LOS TRES MOSQUETEROS Y EL VINO DE ANJOU.
TOKAJ UNA DULCE HISTORIA.
"Doy al Tokay translúcido la copa de mi canto: cae, fuego del ámbar, luz de miel, camino de topacio, cae sin que termine tu cascada, cae en mi corazón, en mi palabra". (Pablo Neruda).
Hay vinos que se beben y se olvidan, y hay vinos que obligan a detenerse. El Tokaj pertenece a esta última categoría. No tanto por su dulzor legendario ni por su prestigio histórico, sino porque cada copa plantea una pregunta incómoda, ¿Qué queda de un vino cuando se le quita la prisa del presente? Tokaj no es un estilo ni una moda; es una forma de entender el vino como resultado de siglos de historia, de fronteras cambiantes y de una relación muy concreta con el tiempo.
Viñedos de Tokaj en la segunda mitad del siglo XVI
CERVANTES Y EL VINO.
"Como no estás experimentado en las cosas del mundo, todas las cosas que tienen algo de dificultad te parecen imposibles. Confía en el tiempo, que suele dar dulces salidas a muchas amargas dificultades". (Miguel de Cervantes).
Hablar de Cervantes es siempre caminar sobre terreno sagrado. Cada afirmación parece exigir cautela, cada interpretación pide respeto. Sin embargo, hay un hilo cotidiano, casi doméstico, que atraviesa su obra con una naturalidad reveladora: el vino. No como adorno costumbrista, sino como materia cultural, como alimento, medicina, símbolo moral y, sobre todo, como verdad.
Cervantes sabía de vinos. No en abstracto, sino en la forma concreta y terrenal en que se saben las cosas que forman parte de la vida. Sabía distinguir lo caro de lo ordinario, lo honesto de lo fraudulento, lo que conforta de lo que envilece. Ese conocimiento aparece diseminado en su obra con la misma naturalidad con la que el vino circulaba por la España del Siglo de Oro.
Ya en El Quijote encontramos esa primera diferenciación esencial:
Y, en contraste:
“Pidiéronle de lo caro; respondió que su señor no lo tenía; pero que si querían agua barata”. (Quijote, II, 71)
En una época en la que el vino era alimento, estímulo y consuelo, Cervantes lo incorpora como parte esencial de la experiencia humana. No es casual que recibiera como dote siete viñedos en Esquivias, ni que esos vinos aparezcan una y otra vez ennoblecidos en su literatura. Pero el vino cervantino no es solo placer, también es literatura en estado puro. Basta recordar la célebre escena de los odres, cuando la locura del caballero confunde vino con sangre:
“Que me maten —dijo a esta sazón el ventero— si don Quijote o don diablo no ha dado alguna cuchillada en alguno de los cueros de vino tinto que a su cabecera estaban llenos, y el vino derramado debe de ser lo que le parece sangre a este buen hombre”. (Quijote, I, 35).
Además, el vino se presenta como un elemento curativo. En el Quijote, aparece como componente esencial del bálsamo de Fierabrás, aquel remedio milagroso con el que don Quijote logra recuperarse tras ser brutalmente golpeado por el moro encantado mientras dormía (capítulo 18). Este elixir está compuesto por vino, aceite, sal y romero, destacándose el vino como uno de los principales elementos. Es probable que Cervantes, gracias a su experiencia en campañas militares, supiera que las infecciones en heridas abiertas eran causadas por agentes externos, y por ello recomendara limpiarlas con vino para prevenir complicaciones. Más adelante, en el capítulo 34, dentro del episodio incluido como "El curioso impertinente", también encontramos referencias interesantes al respecto.
