COMMANDARIA EL VINO DE LOS TEMPLARIOS.

No olvides dejar reposar las uvas maduras diez noches al aire libre, ni recogerlas de día; recuerda cinco más, antes de que se elabore el vino, dejarlas reposar a la sombra; y en la sexta, afanosamente, empotra el don de Baco, padre de la alegría. (Hesiodo).

Existen vinos destinados a ser simplemente disfrutados, otros que invitan al análisis minucioso, y algunos que se elevan por encima de ambas categorías, mereciendo ser contemplados como auténticos testigos del paso del tiempo. En esta última y excepcional categoría encontramos el Commandaria, una joya enológica cuya relevancia trasciende la simple fermentación de uvas. Reconocido por el Libro Guinness de los Récords como el vino más antiguo del mundo producido de forma ininterrumpida, este dulce ambarino, originario de las laderas del macizo Troodos en Chipre, se erige como un fascinante vestigio de la historia humana. Más que un producto común, el Commandaria es una reliquia cultural que ha perdurado frente al auge y caída de imperios, cruzadas, invasiones y conflictos bélicos, conservando su esencia intacta a lo largo de al menos cinco milenios.


Hablar del vino de Commandaria es hablar de una de las supervivencias culturales más extraordinarias de la historia alimentaria del Mediterráneo. No se trata únicamente de un vino dulce procedente de Chipre, sino de una auténtica cápsula histórica líquida donde confluyen el mundo clásico, las cruzadas medievales, la espiritualidad cristiana oriental, el comercio marítimo mediterráneo, la antropología del lujo, la memoria agrícola campesina y la persistencia de técnicas enológicas prácticamente arcaicas.

Pocos vinos pueden reclamar una continuidad histórica semejante. Mientras la mayoría de las grandes tradiciones vitivinícolas europeas han atravesado rupturas técnicas, reconstrucciones agronómicas o redefiniciones estilísticas profundas, Commandaria conserva todavía rasgos productivos y simbólicos que lo vinculan directamente con el universo antiguo de los vinos de pasas mediterráneos. En cierto modo, beber Commandaria equivale a aproximarse sensorialmente a los gustos dominantes del Mediterráneo premoderno.

La Commandaria nace en las laderas meridionales de los montes Troodos, una región interior de Chipre caracterizada por suelos pobres, clima seco y viticultura de montaña. La dureza de este territorio explica buena parte del carácter histórico del vino. Las cepas, cultivadas tradicionalmente en vaso y en secano extremo, forman parte de una agricultura de resistencia propia de las economías mediterráneas antiguas, donde la vid constituía uno de los pocos cultivos capaces de sobrevivir a condiciones climáticas adversas.

Viñedos en las laderas de los montes Troodos

La propia geografía de la isla ayuda a comprender la singularidad histórica del vino. Chipre ocupó durante siglos una posición estratégica entre Oriente Próximo, Anatolia, Egipto y el Mediterráneo occidental. Esa condición de puente civilizatorio convirtió sus vinos en mercancías altamente apreciadas desde la Antigüedad.

Los testimonios más antiguos remiten ya al universo griego arcaico. Hesíodo describía en "Los trabajos y los días" métodos de sobremaduración y secado de uvas extraordinariamente próximos a los que todavía hoy se utilizan en la elaboración de Commandaria. Aquellas prácticas estaban asociadas a la búsqueda de concentración azucarada y estabilidad natural en un mundo sin técnicas modernas de conservación.

En realidad, los grandes vinos dulces del Mediterráneo antiguo no eran una excepción, sino probablemente el paradigma dominante del vino prestigioso. El gusto antiguo apreciaba la densidad, la riqueza y la concentración aromática. El dulzor constituía un marcador de lujo porque implicaba trabajo, selección y estabilidad comercial.

El nombre “Commandaria” no procede del mundo clásico, sino del universo feudal de las cruzadas. Tras la conquista de Chipre por Ricardo Corazón de León a finales del siglo XII, la isla pasó a integrarse en las complejas redes políticas y militares latinas del Mediterráneo oriental.

Ricardo Corazón de León. (Abraham Cooper).

Los territorios vitícolas administrados por la Orden de los Caballeros Templarios recibieron el nombre de “La Grande Commanderie”, término del que derivaría posteriormente “Commandaria”. Más tarde serían los Caballeros Hospitalarios quienes continuarían explotando y comercializando el vino.

Aquí aparece uno de los elementos más fascinantes de su historia: Commandaria constituye uno de los primeros grandes vinos globalizados de la Europa medieval. Circulaba por las rutas marítimas venecianas y genovesas, viajaba hacia Inglaterra, Francia y los principados italianos, y alcanzó una reputación extraordinaria en las cortes aristocráticas europeas.

La leyenda de la llamada “Batalla de los Vinos”, organizada por Felipe II de Francia en el siglo XIII, sitúa a Commandaria como vencedor simbólico entre los mejores vinos conocidos de la época. Aunque el episodio posee componentes legendarios, revela algo esencial, la existencia ya en plena Edad Media de una conciencia jerárquica del gusto vinícola internacional.

Commandaria se convirtió así en un vino asociado al prestigio político, religioso y cortesano. Su consumo no pertenecía al ámbito cotidiano campesino, sino a las élites militares, monásticas y aristocráticas.

Caballeros templarios

Comprender Commandaria exige abandonar la sensibilidad contemporánea hacia el vino seco y regresar a la antropología histórica del gusto. Durante siglos, el dulzor fue uno de los atributos más valorados en las sociedades mediterráneas y europeas. El azúcar era escaso, caro y simbólicamente asociado al refinamiento. Los vinos naturalmente dulces ocupaban un espacio intermedio entre alimento, medicina y objeto suntuario.

La concentración azucarada implicaba también poder tecnológico y dominio agrícola. Conseguir vinos capaces de viajar largas distancias sin degradarse requería experiencia, selección varietal y conocimiento climático. En una época sin estabilización industrial, la pasificación actuaba como método natural de conservación. Por ello Commandaria no debe entenderse simplemente como un vino dulce, sino como la expresión de una economía cultural del prestigio.

