COFRADIA DE LOS CABALLEROS DEL CATAVINOS.

“Cada vino cuenta una historia de tierra, clima y cultura humana". (Hugh Johnson).

Hablar de "la Confrérie des Chevaliers du Tastevin" es hablar de una de las instituciones vinícolas más influyentes, teatrales y simbólicas del mundo contemporáneo del vino. Mucho más que una simple cofradía gastronómica, esta hermandad borgoñona representa la supervivencia moderna de antiguos rituales del vino europeo, donde la bebida deja de ser únicamente un producto agrícola para convertirse en patrimonio cultural, ceremonia social y lenguaje identitario.


"La Confrérie des Chevaliers du Tastevin" nació oficialmente en 1934 en Borgoña, en un momento especialmente delicado para la viticultura francesa. Europa todavía arrastraba las consecuencias económicas de la Primera Guerra Mundial, la crisis de 1929 había golpeado duramente el comercio vinícola y las regiones históricas del vino intentaban reconstruir prestigio y mercados. En ese contexto, un grupo de productores, negociantes y personalidades borgoñonas decidió crear una organización destinada a defender los grandes vinos de Borgoña y proyectar internacionalmente su cultura. Entre sus fundadores destacaron figuras como Georges Faiveley, Camille Rodier o el célebre comerciante y escritor Maurice des Ombiaux.

La palabra tastevin resulta fundamental para comprender el espíritu de la confraternidad. El tastevin es esa pequeña copa metálica, generalmente de plata, utilizada históricamente por sumilleres y bodegueros para catar vinos en las oscuras cavas subterráneas. Sus relieves y facetas permitían reflejar la escasa luz de las velas y observar el color del vino. Con el tiempo, el objeto dejó de ser una simple herramienta profesional para transformarse en símbolo de autoridad vinícola y emblema ceremonial. La "confrérie" adoptó el tastevin como insignia porque sintetizaba perfectamente la unión entre técnica, tradición y prestigio.

Tastevin

La sede espiritual de la orden se encuentra en el célebre Château du Clos de Vougeot, uno de los lugares más míticos de la viticultura mundial. Situado en el corazón de Borgoña, este castillo fue construido por los monjes cistercienses entre los siglos XII y XVI. Los cistercienses desempeñaron un papel esencial en la historia del vino europeo, fueron auténticos cartógrafos del terroir antes incluso de que existiera el concepto moderno. Observaron durante siglos cómo pequeñas variaciones de suelo, pendiente, insolación o humedad alteraban profundamente el carácter de los vinos. De esa paciente observación nació buena parte de la cultura parcelaria borgoñona.

El Clos de Vougeot no es solamente un edificio histórico; funciona como un auténtico teatro ritual del vino. Allí se celebran los famosos chapitres, grandes banquetes ceremoniales donde la cofradía mezcla gastronomía, música, humor, teatro y exaltación vinícola. Estos encuentros recuerdan a las antiguas fraternidades medievales europeas, donde comer y beber juntos constituía una forma de cohesión social y también un acto político y cultural.

Clos de Vougeot

Durante los chapitres, los participantes visten largas túnicas ceremoniales de colores rojo y amarillo inspiradas en los hábitos universitarios medievales y en antiguas vestimentas monásticas. La escenografía no es casual, busca conectar deliberadamente el vino con la historia profunda de Borgoña. Los asistentes escuchan discursos solemnes, canciones tradicionales, proclamaciones humorísticas y rituales de iniciación en los que nuevos miembros son nombrados caballeros del tastevin.

Todo ello puede parecer folclórico o incluso extravagante desde una mirada contemporánea, pero en realidad responde a una lógica antropológica muy antigua. El vino, desde las civilizaciones mediterráneas hasta las culturas monásticas europeas, siempre ha necesitado ritualización. El acto de beber vino ha sido asociado históricamente al prestigio, la sociabilidad, la religión, la diplomacia y el poder. La "confrérie" preserva precisamente esa dimensión simbólica del vino frente a una modernidad donde el producto corre el riesgo de convertirse únicamente en mercancía.

Los chapitres

Uno de los grandes méritos de la "Confrérie des Chevaliers du Tastevin" fue comprender muy pronto el valor cultural del marketing territorial. Mucho antes de que existiera el enoturismo moderno o las estrategias contemporáneas de marca-país, la cofradía ya promovía Borgoña como una experiencia total donde paisaje, gastronomía, arquitectura, historia y vino formaban una unidad inseparable. En cierto modo, anticipó buena parte del relato cultural que hoy utilizan las grandes regiones vinícolas del mundo.