Además, resulta evidente el dominio del autor al plasmar las características del vino en su escritura. Aunque el discurso pueda ser percibido como una exageración y el refinado juicio de los catadores tienda hacia lo hiperbólico, ¿no podría considerarse el siguiente pasaje como una verdadera descripción de una cata? Me refiero específicamente a la conversación entre el Caballero del Bosque y Sancho Panza en el capítulo 13 de la segunda parte. En ese episodio, Sancho, tras haber tomado un generoso trago, comenta:
¿Fue Cervantes un verdadero experto, lo que hoy describiríamos como un refinado degustador, un catador exigente o alguien con un talento excepcional para captar aromas? Tenía la habilidad de distinguir, a través del olfato y el gusto, los matices únicos que otorgaban las distintas tierras de España a sus vinos, y no ocultaba el orgullo que sentía por esa capacidad. Cervantes mostraba una auténtica pasión por el vino, y al igual que su entrañable Sancho, le resultaba difícil privarse de ese placer. En las páginas del Quijote se puede apreciar esta inclinación.
De manera aún más explícita, si es posible, en el capítulo 33 de la segunda parte:
"En verdad señora –respondió Sancho-, que en mi vida he bebido de malicia: con sed bien podría ser, porque no tengo nada de hipócrita; bebo cuando tengo gana, y cuando no la tengo, y cuando me lo dan, por no parecer o melindroso o mal criado, que a un brindis de un amigo ¿qué corazón ha de haber tan de mármol, que no haga razón? Pero aunque las calzo, no las ensucio: cuanto más que los escuderos de los caballeros andantes casi de ordinario beben agua, porque siempre andan por las florestas, selvas y prados, montañas y riscos, sin hallar una misericordia de vino, si dan por ella un ojo" (Quijote, II, 33).
Todavía podemos añadir esta deliciosa alusión de un inspirado y pacifista Sancho:
"Yo no quiero repartir los despojos de enemigos, sino pedir y suplicar a algún amigo, si es que lo tengo, que me dé un trago de vino, que me seco" (Quijote, II, 53).
La pasión y el gusto de Sancho por el vino están ampliamente reflejados a lo largo de la obra. Desde la primera aventura con los molinos de viento, se menciona que Sancho.
“sacando de las alforjas lo que en ellas había puesto, iba caminando y comiendo detrás de su amo muy de su espacio, y de cuando en cuando empinaba la bota, con tanto gusto, que le pudiera envidiar el más regalado bodegonero de Málaga”. (Quijote, I, 8).
En ese mismo capítulo, siendo consciente de que el vino tiende a adormecer un poco, Sancho le comenta a don Quijote que tiene intención de irse a dormir. Ante esto, don Quijote responde:
“Ya te entiendo, Sancho —le respondió don Quijote—, que bien se me trasluce que las visitas del zaque piden más recompensa de sueño que de música. —A todos nos sabe bien, bendito sea Dios —respondió Sancho”. (Quijote, I, 11).
Cervantes, sin duda, sabía disfrutar del vino. Es seguro que no sería como ciertos personajes y, tomando una referencia de La ilustre fregona, tampoco se identificaría con aquellos que pudieran encontrarse en situaciones menos honrosas.
“en el número de los que llaman desgraciados, que con alguna cosa que beban demasiado luego se les pone el rostro como si le hubiese jabelgado con bermellón y almagre”.
"Sé templado en el beber, considerando que el vino demasiado ni guarda secreto ni cumple palabra" (Quijote, II, 43).
En otro pasaje, el doctor Pedro Recio de Tirteafuera reprende con dureza al escudero:
“…y el que mucho bebe mata y consume el húmedo radical, donde consiste la vida”. (Quijote, II, 43).
En el prólogo del Persiles se puede observar lo siguiente:
“Sucedió, pues, lector amantísimo, que, viniendo otros dos amigos y yo del famoso lugar de Esquivias, por mil causas famoso, una por sus ilustres linajes y otra por sus ilustrísimos vinos…”.
En el prólogo mencionado, Cervantes hace referencia al perspicaz estudiante que se incorpora a la comitiva en dirección a Madrid, y señala lo siguiente:
“… tuvimos algún tanto más las riendas, y con paso asentado seguimos nuestro camino, en el cual se trató de mi enfermedad, y el buen estudiante me desahució al momento, diciendo: -Esta enfermedad es de hidropesía, que no la sanará toda el agua del mar Océano que dulcemente se bebiese. Vuesa merced, señor Cervantes, ponga tasa al beber, (en este caso y por motivo de la enfermedad que supone retención de líquidos, debe referirse al agua) no olvidándose de comer, que con esto sanará sin otra medicina alguna”.
