PLINIO EL VIEJO. "IN VINO VIRITAS".

"De todas las cosas conocidas por los mortales, el vino es la más poderosa y eficaz para excitar e inflamar las pasiones de la humanidad, siendo combustible común para todas ellas". (Plinio el Viejo). 

Cayo Plinio Segundo, conocido como Plinio el Viejo, no fue solo un administrador romano y un militar de carrera; fue, ante todo, el autor de la enciclopedia más ambiciosa de la Antigüeda, la "Naturalis Historia". En esta obra monumental, Plinio dedicó un espacio sin precedentes al mundo de la vitivinicultura, especialmente en el Libro XIV, que se erige como el primer gran tratado técnico y antropológico sobre el vino en el Mediterráneo. Para Plinio, el vino no era un simple producto agrícola, sino un elemento civilizador que definía la identidad de Roma y su dominio sobre el mundo conocido.


Plinio el viejo redactando "Naturalis Historia"

Desde una perspectiva antropológica y etnográfica, Plinio analiza el vino como un indicador de estatus y moralidad. En sus escritos, describe con minuciosidad la evolución del consumo en Roma, desde los tiempos de la sobriedad republicana hasta la sofisticación, y a veces el exceso de la era imperial. Documenta tradiciones que hoy nos resultan fascinantes, como la prohibición del vino a las mujeres en los primeros siglos de Roma o el uso del vino en rituales religiosos como la "libatio". Para él, la diversidad de vinos reflejaba la diversidad del Imperio; clasifica los vinos no solo por su sabor, sino por su origen geográfico, destacando los prestigiosos vinos de la Campania, como el Falerno, el Cecubo o el Albano, que representaban el pináculo del refinamiento sensorial de la época.

En el aspecto técnico, Plinio actúa como un observador empírico. Sus escritos detallan procesos que, sorprendentemente, mantienen ecos en la enología moderna:

  • Variedades de uva: Clasificó más de 80 variedades principales, describiendo su adaptación a diferentes suelos y climas, lo que hoy llamaríamos el concepto de "terroir".

  • Viticultura: Explica técnicas de poda, el uso de rodrigones (soportes) y la influencia de la exposición solar en la maduración del fruto.

  • Vinificación y conservación: Describe el uso de resinas, el envejecimiento en ánforas selladas con yeso o brea, y la importancia del ahumado en las "apothecae" para acelerar la maduración, una técnica común en la Roma del siglo I.


La obra de Plinio trasciende lo técnico para entrar en lo simbólico y artístico. Vincula la vid con la mitología de Baco, pero también con la salud y la medicina, dedicando gran parte del Libro XXIV a las propiedades curativas de la uva y el vino. Su famosa frase "In vino veritas" (en el vino está la verdad) resume su visión sobre cómo el consumo de esta bebida desnudaba el alma humana, un concepto que ha permeado la literatura y la filosofía occidental durante dos milenios. Su mirada es también económica, pues analiza el comercio de vino como el motor de la expansión agrícola romana y la integración de las provincias, especialmente en Hispania y la Galia, cuyas producciones empezaban a competir con las itálicas.

El legado escrito de Plinio sobre el vino sobrevive íntegramente a través de la Naturalis Historia. Aunque escribió muchas otras obras (sobre historia militar o gramática), es esta enciclopedia de 37 libros la que ha servido de base para todo el conocimiento vitivinícola posterior. Los capítulos clave son:

  •  Libro XIV: Dedicado íntegramente a los árboles frutales y, de manera         extensa,  a la vid y el vino. Es la "Biblia" de la enología antigua.

  •  Libro XVII: Trata sobre las técnicas de cultivo y el cuidado de los campos.

  • Libros XXIII y XXIV: Se centran en la farmacopea botánica, donde el vino es el vehículo principal para numerosos remedios.