La organización también desempeñó un papel relevante en la internacionalización del prestigio borgoñón. A través de sus delegaciones extranjeras, ceremonias internacionales y acciones diplomáticas, ayudó a construir la imagen de Borgoña como territorio mítico del vino fino. Intelectuales, artistas, cocineros, políticos y celebridades pasaron por sus ceremonias, convirtiendo la confrérie en una especie de embajada cultural del vino francés.


Su influencia se extendió además al fenómeno de las cofradías gastronómicas europeas. Muchas asociaciones vinícolas y culinarias creadas en Francia, España, Italia o Bélgica durante el siglo XX imitaron parcialmente su estructura ceremonial, sus banquetes rituales y su combinación de tradición histórica y promoción turística. El auge contemporáneo de las hermandades gastronómicas debe mucho a este modelo borgoñón.

La gastronomía ocupa naturalmente un lugar central en la vida de la confrérie. Los grandes vinos de Borgoña aparecen siempre acompañados de platos clásicos de la cocina regional, "boeuf bourguignon", "coq au vin", jamones curados, quesos de Époisses, aves de Bresse o caracoles a la borgoñona. En la tradición francesa, vino y cocina nunca funcionan como universos separados; forman un mismo sistema cultural. El vino no se entiende únicamente como bebida sino como articulador de la mesa, de la conversación y del tiempo compartido.

Desde una perspectiva histórica, "la Confrérie des Chevaliers du Tastevin" también refleja el tránsito del vino desde la cultura campesina hacia la cultura patrimonial. Durante siglos, el vino europeo fue principalmente un alimento cotidiano y una necesidad agrícola. A partir del siglo XIX y especialmente durante el XX, ciertos vinos comenzaron a adquirir dimensiones artísticas, identitarias y casi museísticas. "La confrérie" participa plenamente de esa transformación, convierte el vino en relato histórico, espectáculo cultural y símbolo de refinamiento.

Sin embargo, también existen críticas hacia este tipo de instituciones. Algunos observadores consideran que reproducen visiones elitistas del vino o una cierta teatralización aristocrática de la cultura gastronómica. Otros señalan que la espectacularización ceremonial puede eclipsar los problemas reales del mundo vitícola contemporáneo, crisis climática, industrialización agrícola, desaparición de pequeños productores o especulación sobre los grandes vinos. Estas críticas no carecen de fundamento, pero al mismo tiempo resulta difícil negar la importancia cultural que "la confrérie" ha tenido en la preservación del imaginario borgoñón.


En el fondo, "la Confrérie des Chevaliers du Tastevin" encarna una idea profundamente europea del vino, la de una bebida ligada al territorio, la memoria y el ritual colectivo. Frente a la homogeneización global del gusto, Borgoña sigue defendiendo la singularidad de sus parcelas, sus tradiciones y su narrativa histórica. "La confrérie" funciona como guardiana simbólica de ese legado.

Hoy, en plena era digital y globalizada, sus ceremonias continúan atrayendo visitantes de todo el mundo. Muchos acuden movidos por la fascinación hacia los grandes vinos borgoñones; otros buscan participar en una experiencia casi iniciática donde historia, gastronomía y teatralidad se entrelazan. Porque, al final, el éxito duradero de "la Confrérie des Chevaliers du Tastevin" reside precisamente en haber entendido algo esencial, el vino nunca ha sido solamente una bebida. También es memoria, representación, ceremonia y cultura compartida.

GILGAMESH Y SIDURI. EL ORIGEN LITERARIO DE LA CULTURA DEL VINO.

"Gilgamesh, ¿hacia dónde corres? La vida que buscas nunca la hallarás. Cuando los dioses crearon a la humanidad, asignaron la muerte a los hombres y retuvieron la vida en sus propias manos. En cuanto a ti, Gilgamesh, llena tu vientre, alégrate de día y de noche. Que cada día sea de fiesta, baila y juega noche y día. Que tus vestidos sean limpios, que tu cabeza sea lavada, báñate en agua fría. Atiende al niño que te toma de la mano y que tu esposa se regocije en tu regazo. Porque esto es el destino de los hombres". (La epopeya de Gilgamesh).