La comida de los pequeños agricultores. Louis Le Nain.
LA CATA DE ROALD DAHL. UNA LECCION DE HUMILDAD.
"Contempla con ojos radiantes el mundo que te rodea, porque los mayores secretos se encuentran siempre en los lugares más inverosímiles". (Roald Dahl).
La cata de Roald Dahl, título con el que suele conocerse en español el célebre relato “The Taste”, ocupa un lugar singular en la historia de la literatura breve del siglo XX y, por extensión, en el imaginario cultural del vino. No es un texto sobre el vino en el sentido técnico o enológico, pero pocos relatos han captado con tanta precisión el poder simbólico, social y performativo de la cata como acto cultural. Desde su origen hasta su recepción contemporánea, el cuento ha sido leído, citado y discutido tanto en círculos literarios como en ámbitos vinculados al vino, convirtiéndose en una pieza de referencia para reflexionar sobre el gusto, la autoridad, el esnobismo y la teatralización del saber.
El argumento, aparentemente sencillo, se despliega con una precisión casi teatral. El narrador es invitado a cenar a la casa de Mike Schofield y su esposa Louise, donde también está presente Richard Pratt, un conocido del anfitrión. La velada transcurre en un ambiente de cortesía elegante hasta que el vino entra en escena. Schofield descorcha una botella y Pratt, tras probar el vino, comienza a exhibir una seguridad absoluta en su capacidad para identificarlo. Lo que en principio es una demostración de pericia se transforma pronto en un desafío: Pratt apuesta una suma considerable de dinero a que puede determinar no solo el país y la región, sino la añada exacta del vino servido.
La tensión narrativa crece en paralelo al discurso enológico de Pratt, quien desgrana con voz autoritaria una cadena de deducciones que imitan el lenguaje de la cata profesional, referencias al clima de la añada, a la madurez de la uva, al equilibrio entre acidez y tanino, al carácter de un château concreto. Dahl reproduce con notable oído literario el tono del experto, ese registro en el que el conocimiento técnico se mezcla con una puesta en escena casi hipnótica. El lector asiste, fascinado y escéptico a la vez, a una representación del saber que parece infalible.
El desenlace, célebre por su ironía cruel, subvierte de manera radical la autoridad construida durante el relato. Cuando Pratt finalmente identifica el vino con exactitud asombrosa, la revelación posterior, el vino había sido servido previamente en la copa de Pratt sin que este lo supiera, desactiva por completo la épica de la cata. No ha habido un ejercicio de identificación sensorial pura, sino una trampa basada en la memoria y la observación. Dahl no ridiculiza el vino en sí, sino la pretensión de un conocimiento absoluto, la arrogancia del experto y la facilidad con la que el ritual social de la cata puede convertirse en un espectáculo de poder.
La Cata, de Roald Dahl. Ilustración de Iban Barrenetxea.
Desde una perspectiva histórica más amplia, el relato dialoga con una tradición mucho más antigua en la que el vino aparece asociado al engaño, la astucia y la revelación. Desde los simposios clásicos hasta las sátiras ilustradas, el vino ha sido un espacio de verdad y de máscara. Dahl, con su prosa limpia y su ironía precisa, actualiza esa tradición en clave moderna, trasladándola al salón burgués del siglo XX y anticipando problemáticas plenamente vigentes en el XXI.
Hoy, más de setenta años después de su publicación, “La cata” sigue siendo un texto sorprendentemente actual. En una época de redes sociales, puntuaciones numéricas y prescriptores omnipresentes, el relato invita a una lectura crítica del fenómeno del vino como espectáculo. No propone un rechazo del conocimiento, sino una desmitificación de su teatralización. En ese sentido, su vigencia en el mundo vinícola es comparable a su estatus literario, es un clásico porque sigue interpelándonos, porque pone en cuestión nuestras certezas y porque lo hace con la elegancia cruel de la mejor literatura breve.
BACO DE CARAVAGGIO.
"No deben sólo mirar mis cuadros, no sólo deben contemplarlos, deben sentirlos". (Caravaggio).