Plinio el Viejo falleció durante la erupción del Vesubio en el año 79 d.C., precisamente en la zona de la Campania que tanto elogió por sus viñedos. Su muerte, intentando rescatar amigos y observar el fenómeno natural, cerró la vida de un hombre que nos dejó el inventario más completo de cómo el mundo antiguo entendía, cultivaba y celebraba el fruto de la vid. Su obra no es solo un documento histórico; es el acta de nacimiento de la cultura del vino tal como la entendemos hoy en el arco mediterráneo.

LOS TRES MOSQUETEROS Y EL VINO DE ANJOU.

"El vino se parece al hombre: nunca se sabe hasta qué punto se le puede apreciar o despreciar, amar u odiar; ni cuántos actos sublimes o crímenes monstruosos es capaz de realizar. No seamos, entonces, más crueles con él que con nosotros mismos y tratémosle como a un igual". (Alejandro Dumas).

"El vino de Anjou" en este capítulo de Los tres mosqueteros de Alejandro Dumas  no es solo un pasaje de acción; es un testimonio literario de cómo el vino ha sido utilizado históricamente como símbolo de estatus, herramienta de diplomacia y, en este caso particular, un arma de traición. El Capítulo XLII de la obra maestra de Dumas sitúa la acción en el asedio de La Rochelle (1627-1628), un marco histórico y geográfico real donde se decidía el destino de Francia. En este contexto de guerra y privaciones, el vino actúa como el motor narrativo de una intriga mortal orquestada por Milady de Winter.


Uno para todos, todos para uno

Cuando Alexandre Dumas hace entrar en escena el vino de Anjou no está recurriendo a un mero elemento pintoresco ni a un simple lubricante narrativo. En la Francia del siglo XVII, el vino no es aún un producto estandarizado ni una mercancía neutra, es un marcador social, un signo territorial y, sobre todo, un vehículo de poder blando. Anjou, región situada en el valle medio del Loira, produce ya entonces vinos blancos apreciados por su finura, su ligereza engañosa y su capacidad para agradar sin imponerse. No son vinos rústicos ni excesivamente alcohólicos, sino vinos de conversación, aptos para la mesa cortesana y para la intriga discreta.

En tiempos de Luis XIII y Richelieu, el vino cumple una función ambigua, es alimento cotidiano y a la vez instrumento de sociabilidad política. Compartir una botella implica suspender; aunque sea provisionalmente, la vigilancia, rebajar defensas, crear una ilusión de intimidad. Dumas conoce bien este código cultural y lo explota con precisión. El vino de Anjou que aparece en este capítulo no es un vino heroico ni épico; no acompaña a la batalla, sino a la espera, al cansancio, a la confianza mal depositada. Su papel es el de catalizador narrativo, acelera la caída del adversario sin necesidad de espada.


Viñedos de la región vinícola de Anjou-Saumur

Desde el punto de vista de la verosimilitud histórica, la elección es impecable. Anjou abastece a París y a la nobleza provincial; sus vinos circulan por tabernas respetables y mesas privadas. Son suficientemente reputados como para ser ofrecidos con orgullo, pero no tan prestigiosos como para despertar sospecha. En términos simbólicos, representan una Francia interior, fértil y civilizada, frente a la violencia directa del mundo militar. Que un mosquetero sucumba al vino de Anjou es casi una ironía, no cae por la fuerza del enemigo, sino por la suavidad de la hospitalidad.

Dumas introduce además una lectura moral implícita, el vino revela el carácter. Para quien sabe beber, es aliado; para quien baja la guardia, es trampa. No hay aquí condena del vino en sí, algo impensable en la cultura francesa, sino del exceso y de la falta de prudencia. El vino actúa como juez silencioso, desenmascarando debilidades humanas que la espada no alcanza.

Así, antes de que el capítulo despliegue su acción, el lector ya está advertido, aunque no lo sepa, el vino de Anjou no será un simple acompañante, sino un actor. Un líquido amable que, en manos astutas, se convierte en arma invisible. Con esta clave, el episodio adquiere una profundidad que va más allá del relato de aventuras y se inscribe en una antropología del beber, donde cada sorbo tiene consecuencias.