Hace más de cuatro mil años, en algún lugar entre los ríos Tigris y Éufrates, un poeta anónimo grabó en tablillas de arcilla la historia de un rey que lo tenía todo y lo perdió todo. La Epopeya de Gilgamesh, escrita en torno al año 2100 a. C., es el poema épico más antiguo que conocemos, y en el corazón de su historia,en el momento de mayor oscuridad de su héroe, hay una taberna, una mujer y una jarra de vino.

Gilgamesh rey de Uruk

Gilgamesh era el rey de Uruk, mitad dios y mitad hombre, más fuerte y más hermoso que cualquier mortal. Tenía un amigo del alma, Enkidu, con quien compartía aventuras y batallas. Pero Enkidu muere, y Gilgamesh, que nunca había tenido miedo de nada, descubre de pronto el terror más profundo, la muerte. Si Enkidu ha muerto, él también morirá. Esta certeza le destroza. Abandona su reino y se echa a caminar hacia el fin del mundo, buscando la inmortalidad.

Tras cruzar desiertos y montañas, Gilgamesh llega a una posada al borde del océano de las aguas de la muerte. Allí vive Siduri, la tabernera. Cuando la ve venir, sucio, exhausto, vestido con pieles, asusta a la mujer, que cierra sus puertas y se sube al tejado. Pero él insiste, y ella escucha.

Siduri no es una tabernera cualquiera. En la tradición mesopotámica, la elaboración y venta del vino y la cerveza era una actividad femenina sagrada, asociada a las diosas. Siduri porta en su nombre la raíz acadia relacionada con la vid, y custodia la frontera entre el mundo de los vivos y el reino de las aguas primordiales. Está en el umbral, y el umbral es su dominio.

Siduri en el umbral

Lo que Siduri le dice a Gilgamesh es asombroso por su modernidad. No le promete redención ni le ofrece una misión heroica. Le habla con la voz directa y sin adornos de alguien que ha visto pasar a muchos hombres por su taberna: "Cuando los dioses crearon la humanidad, le otorgaron la muerte. La vida eterna la reservaron para sí. Tú, Gilgamesh, llena tu vientre. De día y de noche, baila y celebra. Que tus ropas estén limpias. Que tu cabeza esté lavada. Que el niño que te toma de la mano sea feliz. Que tu esposa se regocije en tu abrazo. Así son las cosas de los hombres".

El vino, en este contexto, no es un simple placer. Es el símbolo condensado de todo lo que la vida mortal ofrece, la fermentación que convierte algo perecedero en algo que trasciende y alegra, el sabor que solo existe porque las uvas maduraron y se transformaron, la copa que se comparte y que no se puede guardar para siempre. Beber vino es aceptar el tiempo.

Siduri aparece en el poema solo en unas pocas tablillas, pero su huella es enorme. Es la única figura femenina del relato épico que no es esposa, madre ni diosa de la guerra. Es una mujer sola, en los márgenes del mundo conocido, que ha construido su propia sabiduría sirviendo vino y escuchando a viajeros. Cuando Gilgamesh sigue su camino, porque el héroe, como siempre, no puede detenerse, ella le ha dado lo más valioso que alguien puede dar, la verdad sin adornos.

Gilgamesh, al final del poema, regresa a Uruk sin la inmortalidad que buscaba. Pero contempla los muros de su ciudad, que él mismo construyó y los ve con nuevos ojos. La ciudad, la obra, el legado, eso es lo que permanece. Es, en cierto modo, la misma lección que Siduri le enseñó junto a una jarra de vino en el umbral del mundo.

Gilgamesh se encuentra con Siduri

Han pasado más de cuatro mil años. Seguimos buscando lo mismo. Y de vez en cuando, alguien nos sirve una copa y nos recuerda que quizás la respuesta no está al otro lado del océano, sino aquí, en esta mesa, en esta tarde que ya no volverá.

PLINIO EL VIEJO. "IN VINO VIRITAS".

"De todas las cosas conocidas por los mortales, el vino es la más poderosa y eficaz para excitar e inflamar las pasiones de la humanidad, siendo combustible común para todas ellas". (Plinio el Viejo). 

