la época. Aunque el episodio posee componentes legendarios, revela algo esencial, la existencia ya en plena Edad Media de una conciencia jerárquica del gusto vinícola internacional.

Commandaria se convirtió así en un vino asociado al prestigio político, religioso y cortesano. Su consumo no pertenecía al ámbito cotidiano campesino, sino a las élites militares, monásticas y aristocráticas.

Caballeros templarios

Comprender Commandaria exige abandonar la sensibilidad contemporánea hacia el vino seco y regresar a la antropología histórica del gusto. Durante siglos, el dulzor fue uno de los atributos más valorados en las sociedades mediterráneas y europeas. El azúcar era escaso, caro y simbólicamente asociado al refinamiento. Los vinos naturalmente dulces ocupaban un espacio intermedio entre alimento, medicina y objeto suntuario.

La concentración azucarada implicaba también poder tecnológico y dominio agrícola. Conseguir vinos capaces de viajar largas distancias sin degradarse requería experiencia, selección varietal y conocimiento climático. En una época sin estabilización industrial, la pasificación actuaba como método natural de conservación. Por ello Commandaria no debe entenderse simplemente como un vino dulce, sino como la expresión de una economía cultural del prestigio.

El vino participaba además de funciones rituales y religiosas. En la tradición ortodoxa chipriota ciertos vinos dulces conservaban vínculos con usos litúrgicos, y el simbolismo cristiano del vino como sangre transformada encontraba en estos líquidos densos y oscuros una dimensión particularmente poderosa.


Uno de los aspectos más extra ordinarios de Commandaria es la continuidad de sus métodos productivos. Las variedades empleadas siguen siendo autóctonas: Xynisteri (blanca) y Mavro (tinta)

Tras la vendimia tardía, las uvas son extendidas al sol durante días para favorecer la pasificación. El proceso reduce el contenido de agua y concentra azúcares, ácidos y compuestos aromáticos. Este procedimiento conecta directamente con técnicas documentadas en el Mediterráneo desde época clásica. Los romanos elaboraban vinos semejantes "passum" mediante secado de uvas. El mundo bizantino y posteriormente el islámico mantuvieron también prácticas similares.

La fermentación del mosto extremadamente concentrado produce vinos de gran riqueza alcohólica y elevada densidad glicérica. Posteriormente se desarrolla un envejecimiento oxidativo prolongado en barricas, generando aromas de frutos secos, café, caramelo, higos y especias.

Asoleo

Desde el punto de vista enológico, Commandaria ocupa un territorio híbrido entre los vinos de pasas mediterráneos, los vinos oxidativos históricos, y ciertos vinos licorosos naturales. Su perfil recuerda parcialmente al Pedro Ximénez, al vino de Málaga o incluso a determinados vin santo italianos, aunque conserva una personalidad propia marcada por la rusticidad mediterránea oriental.

La historia de Commandaria es inseparable de las redes marítimas. La estabilidad del vino dulce permitía viajes largos en barco sin deterioro grave, algo fundamental en las economías medievales. Mientras muchos vinos comunes se degradaban rápidamente, Commandaria soportaba el transporte gracias a su riqueza alcohólica y azucarada. Esto explica su éxito comercial entre mercaderes italianos y órdenes militares. La circulación del vino formaba parte de un sistema económico mucho más amplio que incluía: azúcar, especias, seda, cereales, esclavos, y productos de lujo orientales. En cierto sentido, Commandaria fue también una mercancía geopolítica.

Rutas maritimas en el Mediterraneoe la Edad Media

La viticultura chipriota quedó profundamente integrada en los sistemas fiscales y comerciales de las potencias marítimas mediterráneas. Venecianos, genoveses, francos y otomanos explotaron sucesivamente la riqueza agrícola de la isla.