El asedio de La Rochelle, ese escenario de pólvora y política donde se fraguaba la hegemonía de la Francia de Luis XIII, sirve a Alejandro Dumas no solo para desplegar la pericia militar de sus héroes, sino para introducir uno de los elementos simbólicos más potentes de la cultura francesa, el vino como vehículo de fraternidad y, paradójicamente, como instrumento de muerte. En el capítulo XLII de Los tres mosqueteros, el vino de Anjou se convierte en el protagonista absoluto de una intriga que trasciende lo puramente narrativo para adentrarse en la antropología de la confianza.

La elección de esta región vitivinícola por parte de Dumas no es baladí, pues en el siglo XVII los caldos del valle del Loira, y particularmente los de Anjou, representaban la elegancia cortesana, siendo los favoritos de una aristocracia que apreciaba su ligereza y su prestigio geográfico. Cuando d'Artagnan recibe en el campamento aquellas doce botellas, supuestamente enviadas por sus inseparables Athos, Porthos y Aramis, no sospecha que el líquido que brilla tras el vidrio es en realidad un caballo de Troya líquido, una emboscada química orquestada por la gélida Milady de Winter.


Richelieu en el asedio de La Rochelle. Henri-Paul Motte

Este episodio subraya la vulnerabilidad del hombre de armas frente al veneno, una práctica que en la época se consideraba la antítesis del honor caballeresco. El vino, que en la cosmovisión mediterránea y europea es el eje de la hospitalidad y la celebración de los vínculos sociales, es aquí profanado para convertirse en ponzoña. La tragedia, que solo se evita por una serie de fortuitas demoras y el fatal destino de un soldado que prueba el envío antes de tiempo, nos habla de una época en la que la seguridad alimentaria dependía exclusivamente de la lealtad de la cadena de suministro.

Desde una perspectiva etnográfica, el capítulo nos traslada a la logística de los ejércitos del Antiguo Régimen, donde el abastecimiento de vino era tan crucial como el de la pólvora, y donde un regalo de este calibre era el máximo signo de reconocimiento entre iguales. Al analizar este pasaje, no solo estamos ante un recurso literario de suspense, sino ante un testimonio de cómo la cultura del vino ha permeado la identidad europea, definiendo incluso las formas en que el crimen y la traición se infiltraban en la cotidianidad de las élites militares.


Decapitación de Milady de Winter. Los tres mosqueteros

A continuación reproducimos el texto íntegro en español del Capítulo XLII, El vino de Anjou, respetando la traducción clásica que captura la esencia de la época. Este capítulo es una pieza maestra de la narrativa de Dumas, donde la tensión se cocina a fuego lento entre brindis y sospechas.

LOS TRES MOSQUETEROS. CAPITULO XLII: EL VINO DE ANJOU.

Después de las noticias de los mosqueteros, el cardenal esperaba noticias de La Rochelle; pero las noticias de La Rochelle no llegaban sino para decirle qué difícil, qué monótono y qué penoso era aquel sitio. Porque, hay que decirlo, la ciudad, después de la salida del duque de Buckingham, aunque seguía estrechamente bloqueada, no se rendía.

D’Artagnan, que desde hacía tiempo no tenía noticias de sus amigos, estaba muy inquieto. Un día recibió por fin una carta que le anunciaba que los tres estaban bien, pero que el servicio del Rey los retenía en un punto muy alejado del campamento. Aquella carta iba acompañada de un regalo: una cesta de doce botellas de vino de Anjou.

Asedio de La Rochelle

D’Artagnan leyó la carta con alegría y miró el vino con placer. Sus amigos no lo olvidaban. Llamó a Planchet, su criado, y le ordenó que pusiera el vino a refrescar. Al mismo tiempo, invitó a dos guardias de su compañía para que compartieran con él aquel envío generoso.

Llegó la hora de la comida. D’Artagnan y sus invitados se sentaron a la mesa. De pronto, un soldado de los guardias se presentó en la puerta.