Cayo Plinio Segundo, conocido como Plinio el Viejo, no fue solo un administrador romano y un militar de carrera; fue, ante todo, el autor de la enciclopedia más ambiciosa de la Antigüeda, la "Naturalis Historia". En esta obra monumental, Plinio dedicó un espacio sin precedentes al mundo de la vitivinicultura, especialmente en el Libro XIV, que se erige como el primer gran tratado técnico y antropológico sobre el vino en el Mediterráneo. Para Plinio, el vino no era un simple producto agrícola, sino un elemento civilizador que definía la identidad de Roma y su dominio sobre el mundo conocido.


Plinio el viejo redactando "Naturalis Historia"

Desde una perspectiva antropológica y etnográfica, Plinio analiza el vino como un indicador de estatus y moralidad. En sus escritos, describe con minuciosidad la evolución del consumo en Roma, desde los tiempos de la sobriedad republicana hasta la sofisticación, y a veces el exceso de la era imperial. Documenta tradiciones que hoy nos resultan fascinantes, como la prohibición del vino a las mujeres en los primeros siglos de Roma o el uso del vino en rituales religiosos como la "libatio". Para él, la diversidad de vinos reflejaba la diversidad del Imperio; clasifica los vinos no solo por su sabor, sino por su origen geográfico, destacando los prestigiosos vinos de la Campania, como el Falerno, el Cecubo o el Albano, que representaban el pináculo del refinamiento sensorial de la época.

En el aspecto técnico, Plinio actúa como un observador empírico. Sus escritos detallan procesos que, sorprendentemente, mantienen ecos en la enología moderna:

  • Variedades de uva: Clasificó más de 80 variedades principales, describiendo su adaptación a diferentes suelos y climas, lo que hoy llamaríamos el concepto de "terroir".

  • Viticultura: Explica técnicas de poda, el uso de rodrigones (soportes) y la influencia de la exposición solar en la maduración del fruto.

  • Vinificación y conservación: Describe el uso de resinas, el envejecimiento en ánforas selladas con yeso o brea, y la importancia del ahumado en las "apothecae" para acelerar la maduración, una técnica común en la Roma del siglo I.


La obra de Plinio trasciende lo técnico para entrar en lo simbólico y artístico. Vincula la vid con la mitología de Baco, pero también con la salud y la medicina, dedicando gran parte del Libro XXIV a las propiedades curativas de la uva y el vino. Su famosa frase "In vino veritas" (en el vino está la verdad) resume su visión sobre cómo el consumo de esta bebida desnudaba el alma humana, un concepto que ha permeado la literatura y la filosofía occidental durante dos milenios. Su mirada es también económica, pues analiza el comercio de vino como el motor de la expansión agrícola romana y la integración de las provincias, especialmente en Hispania y la Galia, cuyas producciones empezaban a competir con las itálicas.

El legado escrito de Plinio sobre el vino sobrevive íntegramente a través de la Naturalis Historia. Aunque escribió muchas otras obras (sobre historia militar o gramática), es esta enciclopedia de 37 libros la que ha servido de base para todo el conocimiento vitivinícola posterior. Los capítulos clave son:

  •  Libro XIV: Dedicado íntegramente a los árboles frutales y, de manera         extensa,  a la vid y el vino. Es la "Biblia" de la enología antigua.

  •  Libro XVII: Trata sobre las técnicas de cultivo y el cuidado de los campos.

  • Libros XXIII y XXIV: Se centran en la farmacopea botánica, donde el vino es el vehículo principal para numerosos remedios.

Plinio el Viejo falleció durante la erupción del Vesubio en el año 79 d.C., precisamente en la zona de la Campania que tanto elogió por sus viñedos. Su muerte, intentando rescatar amigos y observar el fenómeno natural, cerró la vida de un hombre que nos dejó el inventario más completo de cómo el mundo antiguo entendía, cultivaba y celebraba el fruto de la vid. Su obra no es solo un documento histórico; es el acta de nacimiento de la cultura del vino tal como la entendemos hoy en el arco mediterráneo.

LOS TRES MOSQUETEROS Y EL VINO DE ANJOU.

"El vino se parece al hombre: nunca se sabe hasta qué punto se le puede apreciar o despreciar, amar u odiar; ni cuántos actos sublimes o crímenes monstruosos es capaz de realizar. No seamos, entonces, más crueles con él que con nosotros mismos y tratémosle como a un igual". (Alejandro Dumas).