El vino participaba además de funciones rituales y religiosas. En la tradición ortodoxa chipriota ciertos vinos dulces conservaban vínculos con usos litúrgicos, y el simbolismo cristiano del vino como sangre transformada encontraba en estos líquidos densos y oscuros una dimensión particularmente poderosa.


Uno de los aspectos más extra ordinarios de Commandaria es la continuidad de sus métodos productivos. Las variedades empleadas siguen siendo autóctonas: Xynisteri (blanca) y Mavro (tinta)

Tras la vendimia tardía, las uvas son extendidas al sol durante días para favorecer la pasificación. El proceso reduce el contenido de agua y concentra azúcares, ácidos y compuestos aromáticos. Este procedimiento conecta directamente con técnicas documentadas en el Mediterráneo desde época clásica. Los romanos elaboraban vinos semejantes "passum" mediante secado de uvas. El mundo bizantino y posteriormente el islámico mantuvieron también prácticas similares.

La fermentación del mosto extremadamente concentrado produce vinos de gran riqueza alcohólica y elevada densidad glicérica. Posteriormente se desarrolla un envejecimiento oxidativo prolongado en barricas, generando aromas de frutos secos, café, caramelo, higos y especias.

Asoleo

Desde el punto de vista enológico, Commandaria ocupa un territorio híbrido entre los vinos de pasas mediterráneos, los vinos oxidativos históricos, y ciertos vinos licorosos naturales. Su perfil recuerda parcialmente al Pedro Ximénez, al vino de Málaga o incluso a determinados vin santo italianos, aunque conserva una personalidad propia marcada por la rusticidad mediterránea oriental.

La historia de Commandaria es inseparable de las redes marítimas. La estabilidad del vino dulce permitía viajes largos en barco sin deterioro grave, algo fundamental en las economías medievales. Mientras muchos vinos comunes se degradaban rápidamente, Commandaria soportaba el transporte gracias a su riqueza alcohólica y azucarada. Esto explica su éxito comercial entre mercaderes italianos y órdenes militares. La circulación del vino formaba parte de un sistema económico mucho más amplio que incluía: azúcar, especias, seda, cereales, esclavos, y productos de lujo orientales. En cierto sentido, Commandaria fue también una mercancía geopolítica.

Rutas maritimas en el Mediterraneoe la Edad Media

La viticultura chipriota quedó profundamente integrada en los sistemas fiscales y comerciales de las potencias marítimas mediterráneas. Venecianos, genoveses, francos y otomanos explotaron sucesivamente la riqueza agrícola de la isla.

Como ocurre con otros vinos históricos, Commandaria no pertenece solo a la historia agrícola, sino también al imaginario literario. Las referencias medievales y renacentistas presentan el vino chipriota como símbolo de exotismo oriental, refinamiento y nobleza. Los viajeros europeos que recorrían el Mediterráneo oriental describían frecuentemente estos vinos con fascinación.

En la literatura occidental, los vinos dulces orientales funcionaron muchas veces como metáforas de abundancia, sensualidad y lujo decadente. El imaginario artístico asociado al Mediterráneo oriental banquetes, especias, frutos secos, tejidos, puertos y comercio marítimo, encaja plenamente con el universo simbólico de Commandaria.

Existe además un aspecto casi arqueológico en su recepción contemporánea. Muchos aficionados perciben el vino no solo como bebida, sino como supervivencia histórica. Esa dimensión patrimonial lo aproxima a ciertos alimentos rituales o tradicionales cuya importancia excede lo gastronómico.

La modernidad transformó profundamente los gustos vinícolas internacionales. El triunfo del vino seco, la estandarización industrial y la hegemonía francesa desplazaron a muchos vinos dulces históricos. Commandaria sobrevivió, aunque relegada durante décadas a un espacio periférico. Sin embargo, precisamente esa marginalidad ha permitido conservar rasgos antiguos que otros vinos perdieron. Hoy Commandaria aparece como una especie de fósil vivo de la civilización mediterránea del vino.

Su relevancia contemporánea reside tanto en su calidad organoléptica como en su densidad cultural. Representa una forma distinta de entender la relación entre agricultura, tiempo, territorio y memoria. En una época obsesionada con la innovación, Commandaria recuerda que algunos vinos funcionan como archivos históricos líquidos. No es casual que numerosos historiadores de la alimentación consideren estos vinos de pasificación como herederos directos de la gran tradición vinícola de la Antigüedad.


Commandaria desafía las categorías modernas porque pertenece simultáneamente a múltiples temporalidades. Es un vino antiguo consumido en el presente. Un producto agrícola convertido en documento histórico. Una mercancía medieval que sobrevive en la economía contemporánea.n vino litúrgico, aristocrático y campesino al mismo tiempo.

Pocos vinos condensan de forma tan intensa las conexiones entre: agricultura y religión, comercio y poder, paisaje y memoria, técnica y simbolismo, placer y civilización.

Barricas de vino puerto de Limasol en Chipre 1920

Quizá por ello Commandaria produce una impresión singular en quien lo bebe con conciencia histórica, la sensación de que ciertos sabores sobreviven a los imperios, a las religiones y a las transformaciones del mundo. En cada copa permanece todavía algo del Mediterráneo antiguo.

LOS VINOS DE JEREZ IV. ELABORACION, DE LA UVA AL VINO.

"Un buen Jerez produce un doble efecto: primero se sube al interior del cerebro, me seca allí todos los necios, torpes y malolientes vapores que le envuelven; le hace abierto, ágil, inventivo, pleno de concepciones ligeras, ardientes y deleitosas formas; todo lo cual, comunicado a la voz, la lengua, que le da la expresión, produce excelentes ocurrencias. La segunda propiedad de vuestro excelente Jerez, es la de calentar la sangre, que estando antes fría y calmosa, dejaba el hígado blanco y pálido, lo que es signo de pusilanimidad y cobardía; pero el vino de Jerez la calienta y la hace correr del centro a las partes extremas. Ilumina el rostro que, como un faro, ordena armarse a todo el resto de este pequeño reino, el hombre…". (William Shakespeare).