—¿Es aquí donde vive el señor d'Artagnan? —preguntó. —Sí, amigo mío —respondió el joven—. ¿Qué deseáis? —Traigo una carta para usted. —¿De parte de quién? —De parte de un hostelero de la ciudad que ha recibido este encargo.

D’Artagnan tomó la carta y leyó:

"Querido d'Artagnan: Estamos en una misión secreta y no podemos ir a verte. Bebe a nuestra salud este vino de Anjou que te enviamos; es del mejor que hemos podido encontrar. Tus amigos: Athos, Porthos y Aramis".

—¡Es extraño! —murmuró d'Artagnan—. He recibido ya una carta y el vino, y ahora recibo esta segunda carta.

D’Artagnan llamó a Planchet y le preguntó quién había traído la cesta de vino. Planchet respondió que habían sido dos hombres vestidos con la librea del señor de Tréville.

—En ese caso —dijo d'Artagnan—, no hay duda. Probad ese vino, caballeros.


Pero en aquel momento, uno de los guardias, que tenía prisa, se sirvió un vaso y lo bebió de un trago. Apenas hubo terminado, cuando empezó a ponerse pálido, se llevó las manos al pecho y cayó al suelo entre convulsiones espantosas.

D’Artagnan y el otro invitado se lanzaron hacia él para socorrerlo. El desgraciado gritaba de dolor. Unos instantes después, expiraba en medio de atroces sufrimientos.

El pánico se apoderó de todos. Se llamó a un médico, pero ya no había nada que hacer. El hombre había muerto envenenado.

D’Artagnan se quedó helado. Comprendió de inmediato que Milady de Winter no lo había olvidado y que aquel regalo era una trampa mortal. Examinó las botellas. Todas estaban perfectamente selladas, pero el veneno había sido introducido con una habilidad diabólica.

Poco después, llegaron Athos, Porthos y Aramis en persona. Al ver a d'Artagnan pálido y el cadáver en el suelo, preguntaron qué había sucedido. D’Artagnan les mostró la carta y el vino.

—¡Nosotros no hemos enviado ningún vino! —exclamó Athos con indignación—. Y esta carta es una falsificación de nuestra letra.

Los tres amigos se miraron con horror. La lucha contra su invisible enemiga se volvía cada vez más peligrosa. Milady no retrocedía ante nada, ni siquiera ante el asesinato masivo, con tal de alcanzar a d'Artagnan.

—Amigos míos —dijo d'Artagnan—, hemos escapado de una buena. Pero este cadáver nos advierte, a partir de ahora, debemos estar más alerta que nunca. Nuestra enemiga está cerca y no descansa.


Aquel día, el vino de Anjou, que debía haber servido para celebrar la amistad, se convirtió en el mudo testigo de una de las más viles traiciones de la historia de los mosqueteros.

TOKAJ UNA DULCE HISTORIA.

"Doy al Tokay translúcido la copa de mi canto: cae, fuego del ámbar, luz de miel, camino de topacio, cae sin que termine tu cascada, cae en mi corazón, en mi palabra". (Pablo Neruda).

Hay vinos que se beben y se olvidan, y hay vinos que obligan a detenerse. El Tokaj pertenece a esta última categoría. No tanto por su dulzor legendario ni por su prestigio histórico, sino porque cada copa plantea una pregunta incómoda, ¿Qué queda de un vino cuando se le quita la prisa del presente? Tokaj no es un estilo ni una moda; es una forma de entender el vino como resultado de siglos de historia, de fronteras cambiantes y de una relación muy concreta con el tiempo.

Viñedos de Tokaj en la segunda mitad del siglo XVI

Hay vinos que explican un territorio y otros que explican una época. El Tokaj, sin embargo, explica algo más complejo, una civilización fronteriza, hecha de capas superpuestas, de lealtades cambiantes y de una cultura que aprendió a sobrevivir sin necesidad de imponerse. Situado en el noreste de la actual Hungría, Tokaj-Hegyalja ha sido históricamente un espacio de tránsito entre mundos distintos, el germánico, el eslavo, el magiar y, durante siglos, el otomano. Esa condición periférica, lejos de ser una desventaja, terminó convirtiéndose en su mayor fortaleza cultural.