Como ocurre con otros vinos históricos, Commandaria no pertenece solo a la historia agrícola, sino también al imaginario literario. Las referencias medievales y renacentistas presentan el vino chipriota como símbolo de exotismo oriental, refinamiento y nobleza. Los viajeros europeos que recorrían el Mediterráneo oriental describían frecuentemente estos vinos con fascinación.

En la literatura occidental, los vinos dulces orientales funcionaron muchas veces como metáforas de abundancia, sensualidad y lujo decadente. El imaginario artístico asociado al Mediterráneo oriental banquetes, especias, frutos secos, tejidos, puertos y comercio marítimo, encaja plenamente con el universo simbólico de Commandaria.

Existe además un aspecto casi arqueológico en su recepción contemporánea. Muchos aficionados perciben el vino no solo como bebida, sino como supervivencia histórica. Esa dimensión patrimonial lo aproxima a ciertos alimentos rituales o tradicionales cuya importancia excede lo gastronómico.

La modernidad transformó profundamente los gustos vinícolas internacionales. El triunfo del vino seco, la estandarización industrial y la hegemonía francesa desplazaron a muchos vinos dulces históricos. Commandaria sobrevivió, aunque relegada durante décadas a un espacio periférico. Sin embargo, precisamente esa marginalidad ha permitido conservar rasgos antiguos que otros vinos perdieron. Hoy Commandaria aparece como una especie de fósil vivo de la civilización mediterránea del vino.

Su relevancia contemporánea reside tanto en su calidad organoléptica como en su densidad cultural. Representa una forma distinta de entender la relación entre agricultura, tiempo, territorio y memoria. En una época obsesionada con la innovación, Commandaria recuerda que algunos vinos funcionan como archivos históricos líquidos. No es casual que numerosos historiadores de la alimentación consideren estos vinos de pasificación como herederos directos de la gran tradición vinícola de la Antigüedad.


Commandaria desafía las categorías modernas porque pertenece simultáneamente a múltiples temporalidades. Es un vino antiguo consumido en el presente. Un producto agrícola convertido en documento histórico. Una mercancía medieval que sobrevive en la economía contemporánea.n vino litúrgico, aristocrático y campesino al mismo tiempo.

Pocos vinos condensan de forma tan intensa las conexiones entre: agricultura y religión, comercio y poder, paisaje y memoria, técnica y simbolismo, placer y civilización.

Barricas de vino puerto de Limasol en Chipre 1920

Quizá por ello Commandaria produce una impresión singular en quien lo bebe con conciencia histórica, la sensación de que ciertos sabores sobreviven a los imperios, a las religiones y a las transformaciones del mundo. En cada copa permanece todavía algo del Mediterráneo antiguo.

LOS VINOS DE JEREZ IV. ELABORACION, DE LA UVA AL VINO.

"Un buen Jerez produce un doble efecto: primero se sube al interior del cerebro, me seca allí todos los necios, torpes y malolientes vapores que le envuelven; le hace abierto, ágil, inventivo, pleno de concepciones ligeras, ardientes y deleitosas formas; todo lo cual, comunicado a la voz, la lengua, que le da la expresión, produce excelentes ocurrencias. La segunda propiedad de vuestro excelente Jerez, es la de calentar la sangre, que estando antes fría y calmosa, dejaba el hígado blanco y pálido, lo que es signo de pusilanimidad y cobardía; pero el vino de Jerez la calienta y la hace correr del centro a las partes extremas. Ilumina el rostro que, como un faro, ordena armarse a todo el resto de este pequeño reino, el hombre…". (William Shakespeare).

El universo de los vinos de Jerez se construye a partir de un proceso de crianza singular que combina tiempo, técnica y un profundo conocimiento acumulado durante generaciones. Desde el momento en que el vino entra en la bota hasta su preparación final para el embotellado, cada fase responde a una lógica precisa donde intervienen factores biológicos, físicos y humanos. La diversidad de estilos, marcada por distintos tipos de envejecimiento, encuentra su fundamento en elementos clave como la bota de roble, el dinámico sistema de criaderas y solera y la arquitectura específica de las bodegas, concebidas para favorecer unas condiciones ambientales muy concretas. Todo este entramado culmina en el embotellado, fase final en la que el vino se estabiliza y se dispone para su consumo, cerrando así un ciclo en el que tradición y técnica se entrelazan de manera inseparable.