El universo de los vinos de Jerez se construye a partir de un proceso de crianza singular que combina tiempo, técnica y un profundo conocimiento acumulado durante generaciones. Desde el momento en que el vino entra en la bota hasta su preparación final para el embotellado, cada fase responde a una lógica precisa donde intervienen factores biológicos, físicos y humanos. La diversidad de estilos, marcada por distintos tipos de envejecimiento, encuentra su fundamento en elementos clave como la bota de roble, el dinámico sistema de criaderas y solera y la arquitectura específica de las bodegas, concebidas para favorecer unas condiciones ambientales muy concretas. Todo este entramado culmina en el embotellado, fase final en la que el vino se estabiliza y se dispone para su consumo, cerrando así un ciclo en el que tradición y técnica se entrelazan de manera inseparable.


Los Tipos de Envejecimiento.  

La crianza representa una etapa crucial en el proceso de elaboración de los vinos de Jerez. Se trata de la fase más extensa en términos de tiempo, durante la cual se definen las características organolépticas que determinan la rica variedad de este tipo de vinos.

En la región del Jerez se llevan a cabo dos modalidades principales de crianza. La primera, conocida como envejecimiento o "crianza oxidativa", consiste en el reposo y evolución del vino en botas de madera, donde experimenta cambios físico-químicos lentos influenciados por las condiciones ambientales. La segunda modalidad, denominada "crianza biológica", implica un proceso más dinámico bajo el efecto del velo de flor, una capa biológica formada por levaduras autóctonas que cubre la superficie del vino y que lo transforma de manera única.

En la crianza biológica, el papel del velo de flor es fundamental. Esta capa no solo protege al vino de la oxidación al evitar su contacto directo con el aire dentro de las botas, sino que también genera interacciones complejas con el líquido. Estas levaduras consumen componentes clave del vino, como el alcohol, la glicerina y la acidez volátil, modificando así sus propiedades originales. A su vez, estimulan un notable aumento en el contenido de acetaldehídos, responsables del característico aroma punzante que desarrolla el vino durante este proceso.


Por otro lado, la crianza oxidativa da lugar a características completamente distintas. En este caso, el vino, expuesto al oxígeno del aire y con una mayor graduación alcohólica, experimenta un oscurecimiento progresivo y una concentración más marcada debido a la evaporación de ciertos compuestos a través de las porosas paredes de las botas.

Según lo estipula el Pliego de Condiciones de la Denominación de Origen, los vinos de Jerez deben ser envejecidos durante al menos dos años. No obstante, es común que este periodo se extienda considerablemente para lograr que los vinos adquieran las cualidades típicas asociadas a cada una de las tipologías.

Mientras que la crianza oxidativa se puede llevar a cabo mediante un método estático, es decir, sin mezclar vinos con diferentes niveles de envejecimiento, en la región de Jerez lo habitual es recurrir a un sistema dinámico conocido como "criaderas y solera". Este método es esencial para garantizar el éxito del proceso de crianza biológica y se ha convertido en un elemento distintivo de los vinos de esta región.


La bota de roble el recipiente ideal del Jerez.

La historia del Jerez y el recipiente que lo contiene está marcada por una evolución significativa. Durante más de dos mil años, los vinos de esta región fueron almacenados en vasijas cerámicas como ánforas y tinajas. Sin embargo, en pleno medioevo, las expediciones de Jerez comenzaron a notar las ventajas de utilizar botas de madera para el transporte. Este cambio revolucionó la industria vinícola local al introducir la bota no solo como recipiente de expedición, sino también como vasija para la guarda y crianza del vino, transformando sus propiedades sensoriales y dando origen al Jerez tal como lo conocemos hoy.

En cuanto a los tamaños y tipos de vasijas empleadas en la crianza, la tradición vinícola ha contemplado una gran diversidad según las características de las bodegas y sus espacios. Desde toneles con capacidad para 900 litros hasta pequeños barriles de una arroba que apenas contienen 16,66 litros, pasando por toneletes, bocoyes, botas gordas, largas, cortas, medias botas y cuarterones. Además, se han utilizado distintas maderas como castaño, roble del país y, especialmente, roble americano.

En la actualidad, aunque algunas bodegas aún mantienen otros tipos de vasijas, la preferida y más extendida es la conocida "bota bodeguera", hecha de roble americano con una capacidad estándar de 600 litros (equivalentes a 36 arrobas). Este roble es particularmente apreciado debido a sus aportes únicos al vino y su empleo data de los primeros intercambios comerciales con América, cuando se importaban las maderas y exportaban los vinos de la región.

Una particularidad esencial es que las botas no se llenan completamente. En los casos de crianza bajo velo de flor, el llenado suele alcanzar solo las 30 arrobas (500 litros), dejando un espacio conocido como "dos puños" de aire en su interior. Este margen proporciona la superficie necesaria para el desarrollo del velo de flor y facilita una relación óptima entre volumen y superficie para maximizar su influencia en el vino.

La bota de madera no es un recipiente hermético ni inerte. La permeabilidad al oxígeno y la capacidad de adsorber agua contribuyen activamente al proceso de envejecimiento del vino. A medida que el agua del vino transpira hacia el ambiente de la bodega, provoca una pérdida anual conocida como "merma", que equivale al 3-4% del volumen total almacenado. Este fenómeno resulta en una concentración progresiva de los demás componentes del vino y, tras largos años de crianza sin velo de flor, en un incremento gradual de su graduación alcohólica.

Esta concentración no es el único cambio que experimenta el vino en la bota. El recipiente aporta sutiles notas aromáticas procedentes de su madera, previamente envinada para adaptarse plenamente al proceso de crianza. Paralelamente, el vino evoluciona gracias al contacto continuo con pequeñas dosis controladas de oxígeno que penetran a través de la madera. En el caso de la crianza biológica bajo velo de flor, este proceso adopta una dinámica distinta pero igualmente enriquecedora, transformando el Jerez en una bebida excepcional que refleja la fusión perfecta entre tradición y naturaleza.


El Sistema de Criaderas y Solera.

Es el método tradicional y único para el envejecimiento de los vinos de Jerez, diseñado para conservar sus características distintivas en el producto final, fruto de la mezcla de cosechas. Este proceso dinámico implica la combinación metódica de vinos con diferentes niveles de maduración, creando una mezcla compleja que perpetúa los atributos deseados en el vino comercializado.