El paisaje de Tokaj no impresiona por su espectacularidad. No hay grandes montañas ni pendientes extremas. Lo que hay es una geología silenciosa, fruto de antiguas erupciones volcánicas que dejaron suelos pobres, fragmentados y profundamente minerales. A ello se suma la presencia de los ríos Tisza y Bodrog, que moderan el clima y generan las nieblas otoñales decisivas para la aparición de la botrytis. Tokaj no es un territorio fácil; nunca lo fue. Y quizá por eso el vino que nace allí tampoco admite lecturas simples.


Región vinícola de Tokaj

La vid llegó pronto a estas tierras, probablemente en época romana tardía, pero es en la Edad Media cuando la viticultura empieza a adquirir peso económico y cultural. Tras las invasiones mongolas del siglo XIII, el Reino de Hungría impulsa una intensa repoblación. Colonos germánicos y valones se instalan en la región, aportando técnicas vitícolas más avanzadas que se integran con prácticas locales. No hay sustitución, sino acumulación. Tokaj se construye como se construyen las culturas duraderas, por sedimentación.

Durante siglos, los vinos de Tokaj fueron vinos blancos de perfil relativamente sencillo, destinados al consumo regional. Pero el clima imponía condiciones duras. Vendimias tardías, lluvias persistentes, heladas tempranas. Muchas cosechas se perdían o llegaban demasiado tarde. En ese contexto, los viticultores aprendieron a observar con atención. Descubrieron que algunas uvas, lejos de estropearse del todo, se transformaban. Se arrugaban, concentraban azúcares, desarrollaban aromas nuevos. No fue un descubrimiento científico, sino una aceptación cultural: la botrytis no se combate, se integra.


Viñedos en Tokaj

Ese gesto define al Tokaj más que cualquier otra cosa. El Tokaji Aszú no nace como una búsqueda deliberada del dulzor, sino como una respuesta inteligente a la incertidumbre. Es un vino que convierte el riesgo en valor, la espera en virtud y la pérdida potencial en identidad. En el siglo XVII, cuando la región vive sacudida por guerras constantes, conflictos religiosos y luchas dinásticas, el vino se convierte en un elemento de estabilidad. Algo que puede viajar, intercambiarse, regalarse. Algo que sobrevive cuando todo lo demás cambia.

El origen histórico del vino Tokaj se encuentra estrechamente vinculado a la figura de la condesa húngara Susana Lorántffy (1600–1660). Esposa de Jorge Rákóczi I, Príncipe de Transilvania, Susana administraba extensos territorios y viñedos bajo su propiedad. Este rol no solo la llevó a supervisar personalmente las labores agrícolas, sino también a transmitir sus conocimientos sobre el cultivo de la vid a numerosos siervos y religiosos, entre ellos Laczkó Máté. Fue durante un período marcado por los conflictos bélicos contra los turcos y los germánicos que una circunstancia fortuita condicionó la producción, la cosecha se retrasó hasta noviembre. Dicho aplazamiento resultó en un cambio significativo en las uvas, generando el sabor característicamente dulce que distingue al vino Tokaj.


Príncipe Jorge Rákóczi I y su esposa Susana Lorántffy.

La figura de László Máté Szepsi suele citarse como el primer gran codificador del método del Aszú, pero lo importante no es tanto el nombre como el momento histórico. Tokaj empieza a entender su vino como algo singular justo cuando Europa se desgarra. Frente a la violencia y la fragmentación, el Tokaj propone otra lógica, la de la lentitud, la selección minuciosa y el respeto al tiempo. No es casual que el Aszú requiera una vendimia manual, baya a baya. No es una técnica eficiente; es una técnica significativa.