Los Tipos de Envejecimiento.  

La crianza representa una etapa crucial en el proceso de elaboración de los vinos de Jerez. Se trata de la fase más extensa en términos de tiempo, durante la cual se definen las características organolépticas que determinan la rica variedad de este tipo de vinos.

En la región del Jerez se llevan a cabo dos modalidades principales de crianza. La primera, conocida como envejecimiento o "crianza oxidativa", consiste en el reposo y evolución del vino en botas de madera, donde experimenta cambios físico-químicos lentos influenciados por las condiciones ambientales. La segunda modalidad, denominada "crianza biológica", implica un proceso más dinámico bajo el efecto del velo de flor, una capa biológica formada por levaduras autóctonas que cubre la superficie del vino y que lo transforma de manera única.

En la crianza biológica, el papel del velo de flor es fundamental. Esta capa no solo protege al vino de la oxidación al evitar su contacto directo con el aire dentro de las botas, sino que también genera interacciones complejas con el líquido. Estas levaduras consumen componentes clave del vino, como el alcohol, la glicerina y la acidez volátil, modificando así sus propiedades originales. A su vez, estimulan un notable aumento en el contenido de acetaldehídos, responsables del característico aroma punzante que desarrolla el vino durante este proceso.


Por otro lado, la crianza oxidativa da lugar a características completamente distintas. En este caso, el vino, expuesto al oxígeno del aire y con una mayor graduación alcohólica, experimenta un oscurecimiento progresivo y una concentración más marcada debido a la evaporación de ciertos compuestos a través de las porosas paredes de las botas.

Según lo estipula el Pliego de Condiciones de la Denominación de Origen, los vinos de Jerez deben ser envejecidos durante al menos dos años. No obstante, es común que este periodo se extienda considerablemente para lograr que los vinos adquieran las cualidades típicas asociadas a cada una de las tipologías.

Mientras que la crianza oxidativa se puede llevar a cabo mediante un método estático, es decir, sin mezclar vinos con diferentes niveles de envejecimiento, en la región de Jerez lo habitual es recurrir a un sistema dinámico conocido como "criaderas y solera". Este método es esencial para garantizar el éxito del proceso de crianza biológica y se ha convertido en un elemento distintivo de los vinos de esta región.


La bota de roble el recipiente ideal del Jerez.

La historia del Jerez y el recipiente que lo contiene está marcada por una evolución significativa. Durante más de dos mil años, los vinos de esta región fueron almacenados en vasijas cerámicas como ánforas y tinajas. Sin embargo, en pleno medioevo, las expediciones de Jerez comenzaron a notar las ventajas de utilizar botas de madera para el transporte. Este cambio revolucionó la industria vinícola local al introducir la bota no solo como recipiente de expedición, sino también como vasija para la guarda y crianza del vino, transformando sus propiedades sensoriales y dando origen al Jerez tal como lo conocemos hoy.

En cuanto a los tamaños y tipos de vasijas empleadas en la crianza, la tradición vinícola ha contemplado una gran diversidad según las características de las bodegas y sus espacios. Desde toneles con capacidad para 900 litros hasta pequeños barriles de una arroba que apenas contienen 16,66 litros, pasando por toneletes, bocoyes, botas gordas, largas, cortas, medias botas y cuarterones. Además, se han utilizado distintas maderas como castaño, roble del país y, especialmente, roble americano.

En la actualidad, aunque algunas bodegas aún mantienen otros tipos de vasijas, la preferida y más extendida es la conocida "bota bodeguera", hecha de roble americano con una capacidad estándar de 600 litros (equivalentes a 36 arrobas). Este roble es particularmente apreciado debido a sus aportes únicos al vino y su empleo data de los primeros intercambios comerciales con América, cuando se importaban las maderas y exportaban los vinos de la región.