Para llevar a cabo este sistema, es imprescindible clasificar los vinos en la bodega según su nivel de envejecimiento. Esto se organiza en las llamadas criaderas o escalas, compuestas por un conjunto específico de barricas. La escala más baja del sistema y la que contiene el vino más envejecido se denomina solera, ya que se sitúa directamente sobre el suelo. Encima de la solera se colocan las criaderas adicionales, ordenadas en función de su antigüedad creciente (1ª criadera, 2ª criadera, y así sucesivamente).

El vino destinado al consumo procede exclusivamente de la solera, de donde se extraen periódicamente pequeñas cantidades mediante un proceso llamado "saca". Este vaciado parcial se compensa con vino extraído de la criadera inmediatamente superior (1ª criadera), y de forma consecutiva, cada criadera se rellena con vino procedente de escalas más jóvenes. Finalmente, la criadera más joven se completa con el vino proveniente de las añadas o sistema de sobretablas. El acto de rellenar ese vacío parcial en cada escala recibe el nombre de "rocío".

Este flujo continuo da lugar a una mezcla multifacética en la solera, enriquecida con vinos de diversas añadas. El proceso conjunto de realizar las sacas y los rocíos se denomina "correr escalas", siendo un trabajo minucioso que requiere gran destreza y cuidado por parte del personal especializado conocido como trasegadores.


El traslado o "trasiego" del vino entre las escalas debe realizarse con sumo cuidado para evitar alterar tanto el velo de flor que protege la crianza biológica como los depósitos denominados "cabezuelas" acumulados en el fondo de las barricas a lo largo del tiempo. Para ello, se emplean técnicas tradicionales y herramientas específicas que garantizan la homogenización del vino durante el rocío, preservando su calidad.

La periodicidad y cantidad del vino extraído están estrictamente reguladas según las características propias de cada tipo de vino, puesto que estos factores influyen directamente en los tiempos de crianza. El periodo promedio de envejecimiento en un sistema de solera se calcula dividiendo el volumen total del vino almacenado entre la cantidad extraída anualmente durante las sacas. Las normas del Consejo Regulador establecen que este tiempo medio no debe ser inferior a dos años para garantizar que los vinos cumplan con los estándares exigidos antes de salir al mercado.

El sistema de solera confiere una dinámica única al proceso de crianza del vino, marcando de manera particular su naturaleza. Su funcionamiento permite preservar las características inherentes del vino de la solera, minimizando las variaciones entre vendimias y ofreciendo una continuidad en su calidad y personalidad.

Un aspecto destacado de este método es su impacto positivo sobre la crianza biológica bajo velo de flor. Durante esta etapa, los vinos experimentan una continua interacción metabólica con las levaduras que conforman dicho velo. Para sostener este complejo ecosistema, es fundamental el aporte continuo de micro-nutrientes esenciales, lo cual se logra mediante la incorporación de pequeñas cantidades de vinos jóvenes provenientes de las cosechas recientes. A través de los sucesivos rocíos o reposiciones, estas contribuciones nutren las escalas más avanzadas de crianza, garantizando una renovación constante de los compuestos necesarios para que el velo de flor mantenga su actividad y efectividad. Sin este aporte, el desarrollo biológico podría disminuir significativamente.

Operación de rociado

Otra característica clave del soleraje es el movimiento continuo de los vinos entre las distintas barricas, lo que ocasiona la disolución de pequeñas cantidades de oxígeno. Este oxígeno ayuda a regenerar y fortalecer el velo de flor, que tiende a deteriorarse tras cada trasiego. Sin embargo, este oxígeno es rápidamente consumido por la respiración de las levaduras, dejando el vino protegido bajo la atmósfera inerte generada por el propio velo de flor. En cuanto a los vinos sometidos a crianza oxidativa o tradicional, el oxígeno incorporado durante los trasiegos acelera los procesos oxidativos, favoreciendo una maduración más intensa y enriquecedora del carácter del vino.

Las Bodegas síntesis de estética y funcionalidad arquitectónica.

Los intrincados procesos asociados a la crianza y envejecimiento de los vinos de Jerez requieren condiciones medioambientales específicas que no son intrínsecamente propicias en el clima predominante del Marco de Jerez. Esta región, caracterizada por un clima cálido meridional influenciado significativamente por el Océano Atlántico, presenta variaciones marcadas de temperatura y fluctuaciones en los niveles de humedad derivadas de los vientos predominantes. Tales desafíos ambientales han obligado a los arquitectos y bodegueros a desarrollar construcciones diseñadas estratégicamente para mitigar los factores climáticos adversos y optimizar aquellos que favorecen el proceso enológico.

A primera vista, las bodegas del Marco de Jerez destacan como estructuras arquitectónicamente imponentes, cuyas dimensiones y belleza estética capturan la atención inmediata. Sin embargo, un análisis más profundo revela que estas edificaciones no solo exhiben elegancia visual, sino que están diseñadas con una funcionalidad excepcional en sintonía con las exigencias del proceso de crianza de los vinos de Jerez.


Cada detalle arquitectónico, desde la orientación del edificio hasta las características específicas de las fachadas y cubiertas, cumple una función reguladora fundamental. Estas estructuras actúan como filtros que gestionan la interacción entre los elementos climáticos externos y el interior, logrando así estabilizar las condiciones necesarias para el desarrollo óptimo del vino. Las oscilaciones térmicas internas se minimizan gracias a la alta inercia térmica de los muros, que moderan los cambios de temperatura, mientras que su permeabilidad permite mantener un flujo adecuado de humedad. De esta forma, se asegura una constancia higrotérmica entre el día y la noche.

La elección estratégica de las ubicaciones para erigir las bodegas también refleja una comprensión profunda de la climatología local. Estas suelen situarse en áreas que facilitan el acceso a suaves corrientes de aire provenientes del sur y del oeste, trazadas desde el Atlántico. Estas brisas nocturnas con alto contenido de humedad son particularmente críticas para el desarrollo del velo de flor, un elemento esencial en la elaboración de los vinos.