La elaboración del Aszú organiza la vida social de la región. La recogida de las uvas botritizadas, el uso de los puttonyos, la maceración lenta, la crianza prolongada en barricas pequeñas… Todo responde a una misma idea: el vino no se fuerza, se acompaña. Las bodegas excavadas en la roca volcánica son la mejor expresión de esta filosofía. Cubiertas por un moho negro que no se elimina, sino que se protege, funcionan como espacios donde el vino se aparta del tiempo cotidiano. Son lugares de transformación y de memoria.


Vendimiador en Tokaj cargando un puttonyo

A partir del siglo XVII y, sobre todo, durante el XVIII, el Tokaji se convierte en vino de corte. Circula por Polonia, Rusia, Austria y Francia. Se ofrece como regalo diplomático, como gesto de alianza, como símbolo de refinamiento. No es un vino para cualquier ocasión. Se reserva para el final, para el cierre del banquete, para el momento en que la conversación se vuelve más lenta y más grave. El Tokaji no abre; clausura.

La célebre frase atribuida a Luis XIV "el vino de los reyes y el rey de los vinos" no hace más que confirmar una percepción ampliamente compartida. El Tokaj es un vino jerárquico, profundamente ligado al poder. En una Europa donde el azúcar es todavía un bien caro y cargado de significado, el dulzor del Tokaj no es exceso, sino distinción. Beberlo es participar de un orden social y cultural bien definido.


Luis XIV. Hyacinthe Rigaud

En 1737, Tokaj se convierte oficialmente en una de las primeras regiones vitícolas delimitadas del mundo. No se trata solo de proteger un origen, sino de fijar una memoria. La clasificación de viñedos en distintas categorías consagra la idea de que el territorio tiene historia y que esa historia se expresa en el vino. Tokaj deja de ser solo un lugar de producción para convertirse en un paisaje cultural consciente de sí mismo.

El siglo XIX trae prosperidad y tragedia a partes iguales. El mercado del Imperio austrohúngaro garantiza la difusión del Tokaj, pero la filoxera arrasa el viñedo y obliga a una reconstrucción dolorosa. Se replantan viñas, se pierden cepas antiguas, se rompe la continuidad de muchos saberes. Aun así, Tokaj resiste. No sin cambios, pero sin desaparecer.

El siglo XX es mucho más devastador. Las guerras mundiales, el Tratado de Trianon y la colectivización socialista desarticulan por completo el tejido social y cultural de la región. El vino se convierte en un producto estandarizado, orientado al volumen y no al relato. El Tokaj sigue existiendo, pero ya no explica el mundo, apenas logra sobrevivir en él.


Bodega subterránea en Tokaj

La recuperación tras la caída del bloque socialista es lenta y desigual. La llegada de capital extranjero, la restitución parcial de propiedades y el interés renovado del mercado internacional devuelven visibilidad a Tokaj, pero también plantean dilemas profundos. ¿Qué significa ser fiel a la historia? ¿Repetir formas o recuperar una actitud? En esa pregunta vive hoy el Tokaj contemporáneo.

La revalorización del Furmint seco, el trabajo por parcelas y la reinterpretación del Aszú desde parámetros menos industriales no son modas, sino intentos de volver a pensar el territorio. El reconocimiento como Patrimonio de la Humanidad no congela Tokaj; lo obliga a dialogar con su pasado desde el presente.

Tokaj sigue siendo, por encima de todo, un vino de tiempo largo. Un vino que exige atención y memoria. En una época obsesionada con la novedad, el Tokaji recuerda que hay vinos que no necesitan reinventarse porque nunca dejaron de pensarse.


Vinos del viñedo de Oremus en Tokaj de Vega Sicilia

Tokaj no es un vino para consumir deprisa ni para entender en una sola copa. Es un vino que pide contexto, historia y silencio. Quizá por eso sigue siendo incómodo, porque obliga a aceptar que el vino, cuando es verdaderamente grande, no habla solo de placer, sino de tiempo, de poder y de cultura. Y eso, hoy más que nunca, sigue siendo profundamente necesario.