Una particularidad esencial es que las botas no se llenan completamente. En los casos de crianza bajo velo de flor, el llenado suele alcanzar solo las 30 arrobas (500 litros), dejando un espacio conocido como "dos puños" de aire en su interior. Este margen proporciona la superficie necesaria para el desarrollo del velo de flor y facilita una relación óptima entre volumen y superficie para maximizar su influencia en el vino.

La bota de madera no es un recipiente hermético ni inerte. La permeabilidad al oxígeno y la capacidad de adsorber agua contribuyen activamente al proceso de envejecimiento del vino. A medida que el agua del vino transpira hacia el ambiente de la bodega, provoca una pérdida anual conocida como "merma", que equivale al 3-4% del volumen total almacenado. Este fenómeno resulta en una concentración progresiva de los demás componentes del vino y, tras largos años de crianza sin velo de flor, en un incremento gradual de su graduación alcohólica.

Esta concentración no es el único cambio que experimenta el vino en la bota. El recipiente aporta sutiles notas aromáticas procedentes de su madera, previamente envinada para adaptarse plenamente al proceso de crianza. Paralelamente, el vino evoluciona gracias al contacto continuo con pequeñas dosis controladas de oxígeno que penetran a través de la madera. En el caso de la crianza biológica bajo velo de flor, este proceso adopta una dinámica distinta pero igualmente enriquecedora, transformando el Jerez en una bebida excepcional que refleja la fusión perfecta entre tradición y naturaleza.


El Sistema de Criaderas y Solera.

Es el método tradicional y único para el envejecimiento de los vinos de Jerez, diseñado para conservar sus características distintivas en el producto final, fruto de la mezcla de cosechas. Este proceso dinámico implica la combinación metódica de vinos con diferentes niveles de maduración, creando una mezcla compleja que perpetúa los atributos deseados en el vino comercializado.

Para llevar a cabo este sistema, es imprescindible clasificar los vinos en la bodega según su nivel de envejecimiento. Esto se organiza en las llamadas criaderas o escalas, compuestas por un conjunto específico de barricas. La escala más baja del sistema y la que contiene el vino más envejecido se denomina solera, ya que se sitúa directamente sobre el suelo. Encima de la solera se colocan las criaderas adicionales, ordenadas en función de su antigüedad creciente (1ª criadera, 2ª criadera, y así sucesivamente).

El vino destinado al consumo procede exclusivamente de la solera, de donde se extraen periódicamente pequeñas cantidades mediante un proceso llamado "saca". Este vaciado parcial se compensa con vino extraído de la criadera inmediatamente superior (1ª criadera), y de forma consecutiva, cada criadera se rellena con vino procedente de escalas más jóvenes. Finalmente, la criadera más joven se completa con el vino proveniente de las añadas o sistema de sobretablas. El acto de rellenar ese vacío parcial en cada escala recibe el nombre de "rocío".

Este flujo continuo da lugar a una mezcla multifacética en la solera, enriquecida con vinos de diversas añadas. El proceso conjunto de realizar las sacas y los rocíos se denomina "correr escalas", siendo un trabajo minucioso que requiere gran destreza y cuidado por parte del personal especializado conocido como trasegadores.


El traslado o "trasiego" del vino entre las escalas debe realizarse con sumo cuidado para evitar alterar tanto el velo de flor que protege la crianza biológica como los depósitos denominados "cabezuelas" acumulados en el fondo de las barricas a lo largo del tiempo. Para ello, se emplean técnicas tradicionales y herramientas específicas que garantizan la homogenización del vino durante el rocío, preservando su calidad.