Michelangelo Merisi da Caravaggio pintó su Baco hacia 1596-1597, en un momento decisivo tanto de su biografía como de la historia de la pintura europea. La obra, hoy conservada en la Galleria degli Uffizi de Florencia, pertenece a su primera etapa romana, cuando el joven lombardo, recién llegado a la capital del arte y del poder eclesiástico, trataba de abrirse camino en un mercado artístico competitivo, dominado por el gusto aristocrático y por la vigilancia ideológica de la Contrarreforma. El Baco no es, por tanto, una pintura mitológica en el sentido tradicional, sino una declaración de principios, una obra que condensa una nueva mirada sobre el cuerpo, la naturaleza, el vino y la experiencia sensorial, y que anuncia una ruptura profunda con los códigos idealizantes del Renacimiento tardío.
El joven que encarna a Baco no responde al canon heroico ni idealizado de la tradición clásica. No es el dios atlético y majestuoso heredado de la estatuaria grecorromana, sino un muchacho de carne blanda, mejillas sonrosadas, labios entreabiertos y mirada ambigua. Su cuerpo aparece ligeramente ladeado, ofrecido al espectador con una cercanía casi incómoda. La piel, tratada con una veracidad casi táctil, muestra imperfecciones, sombras, zonas de fatiga. La corona de hojas de vid, lejos de ser un ornamento noble, parece marchitarse ya en algunos puntos. En la mesa, una naturaleza muerta de frutas maduras, uvas, granadas, higos, manzanas, revela signos de corrupción incipiente, hojas secas, pieles manchadas, una madurez que roza la descomposición.
Autorretrato de Caravaggio
Aquí emerge uno de los núcleos conceptuales más profundos del Baco de Caravaggio, la tensión entre placer y caducidad. El vino, símbolo de goce, de comunión y de conocimiento desde la Antigüedad, aparece asociado a la conciencia del tiempo, a la fragilidad del cuerpo y a la fugacidad de los sentidos. La copa que el joven extiende hacia el espectador no es solo una invitación hedonista; es también un gesto cargado de ambigüedad moral. ¿Brinda Baco con nosotros o nos interpela? ¿Ofrece el vino como promesa de placer o como recordatorio de la embriaguez y la pérdida de control?
Desde el punto de vista estrictamente pictórico, el Baco es una obra revolucionaria. Caravaggio prescinde de cualquier idealización abstracta y trabaja directamente del natural. Se ha señalado con frecuencia que el modelo pudo ser un muchacho de la calle, quizá uno de los asistentes del taller, o incluso un autorretrato disfrazado, hipótesis reforzada por la intensidad psicológica de la mirada y por la relación casi especular que establece con el espectador. El uso de la luz es ya plenamente caravaggesco, un foco lateral recorta las formas, destaca los volúmenes y sumerge el fondo en una oscuridad neutra, sin referencias espaciales. No hay paisaje, no hay arquitectura clásica, no hay contexto narrativo. Todo se concentra en el cuerpo, el gesto y los objetos.
Desde un punto de vista museográfico, la presencia del Baco en los Uffizi lo sitúa en un diálogo continuo con la tradición clásica y renacentista. Sin embargo, su capacidad para interpelar al espectador contemporáneo permanece intacta. La cercanía del gesto, la ambigüedad de la mirada y la materialidad del vino siguen provocando una respuesta casi física. No es una obra que se contemple a distancia; es una pintura que se experimenta.
El recorrido histórico del Baco de Caravaggio es, en última instancia, el recorrido de una idea, la del vino como experiencia total, que implica cuerpo, tiempo, cultura y memoria. Al despojar al mito de su idealización y devolverlo a la carne, Caravaggio anticipa una sensibilidad moderna, en la que el placer no se opone necesariamente al conocimiento, sino que forma parte de él. Su Baco no predica ni condena; invita. Y en esa invitación, abierta desde hace más de cuatro siglos, reside buena parte de su vigencia y de su importancia tanto para la historia del arte como para la cultura del vino.








