Desde un punto de vista geométrico, las bodegas presentan plantas predominantemente rectangulares orientadas en dirección noroeste-sureste. Esta disposición asegura una máxima captación de la humedad del océano al tiempo que protege el interior del impacto directo de los vientos desfavorables del noreste y del Levante. Además, dicha orientación minimiza la exposición a la insolación directa sobre las fachadas, contribuyendo así al control térmico.

En cuanto al diseño vertical, estas bodegas son notoriamente altas, algunas llegando a los 15 metros en su punto máximo. Este espacio interior contribuye al desarrollo del oxígeno adecuado para la levadura de flor dentro de las botas; a su vez, genera un gran volumen de aire que actúa como una cámara natural de aislamiento térmico e higrométrico. La altura también facilita un sistema de ventilación pasiva basado en diferencias térmicas, cuando no soplan los vientos atlánticos, el aire cálido tiende a ascender hacia las zonas superiores, permitiendo su extracción mediante aberturas estratégicamente situadas en los muros este y oeste. Esto genera corrientes verticales y horizontales que expulsan el aire caliente acumulado al exterior.

Exteriormente, las soluciones arquitectónicas también reflejan una integración sensible al medioambiente. Durante el verano, las fachadas sur son protegidas mediante pantallas vegetales o pérgolas ubicadas en calles adyacentes. Estas protecciones actúan como filtros solares, reduciendo la incidencia directa de la radiación mientras permiten el paso controlado de brisas frescas hacia el interior. En invierno, al desaparecer el follaje de estas barreras naturales, las fachadas revestidas con cal maximizan la absorción solar durante el día, almacenando calor que se transfiere paulatinamente hacia el interior durante la noche.


De esta manera, las bodegas del Marco de Jerez constituyen un ejemplo paradigmático de arquitectura bioclimática que no solo responde a las exigencias específicas del proceso vinícola tradicional, sino que también armoniza la funcionalidad técnica con un diseño estético notablemente sofisticado.

Las ventanas suelen ubicarse en la parte superior de los cerramientos verticales, específicamente en el tercio superior, y se caracterizan por ser pequeñas, de forma rectangular o cuadrada, dispuestas en patrones repetitivos y simétricos. Los arcos que soportan la cubierta están diseñados estratégicamente para permitir la entrada de brisa y favorecer la circulación del aire en sentido perpendicular al eje longitudinal de la nave. La elevada posición de las ventanas, junto con el uso de esteras de esparto, genera una iluminación diagonal, tenue y homogénea que se mantiene constante pese a la variación de la posición del sol respecto a las fachadas. Estas esteras, además de controlar y suavizar la luz, actúan como filtro para evitar la entrada de polvo o insectos no deseados en el interior de la bodega. La penumbra uniforme dentro del espacio no solo regula la temperatura, sino que también garantiza el ambiente tranquilo y estable necesario para el reposo adecuado de las botas.


Las paredes laterales de las bodegas cuentan con un grosor mínimo de 60 centímetros, suficiente para soportar la altura de las estructuras externas y proporcionar un excelente aislamiento térmico. Están construidas con materiales altamente higroscópicos, lo que contribuye a mantener elevados niveles de humedad en el entorno. Por otro lado, el pavimento está recubierto con albero, un material poroso que se riega dependiendo de la estación del año. Este procedimiento permite regular tanto la temperatura como la humedad, ya que el albero, tras saturarse con agua, libera esta gradualmente, potenciando la refrigeración del ambiente.

En resumen, este sistema constructivo combina una serie de técnicas diseñadas específicamente para garantizar que el vino madure en condiciones óptimas, proporcionando un entorno ideal para el desarrollo de su crianza.


Embotellado la Etapa Final.

Tras realizar la extracción de las botas de la solera, el vino se encuentra en su punto óptimo para ser embotellado o, en ciertos casos, para ser sometido a un proceso de mezcla con otros vinos, conocido como cabeceo. Esta práctica tiene como objetivo definir y obtener distintas tipologías de los emblemáticos vinos de Jerez. En estas situaciones, es habitual que la mezcla obtenida retorne a barricas de madera durante un período adicional, permitiendo así un ensamblaje completo y definitivo.

Para aquellos vinos destinados a ser embotellados directamente, se lleva a cabo primero un proceso de clarificación. Este procedimiento suele implicar el uso de bentonita, clara de huevo o gelatinas, sustancias que facilitan la decantación al arrastrar las partículas sólidas suspendidas en el líquido. A continuación, el vino pasa por un filtrado que, en la mayoría de los casos, se complementa con un tratamiento de frío. Este tratamiento busca inducir la formación de cristales de bitartrato, evitando que estos se desarrollen una vez el vino se encuentra embotellado y expuesto a cambios bruscos de temperatura. Según el grado alcohólico del vino, se somete a temperaturas controladas que oscilan entre los -7 °C y los -11 °C durante varios días.


Concluido este proceso, los cristales formados y precipitados son retirados, y el vino vuelve a ser filtrado. De esta manera, el líquido logra una claridad y brillo perfectos antes del embotellado final.

Para garantizar la conservación óptima de sus características organolépticas durante el mayor tiempo posible y prevenir la oxidación causada por la presencia de aire en el interior de las botellas, muchas bodegas emplean técnicas avanzadas de embotellado con gas inerte. Este procedimiento consiste en introducir una pequeña cantidad de nitrógeno dentro de las botellas tras su llenado y justo antes de colocar el tapón. Dado que el nitrógeno es un gas completamente inerte y más denso que el aire, desplaza cualquier presencia de oxígeno, creando un ambiente completamente aislado. Así, el vino queda perfectamente acondicionado para su viaje final hacia el consumidor.


Embotellado en Rama.

El embotellado de vinos de Jerez bajo la denominación "en rama" se ha vuelto cada vez más común en el mercado, aunque aún carece de una definición normativa estricta. En su acepción literal, un vino "en rama" sería aquel consumido o embotellado directamente desde la bota.

Sin embargo, en la práctica, esto es imposible de realizar de manera literal, ya que como mínimo el vino debe pasar por un proceso de filtrado antes de ser embotellado. Este filtrado puede realizarse con un colador que retenga los elementos sólidos más evidentes contenidos en la bota o, en el caso de finos y manzanillas, con filtros que impidan el paso de las levaduras.