La periodicidad y cantidad del vino extraído están estrictamente reguladas según las características propias de cada tipo de vino, puesto que estos factores influyen directamente en los tiempos de crianza. El periodo promedio de envejecimiento en un sistema de solera se calcula dividiendo el volumen total del vino almacenado entre la cantidad extraída anualmente durante las sacas. Las normas del Consejo Regulador establecen que este tiempo medio no debe ser inferior a dos años para garantizar que los vinos cumplan con los estándares exigidos antes de salir al mercado.

El sistema de solera confiere una dinámica única al proceso de crianza del vino, marcando de manera particular su naturaleza. Su funcionamiento permite preservar las características inherentes del vino de la solera, minimizando las variaciones entre vendimias y ofreciendo una continuidad en su calidad y personalidad.

Un aspecto destacado de este método es su impacto positivo sobre la crianza biológica bajo velo de flor. Durante esta etapa, los vinos experimentan una continua interacción metabólica con las levaduras que conforman dicho velo. Para sostener este complejo ecosistema, es fundamental el aporte continuo de micro-nutrientes esenciales, lo cual se logra mediante la incorporación de pequeñas cantidades de vinos jóvenes provenientes de las cosechas recientes. A través de los sucesivos rocíos o reposiciones, estas contribuciones nutren las escalas más avanzadas de crianza, garantizando una renovación constante de los compuestos necesarios para que el velo de flor mantenga su actividad y efectividad. Sin este aporte, el desarrollo biológico podría disminuir significativamente.

Operación de rociado

Otra característica clave del soleraje es el movimiento continuo de los vinos entre las distintas barricas, lo que ocasiona la disolución de pequeñas cantidades de oxígeno. Este oxígeno ayuda a regenerar y fortalecer el velo de flor, que tiende a deteriorarse tras cada trasiego. Sin embargo, este oxígeno es rápidamente consumido por la respiración de las levaduras, dejando el vino protegido bajo la atmósfera inerte generada por el propio velo de flor. En cuanto a los vinos sometidos a crianza oxidativa o tradicional, el oxígeno incorporado durante los trasiegos acelera los procesos oxidativos, favoreciendo una maduración más intensa y enriquecedora del carácter del vino.

Las Bodegas síntesis de estética y funcionalidad arquitectónica.

Los intrincados procesos asociados a la crianza y envejecimiento de los vinos de Jerez requieren condiciones medioambientales específicas que no son intrínsecamente propicias en el clima predominante del Marco de Jerez. Esta región, caracterizada por un clima cálido meridional influenciado significativamente por el Océano Atlántico, presenta variaciones marcadas de temperatura y fluctuaciones en los niveles de humedad derivadas de los vientos predominantes. Tales desafíos ambientales han obligado a los arquitectos y bodegueros a desarrollar construcciones diseñadas estratégicamente para mitigar los factores climáticos adversos y optimizar aquellos que favorecen el proceso enológico.

A primera vista, las bodegas del Marco de Jerez destacan como estructuras arquitectónicamente imponentes, cuyas dimensiones y belleza estética capturan la atención inmediata. Sin embargo, un análisis más profundo revela que estas edificaciones no solo exhiben elegancia visual, sino que están diseñadas con una funcionalidad excepcional en sintonía con las exigencias del proceso de crianza de los vinos de Jerez.


Cada detalle arquitectónico, desde la orientación del edificio hasta las características específicas de las fachadas y cubiertas, cumple una función reguladora fundamental. Estas estructuras actúan como filtros que gestionan la interacción entre los elementos climáticos externos y el interior, logrando así estabilizar las condiciones necesarias para el desarrollo óptimo del vino. Las oscilaciones térmicas internas se minimizan gracias a la alta inercia térmica de los muros, que moderan los cambios de temperatura, mientras que su permeabilidad permite mantener un flujo adecuado de humedad. De esta forma, se asegura una constancia higrotérmica entre el día y la noche.