"El vino de Anjou" en este capítulo de Los tres mosqueteros de Alejandro Dumas  no es solo un pasaje de acción; es un testimonio literario de cómo el vino ha sido utilizado históricamente como símbolo de estatus, herramienta de diplomacia y, en este caso particular, un arma de traición. El Capítulo XLII de la obra maestra de Dumas sitúa la acción en el asedio de La Rochelle (1627-1628), un marco histórico y geográfico real donde se decidía el destino de Francia. En este contexto de guerra y privaciones, el vino actúa como el motor narrativo de una intriga mortal orquestada por Milady de Winter.

Uno para todos, todos para uno

Cuando Alexandre Dumas hace entrar en escena el vino de Anjou no está recurriendo a un mero elemento pintoresco ni a un simple lubricante narrativo. En la Francia del siglo XVII, el vino no es aún un producto estandarizado ni una mercancía neutra, es un marcador social, un signo territorial y, sobre todo, un vehículo de poder blando. Anjou, región situada en el valle medio del Loira, produce ya entonces vinos blancos apreciados por su finura, su ligereza engañosa y su capacidad para agradar sin imponerse. No son vinos rústicos ni excesivamente alcohólicos, sino vinos de conversación, aptos para la mesa cortesana y para la intriga discreta.

En tiempos de Luis XIII y Richelieu, el vino cumple una función ambigua, es alimento cotidiano y a la vez instrumento de sociabilidad política. Compartir una botella implica suspender; aunque sea provisionalmente, la vigilancia, rebajar defensas, crear una ilusión de intimidad. Dumas conoce bien este código cultural y lo explota con precisión. El vino de Anjou que aparece en este capítulo no es un vino heroico ni épico; no acompaña a la batalla, sino a la espera, al cansancio, a la confianza mal depositada. Su papel es el de catalizador narrativo, acelera la caída del adversario sin necesidad de espada.

Viñedos de la región vinícola de Anjou-Saumur

Desde el punto de vista de la verosimilitud histórica, la elección es impecable. Anjou abastece a París y a la nobleza provincial; sus vinos circulan por tabernas respetables y mesas privadas. Son suficientemente reputados como para ser ofrecidos con orgullo, pero no tan prestigiosos como para despertar sospecha. En términos simbólicos, representan una Francia interior, fértil y civilizada, frente a la violencia directa del mundo militar. Que un mosquetero sucumba al vino de Anjou es casi una ironía, no cae por la fuerza del enemigo, sino por la suavidad de la hospitalidad.

Dumas introduce además una lectura moral implícita, el vino revela el carácter. Para quien sabe beber, es aliado; para quien baja la guardia, es trampa. No hay aquí condena del vino en sí, algo impensable en la cultura francesa, sino del exceso y de la falta de prudencia. El vino actúa como juez silencioso, desenmascarando debilidades humanas que la espada no alcanza.

Así, antes de que el capítulo despliegue su acción, el lector ya está advertido, aunque no lo sepa, el vino de Anjou no será un simple acompañante, sino un actor. Un líquido amable que, en manos astutas, se convierte en arma invisible. Con esta clave, el episodio adquiere una profundidad que va más allá del relato de aventuras y se inscribe en una antropología del beber, donde cada sorbo tiene consecuencias.


El asedio de La Rochelle, ese escenario de pólvora y política donde se fraguaba la hegemonía de la Francia de Luis XIII, sirve a Alejandro Dumas no solo para desplegar la pericia militar de sus héroes, sino para introducir uno de los elementos simbólicos más potentes de la cultura francesa, el vino como vehículo de fraternidad y, paradójicamente, como instrumento de muerte. En el capítulo XLII de Los tres mosqueteros, el vino de Anjou se convierte en el protagonista absoluto de una intriga que trasciende lo puramente narrativo para adentrarse en la antropología de la confianza.

La elección de esta región vitivinícola por parte de Dumas no es baladí, pues en el siglo XVII los caldos del valle del Loira, y particularmente los de Anjou, representaban la elegancia cortesana, siendo los favoritos de una aristocracia que apreciaba su ligereza y su prestigio geográfico. Cuando d'Artagnan recibe en el campamento aquellas doce botellas, supuestamente enviadas por sus inseparables Athos, Porthos y Aramis, no sospecha que el líquido que brilla tras el vidrio es en realidad un caballo de Troya líquido, una emboscada química orquestada por la gélida Milady de Winter.