El propósito del concepto "en rama" es capturar en la botella la experiencia más fiel posible del vino tal y como se encuentra en la solera. Es decir, recrear lo que se percibiría si se degustara directamente desde la bota mediante venencia, conservando la esencia y el carácter original del vino.

El color y la claridad del vino "en rama" variarán en función de su estilo y tiempo de crianza. Estos vinos pueden presentar tonalidades más intensas y menos limpidez en copa, lo que resulta especialmente notorio si se ha realizado un enfriamiento previo a su consumo:

  • Esta característica es más relevante en los vinos sometidos a crianza biológica, ya que la presencia de la flor introduce un reto adicional para su clarificación.
  • En cambio, en los vinos de crianza oxidativa con largos periodos de envejecimiento, estas diferencias podrían no ser tan perceptibles debido a su natural decantación prolongada.

Los vinos "en rama" que no han sido estabilizados están sujetos a una evolución más rápida dentro de la botella. Similar a lo que ocurre con otros vinos de guarda, desarrollarán nuevos matices y una mayor complejidad con el tiempo. La calidad y la duración de esta evolución dependerán esencialmente de las propiedades originales del vino embotellado.

CONSULTAR

CATAME. WINES AND THE CITY. MERITXELL FALGUERAS.

"La manera que describo a las personas es como el bouquet de una copa, porque no te puedes quedar con lo que parece a primera vista, tienes que ir a la esencia de la degustación". (Meritxell Falgueras).

Meritxell Falgueras nos invita a descubrir que el buen vino, con sus infinitos matices, es un reflejo de la vida misma, llena de luces y sombras. Un libro que revive la esencia del universo de Sexo en Nueva York. La Cataluña de la vanguardia gastronómica en el año 2010 sirve como telón de fondo para que la reconocida sumiller internacional, Meritxell Falgueras, nos lleve en un fascinante viaje sensorial. En esta aventura, donde ella es protagonista, se rodea de un grupo de personajes únicos, todos apasionados por la alta cocina y las emociones más profundas. Con un estilo fresco, glamuroso y vibrante, además de una exquisita variedad de referencias al mundo del vino, Meritxell Falgueras se presenta como una fuerza imparable, dispuesta a conquistar el mundo y maridarlo con las mejores etiquetas.


Hay libros que no se leen como se cata un vino, sino como se comparte una conversación en una barra, con la ciudad latiendo alrededor. *Cátame. Wines and the City* pertenece a esa categoría, más que un manual, es una crónica emocional donde el vino deja de ser objeto para convertirse en lenguaje.

La voz que recorre sus páginas no pretende enseñar desde la autoridad técnica, sino desde la experiencia vivida. Es la mirada de alguien que se forma en el mundo del vino al mismo tiempo que aprende a moverse por la vida, por la noche, por las relaciones y por una ciudad, Barcelona, que aparece casi como un personaje más. No hay solemnidad, sino ritmo; no hay tratados, sino escenas.

El relato avanza como una sucesión de momentos, copas que se cruzan, encuentros que empiezan con entusiasmo y terminan con resaca emocional, aprendizajes que no siempre vienen de los libros sino de los errores. En ese recorrido, el vino funciona como hilo conductor, pero también como espejo. Cada botella, cada aroma, cada sorbo parece reflejar un estado de ánimo, una etapa, una decisión.

Lo interesante no está en lo que se explica del vino, que es más bien sugerido que analizado, sino en cómo se integra en la vida cotidiana. El vino aparece despojado de su aura elitista, cercano, urbano, incluso generacional. No es el vino de la liturgia clásica, sino el de la experiencia contemporánea, el que acompaña una cita, una ruptura, un descubrimiento profesional o una noche que se alarga más de lo previsto.

Hay también una dimensión de aprendizaje, pero no en el sentido académico. Es una formación que se construye entre bares, restaurantes, errores y aciertos, donde el conocimiento técnico se mezcla con la intuición y con una cierta construcción de identidad. La protagonista no solo aprende a catar; aprende a situarse en un mundo que combina glamour, exigencia y cierta fragilidad emocional.

Maritxell Falgueras

El tono es ligero, ágil, cercano. Se lee con facilidad porque no pretende imponerse, sino acompañar. Y sin embargo, bajo esa apariencia desenfadada, hay algo más profundo, una forma de entender el vino como cultura viva, como parte de un entramado social y emocional que va mucho más allá de la copa.

Como crónica, el libro captura un momento muy concreto, una generación que se acerca al vino desde otros códigos, alejados del academicismo, más vinculados a la experiencia, al relato personal y a la ciudad. En ese sentido, funciona casi como un documento de época, una fotografía de cómo el vino empieza a dialogar con nuevas formas de vida y de expresión.

Al final, lo que queda no es una lección de cata, sino una sensación. La de haber recorrido una ciudad a través de sus vinos y de sus historias. La de entender que, a veces, el vino no se explica, se vive.

LOS VINOS DE JEREZ III. ELABORACION, DE LA UVA AL VINO.

"Llenaronse de regocijo los pechos, porque se llenaron las tazas de generosos vinos: que, cuando se trasiegan por la mar de un cabo a otro, se mejoran de manera, que no hay nectar que se les iguale". (Miguel de Cervantes).

En los vinos del Marco de Jerez, la fortificación, tradicionalmente denominada "encabezado", constituye el punto de inflexión entre el vino base y su destino en crianza. Tras la fermentación, los mostos son evaluados y clasificados, y es en ese momento cuando la adición controlada de alcohol vínico no solo eleva el grado alcohólico, sino que define el rumbo del vino, favorecer el desarrollo del velo de flor o conducirlo hacia una evolución oxidativa. Este gesto técnico, aparentemente simple, articula todo el sistema posterior, desde las sobretablas hasta la segunda clasificación, y determina la identidad final de cada estilo de Jerez.


Clasificación de los Mostos.

A finales de diciembre, los vinos nuevos, comúnmente aún llamados "mostos", han pasado por el proceso de "deslío". Este consiste en separar el vino de los sedimentos sólidos generados durante la fermentación, dejándolos listos para su primera clasificación. Diversos factores determinan las características de estos mostos, como las condiciones específicas de la vendimia, el origen de las uvas, la presión aplicada al extraer el jugo y el desarrollo de la fermentación. Esto da lugar a lotes de vino base con propiedades organolépticas y analíticas variables.