La elección estratégica de las ubicaciones para erigir las bodegas también refleja una comprensión profunda de la climatología local. Estas suelen situarse en áreas que facilitan el acceso a suaves corrientes de aire provenientes del sur y del oeste, trazadas desde el Atlántico. Estas brisas nocturnas con alto contenido de humedad son particularmente críticas para el desarrollo del velo de flor, un elemento esencial en la elaboración de los vinos.


Desde un punto de vista geométrico, las bodegas presentan plantas predominantemente rectangulares orientadas en dirección noroeste-sureste. Esta disposición asegura una máxima captación de la humedad del océano al tiempo que protege el interior del impacto directo de los vientos desfavorables del noreste y del Levante. Además, dicha orientación minimiza la exposición a la insolación directa sobre las fachadas, contribuyendo así al control térmico.

En cuanto al diseño vertical, estas bodegas son notoriamente altas, algunas llegando a los 15 metros en su punto máximo. Este espacio interior contribuye al desarrollo del oxígeno adecuado para la levadura de flor dentro de las botas; a su vez, genera un gran volumen de aire que actúa como una cámara natural de aislamiento térmico e higrométrico. La altura también facilita un sistema de ventilación pasiva basado en diferencias térmicas, cuando no soplan los vientos atlánticos, el aire cálido tiende a ascender hacia las zonas superiores, permitiendo su extracción mediante aberturas estratégicamente situadas en los muros este y oeste. Esto genera corrientes verticales y horizontales que expulsan el aire caliente acumulado al exterior.

Exteriormente, las soluciones arquitectónicas también reflejan una integración sensible al medioambiente. Durante el verano, las fachadas sur son protegidas mediante pantallas vegetales o pérgolas ubicadas en calles adyacentes. Estas protecciones actúan como filtros solares, reduciendo la incidencia directa de la radiación mientras permiten el paso controlado de brisas frescas hacia el interior. En invierno, al desaparecer el follaje de estas barreras naturales, las fachadas revestidas con cal maximizan la absorción solar durante el día, almacenando calor que se transfiere paulatinamente hacia el interior durante la noche.


De esta manera, las bodegas del Marco de Jerez constituyen un ejemplo paradigmático de arquitectura bioclimática que no solo responde a las exigencias específicas del proceso vinícola tradicional, sino que también armoniza la funcionalidad técnica con un diseño estético notablemente sofisticado.

Las ventanas suelen ubicarse en la parte superior de los cerramientos verticales, específicamente en el tercio superior, y se caracterizan por ser pequeñas, de forma rectangular o cuadrada, dispuestas en patrones repetitivos y simétricos. Los arcos que soportan la cubierta están diseñados estratégicamente para permitir la entrada de brisa y favorecer la circulación del aire en sentido perpendicular al eje longitudinal de la nave. La elevada posición de las ventanas, junto con el uso de esteras de esparto, genera una iluminación diagonal, tenue y homogénea que se mantiene constante pese a la variación de la posición del sol respecto a las fachadas. Estas esteras, además de controlar y suavizar la luz, actúan como filtro para evitar la entrada de polvo o insectos no deseados en el interior de la bodega. La penumbra uniforme dentro del espacio no solo regula la temperatura, sino que también garantiza el ambiente tranquilo y estable necesario para el reposo adecuado de las botas.


Las paredes laterales de las bodegas cuentan con un grosor mínimo de 60 centímetros, suficiente para soportar la altura de las estructuras externas y proporcionar un excelente aislamiento térmico. Están construidas con materiales altamente higroscópicos, lo que contribuye a mantener elevados niveles de humedad en el entorno. Por otro lado, el pavimento está recubierto con albero, un material poroso que se riega dependiendo de la estación del año. Este procedimiento permite regular tanto la temperatura como la humedad, ya que el albero, tras saturarse con agua, libera esta gradualmente, potenciando la refrigeración del ambiente.

En resumen, este sistema constructivo combina una serie de técnicas diseñadas específicamente para garantizar que el vino madure en condiciones óptimas, proporcionando un entorno ideal para el desarrollo de su crianza.