En esta fase, los catadores se encargan de evaluar cada lote de vino nuevo, dividiéndolos en dos grandes grupos:

Por un lado, los mostos con una tonalidad especialmente clara y una delicadeza destacada, generalmente procedentes de extracciones sin presión o con presiones muy suaves, son seleccionados para su crianza como finos o manzanillas. Estos depósitos se identifican con una marca en forma de raya vertical inclinada conocida como "palo".

Por otro lado, los mostos con mayor cuerpo y estructura se destinan directamente a la elaboración de vinos olorosos, y los depósitos se señalan con un círculo.

Las decisiones de clasificación de los catadores suelen complementarse con análisis de laboratorio. Sin embargo, el juicio final recae en la experiencia y sensibilidad olfativa de los expertos. Con su destreza, estos determinan el destino más adecuado para cada lote de vino, basándose en las propiedades únicas que cada uno posee.

El encabezado o fortificación. 

Es una de las prácticas distintivas que define al vino de Jerez, conocido por ser un vino fortificado. En el ámbito bodeguero de Jerez, este proceso se denomina "encabezado". Básicamente, consiste en la adición de una cantidad controlada de alcohol vínico al vino base con el objetivo de incrementar ligeramente su graduación alcohólica final.

El origen de esta técnica se remonta a siglos atrás, cuando era necesario estabilizar los vinos destinados a mercados lejanos. Debido a las largas travesías, se requería protegerlos para garantizar su conservación y calidad hasta llegar a su destino. En la actualidad, aunque las necesidades logísticas han evolucionado enormemente, el encabezado se mantiene como una práctica tradicional con fines enológicos específicos.

El proceso comienza una vez que los vinos son clasificados. La alcoholización se realiza de forma gradual mediante el método conocido como "mitad y mitad", en el que se mezcla el vino con alcohol vínico hasta alcanzar la graduación deseada. Tras la fermentación natural, el vino base suele tener una graduación alcohólica de entre 11º y 12,5º.

Los vinos destinados a la crianza como finos y manzanillas son encabezados hasta llegar a una graduación alcohólica total de 15º. Por otro lado, aquellos seleccionados para convertirse en vinos olorosos se fortifican hasta alcanzar, como mínimo, los 17º de contenido alcohólico. De este modo, el encabezado se mantiene como un pilar esencial en la elaboración y personalidad única de los vinos de Jerez.

La fortificación es una herramienta clave que permite al bodeguero influir en el tipo de envejecimiento que experimentará el vino. Según el nivel alcohólico que alcance tras este proceso, el vino seguirá uno de los dos métodos principales de crianza característicos del vino de Jerez.

Cuando el vino se fortifica alcanzando los 15º de alcohol, se establece un equilibrio que favorece la supervivencia de las levaduras encargadas de formar el velo de flor, a la vez que inhibe el desarrollo de otros microorganismos indeseables. Este control biológico selecciona exclusivamente la actividad de estas levaduras, que forman una capa protectora en la superficie del vino. Este velo no solo previene la oxidación, sino que también promueve una serie de transformaciones químicas que dan lugar al proceso conocido como Crianza Biológica.

Por otro lado, si el vino se fortifica hasta superar los 17º, la elevada concentración alcohólica dificulta cualquier actividad biológica, incluyendo la de las resistentes levaduras del velo de flor. Al desaparecer esta capa protectora, el vino queda expuesto al contacto directo con el oxígeno, iniciando un lento proceso de oxidación. Este fenómeno se manifiesta mediante un progresivo oscurecimiento del color y se enmarca dentro de lo que se conoce como Crianza Oxidativa o físico-química.


Cada uno de estos métodos de crianza genera perfiles organolépticos únicos, lo que contribuye significativamente a la extraordinaria diversidad y riqueza de los vinos de Jerez.

Las Sobretablas y la Segunda Clasificación.

Una vez completado el encabezado, los vinos jóvenes ya están preparados para dejar atrás los depósitos y continuar su proceso dentro de las botas de madera, que serán su único refugio hasta el momento de su embotellado final.

En el caso de los vinos destinados a la crianza oxidativa, conocidos como futuros olorosos, su carácter se muestra evidente desde el primer momento. Sin embargo, lo mismo no ocurre con los vinos clasificados para la crianza bajo el velo de flor, cuyo desarrollo resulta menos predecible.

Los vinos olorosos ya reflejan una estructura y unos matices organolépticos bien definidos tras la primera evaluación realizada por los catadores. Una vez encabezados a la graduación alcohólica definitiva, están listos para integrarse en los sistemas de envejecimiento. Frecuentemente, estos vinos de una misma añada se almacenan juntos, en lo que se denomina "añada", para proceder a los sucesivos trasiegos dentro del sistema de criaderas y soleras.

Por su parte, el período conocido como "sobretablas" es fundamental para los vinos encabezados a 15º, aquellos en los que se busca conservar y fomentar la formación del velo de flor. Es en esta etapa intermedia entre la primera clasificación y su entrada definitiva en crianza cuando el vino empieza a mostrar con mayor claridad su verdadera vocación. Consideremos que la primera clasificación se realiza cuando los vinos apenas tienen semanas de vida, de modo que esta fase permite que sus características comiencen a consolidarse. En un período de entre seis meses y un año, los catadores revisan cada bota de manera minuciosa durante la segunda clasificación, tarea mucho más detallada que la primera, pues ahora se evalúan las botas individuales de 500 litros en lugar de grandes depósitos de hasta 50.000 litros.

La segunda clasificación presenta un abanico más amplio de posibilidades. Las botas donde el velo de flor continúa siendo fuerte y activo tras varios meses reciben las conocidas marcas de "palmas". Estas indican que el vino mantiene su vocación hacia la crianza biológica, conservando su palidez inicial e intensificando las características notas punzantes asociadas al velo de flor.

En ocasiones, ciertas botas con un velo aún presente, pero con atributos muy singulares, se identifican con el marcado distintivo de un "palo cortado". Con este criterio, el capataz indica que aunque el vino posee características de crianza biológica como finura y elegancia, se decidirá en función del propio desarrollo reconducirlo hacia una crianza oxidativa. Estos vinos excepcionales son seleccionados con base en directrices específicas propias de cada bodega. Posteriormente, se les encabeza a más de 17º para dar paso al envejecimiento definitivo.