Embotellado la Etapa Final.

Tras realizar la extracción de las botas de la solera, el vino se encuentra en su punto óptimo para ser embotellado o, en ciertos casos, para ser sometido a un proceso de mezcla con otros vinos, conocido como cabeceo. Esta práctica tiene como objetivo definir y obtener distintas tipologías de los emblemáticos vinos de Jerez. En estas situaciones, es habitual que la mezcla obtenida retorne a barricas de madera durante un período adicional, permitiendo así un ensamblaje completo y definitivo.

Para aquellos vinos destinados a ser embotellados directamente, se lleva a cabo primero un proceso de clarificación. Este procedimiento suele implicar el uso de bentonita, clara de huevo o gelatinas, sustancias que facilitan la decantación al arrastrar las partículas sólidas suspendidas en el líquido. A continuación, el vino pasa por un filtrado que, en la mayoría de los casos, se complementa con un tratamiento de frío. Este tratamiento busca inducir la formación de cristales de bitartrato, evitando que estos se desarrollen una vez el vino se encuentra embotellado y expuesto a cambios bruscos de temperatura. Según el grado alcohólico del vino, se somete a temperaturas controladas que oscilan entre los -7 °C y los -11 °C durante varios días.


Concluido este proceso, los cristales formados y precipitados son retirados, y el vino vuelve a ser filtrado. De esta manera, el líquido logra una claridad y brillo perfectos antes del embotellado final.

Para garantizar la conservación óptima de sus características organolépticas durante el mayor tiempo posible y prevenir la oxidación causada por la presencia de aire en el interior de las botellas, muchas bodegas emplean técnicas avanzadas de embotellado con gas inerte. Este procedimiento consiste en introducir una pequeña cantidad de nitrógeno dentro de las botellas tras su llenado y justo antes de colocar el tapón. Dado que el nitrógeno es un gas completamente inerte y más denso que el aire, desplaza cualquier presencia de oxígeno, creando un ambiente completamente aislado. Así, el vino queda perfectamente acondicionado para su viaje final hacia el consumidor.


Embotellado en Rama.

El embotellado de vinos de Jerez bajo la denominación "en rama" se ha vuelto cada vez más común en el mercado, aunque aún carece de una definición normativa estricta. En su acepción literal, un vino "en rama" sería aquel consumido o embotellado directamente desde la bota.

Sin embargo, en la práctica, esto es imposible de realizar de manera literal, ya que como mínimo el vino debe pasar por un proceso de filtrado antes de ser embotellado. Este filtrado puede realizarse con un colador que retenga los elementos sólidos más evidentes contenidos en la bota o, en el caso de finos y manzanillas, con filtros que impidan el paso de las levaduras.

El propósito del concepto "en rama" es capturar en la botella la experiencia más fiel posible del vino tal y como se encuentra en la solera. Es decir, recrear lo que se percibiría si se degustara directamente desde la bota mediante venencia, conservando la esencia y el carácter original del vino.

El color y la claridad del vino "en rama" variarán en función de su estilo y tiempo de crianza. Estos vinos pueden presentar tonalidades más intensas y menos limpidez en copa, lo que resulta especialmente notorio si se ha realizado un enfriamiento previo a su consumo:

  • Esta característica es más relevante en los vinos sometidos a crianza biológica, ya que la presencia de la flor introduce un reto adicional para su clarificación.
  • En cambio, en los vinos de crianza oxidativa con largos periodos de envejecimiento, estas diferencias podrían no ser tan perceptibles debido a su natural decantación prolongada.

Los vinos "en rama" que no han sido estabilizados están sujetos a una evolución más rápida dentro de la botella. Similar a lo que ocurre con otros vinos de guarda, desarrollarán nuevos matices y una mayor complejidad con el tiempo. La calidad y la duración de esta evolución dependerán esencialmente de las propiedades originales del vino embotellado.

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