En otros casos, puede ocurrir que ciertos vinos clasificados inicialmente para crianza bajo velo de flor no evolucionen como se esperaba. Si el velo se debilita o desaparece significativamente durante el período de sobretablas, será necesario ajustar su destino adaptándolo a su verdadera naturaleza mediante un encabezado a más de 17º y dirigiéndolos hacia una crianza oxidativa que dé lugar a un perfil de vino oloroso.


Finalmente, en esta etapa también se identifican aquellos vinos que no cumplen con las características requeridas para formar parte de los diversos estilos del vino de Jerez. Aquellos con acidez volátil elevada suelen destinarse a refrescar las criaderas del Vinagre de Jerez u otros usos secundarios según corresponda.

Concluida esta exhaustiva etapa de segunda clasificación, los vinos están finalmente listos para alimentar los sistemas de criaderas y soleras, iniciando así su definitiva maduración en el camino hacia lo que serán sus características únicas como parte del patrimonio enológico del Jerez.

Diversidad de estilos.

La diversidad es indiscutiblemente uno de los rasgos más característicos de la identidad del Jerez. Finos, olorosos, moscateles... una variedad de vinos que despliega una paleta cromática aparentemente infinita, al igual que la extraordinaria riqueza de aromas, sabores y texturas que conforman el vasto universo de estas Denominaciones de Origen. Los vinos de Jerez abarcan un espectro sorprendente, desde los tonos más pálidos hasta los más oscuros, y desde los sabores más secos hasta los más dulces.


Todo ello se logra a partir de únicamente tres tipos de uva, todas blancas, y mediante un proceso de elaboración completamente único. Esta genuina singularidad se erige como resultado de una tradición vinícola milenaria, que ha situado la enología de Jerez entre las más avanzadas del mundo. Aunque la calidad de la materia prima, la uva, y su origen son elementos cruciales, el proceso de elaboración incluye una serie de decisiones estratégicas tomadas por el bodeguero. Este es quien guía cuidadosamente el desarrollo del vino, dando vida a las distintas "familias" de vinos de Jerez. Dentro de cada familia, diversos tipos se distinguen por sus colores, aromas, sabores y complejidades estructurales.

El Proceso de Vinificación.

La elaboración de los reconocidos vinos de Jerez sigue un proceso técnico y especializado, en el cual la mayoría de las uvas empleadas se someten a una vinificación orientada hacia la fermentación completa de los mostos obtenidos tras el prensado de uvas frescas. Este procedimiento tiene como objetivo producir vinos completamente secos, lo que significa que contienen cantidades mínimas y prácticamente insignificantes de azúcares residuales no transformados en alcohol. Por lo general, los viñedos emplean la variedad de uva Palomino, que, tras su cosecha, es transportada con celeridad a los lagares. Allí se lleva a cabo un prensado suave para extraer un mosto limpio, claro y ligero. La fermentación total de dicho mosto da como resultado el denominado "vino base", un vino blanco totalmente seco que constituye la base para la producción de todos los vinos generosos de Jerez y la Manzanilla. 

En contraste, la vinificación de las variedades Pedro Ximénez y Moscatel presenta características específicas que responden a un objetivo enológico distinto, obtener vinos con el mayor contenido azucarado posible. Estas variedades son seleccionadas debido a su capacidad para alcanzar un nivel de madurez superior al de la Palomino, característica esencial para las particularidades del proceso. Como parte del método, estas uvas suelen ser sometidas al "soleo", una técnica que consiste en exponer los racimos al sol durante varios días. Este proceso promueve la evaporación del agua contenida en las bayas y fomenta su pasificación progresiva, logrando así una mayor concentración de azúcares naturales.

El mosto obtenido del prensado de estas uvas pasificadas inicia su proceso fermentativo de manera notablemente lenta debido a la alta densidad azucarada presente. Para preservar esta riqueza de azúcares naturales, el bodeguero detiene deliberadamente la fermentación mediante la adición de alcohol vínico, lo que permite que solo una fracción del azúcar sea transformada en alcohol, dejando intacto un porcentaje considerable del contenido original. 

Los vinos resultantes de este proceso son empleados, con frecuencia, en operaciones de "cabeceo" o mezcla con los vinos secos producidos a partir de fermentación completa. Este ensamblaje posibilita la creación de vinos con diferentes grados de dulzor final. En síntesis, la metodología empleada, ya sea una fermentación total o parcial, resulta determinante para la obtención de vinos completamente secos, los denominados vinos generosos o excepcionalmente dulces, clasificados como vinos dulces naturales. 


Asimismo, la combinación de estos dos tipos principales da lugar a una categoría intermedia conocida como "vinos generosos de licor", caracterizada por presentar distintos niveles de dulzor según el equilibrio entre sus componentes.

Las Modalidades de Crianza del Vino.  

Un elemento clave para diferenciar los vinos es el tipo de crianza al que han sido sometidos durante su evolución en las botas de madera. Los vinos que experimentan exclusivamente crianza biológica, resguardados del contacto directo con el oxígeno gracias al velo natural de flor, preservan su tonalidad pálida inicial, una estructura ligera y etérea, así como notas aromáticas y gustativas distintivas. Estas características son el resultado emblemático de la interacción con las levaduras que constituyen el velo de flor.  


En cambio, los vinos sometidos a crianza oxidativa, también conocida como crianza físico-química, permanecen en contacto directo con el oxígeno atmosférico, lo que provoca un cambio gradual hacia tonalidades más oscuras. Este proceso también favorece la incorporación de aromas profundos y complejos, además de sabores intensos y persistentes que perduran en el paladar, fortalecidos por una estructura progresivamente más robusta. La decisión enológica de ajustar el grado alcohólico del vino hasta aproximadamente 15,5 % o elevarlo por encima del 17 % desempeña un papel crucial en la permanencia o desaparición del velo de flor. Esto, a su vez, define el tipo de envejecimiento y las características organolépticas que el vino desarrollará con los años.   

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