Richelieu en el asedio de La Rochelle. Henri-Paul Motte

Este episodio subraya la vulnerabilidad del hombre de armas frente al veneno, una práctica que en la época se consideraba la antítesis del honor caballeresco. El vino, que en la cosmovisión mediterránea y europea es el eje de la hospitalidad y la celebración de los vínculos sociales, es aquí profanado para convertirse en ponzoña. La tragedia, que solo se evita por una serie de fortuitas demoras y el fatal destino de un soldado que prueba el envío antes de tiempo, nos habla de una época en la que la seguridad alimentaria dependía exclusivamente de la lealtad de la cadena de suministro.

Desde una perspectiva etnográfica, el capítulo nos traslada a la logística de los ejércitos del Antiguo Régimen, donde el abastecimiento de vino era tan crucial como el de la pólvora, y donde un regalo de este calibre era el máximo signo de reconocimiento entre iguales. Al analizar este pasaje, no solo estamos ante un recurso literario de suspense, sino ante un testimonio de cómo la cultura del vino ha permeado la identidad europea, definiendo incluso las formas en que el crimen y la traición se infiltraban en la cotidianidad de las élites militares.

Decapitación de Milady de Winter. Los tres mosqueteros

A continuación reproducimos el texto íntegro en español del Capítulo XLII, El vino de Anjou, respetando la traducción clásica que captura la esencia de la época. Este capítulo es una pieza maestra de la narrativa de Dumas, donde la tensión se cocina a fuego lento entre brindis y sospechas.

LOS TRES MOSQUETEROS. CAPITULO XLII: EL VINO DE ANJOU.

Después de las noticias de los mosqueteros, el cardenal esperaba noticias de La Rochelle; pero las noticias de La Rochelle no llegaban sino para decirle qué difícil, qué monótono y qué penoso era aquel sitio. Porque, hay que decirlo, la ciudad, después de la salida del duque de Buckingham, aunque seguía estrechamente bloqueada, no se rendía.

D’Artagnan, que desde hacía tiempo no tenía noticias de sus amigos, estaba muy inquieto. Un día recibió por fin una carta que le anunciaba que los tres estaban bien, pero que el servicio del Rey los retenía en un punto muy alejado del campamento. Aquella carta iba acompañada de un regalo: una cesta de doce botellas de vino de Anjou.
Asedio de La Rochelle

D’Artagnan leyó la carta con alegría y miró el vino con placer. Sus amigos no lo olvidaban. Llamó a Planchet, su criado, y le ordenó que pusiera el vino a refrescar. Al mismo tiempo, invitó a dos guardias de su compañía para que compartieran con él aquel envío generoso.

Llegó la hora de la comida. D’Artagnan y sus invitados se sentaron a la mesa. De pronto, un soldado de los guardias se presentó en la puerta.

—¿Es aquí donde vive el señor d'Artagnan? —preguntó. —Sí, amigo mío —respondió el joven—. ¿Qué deseáis? —Traigo una carta para usted. —¿De parte de quién? —De parte de un hostelero de la ciudad que ha recibido este encargo.

D’Artagnan tomó la carta y leyó:

"Querido d'Artagnan: Estamos en una misión secreta y no podemos ir a verte. Bebe a nuestra salud este vino de Anjou que te enviamos; es del mejor que hemos podido encontrar. Tus amigos: Athos, Porthos y Aramis".

—¡Es extraño! —murmuró d'Artagnan—. He recibido ya una carta y el vino, y ahora recibo esta segunda carta.

D’Artagnan llamó a Planchet y le preguntó quién había traído la cesta de vino. Planchet respondió que habían sido dos hombres vestidos con la librea del señor de Tréville.

—En ese caso —dijo d'Artagnan—, no hay duda. Probad ese vino, caballeros.


Pero en aquel momento, uno de los guardias, que tenía prisa, se sirvió un vaso y lo bebió de un trago. Apenas hubo terminado, cuando empezó a ponerse pálido, se llevó las manos al pecho y cayó al suelo entre convulsiones espantosas.

D’Artagnan y el otro invitado se lanzaron hacia él para socorrerlo. El desgraciado gritaba de dolor. Unos instantes después, expiraba en medio de atroces sufrimientos.

El pánico se apoderó de todos. Se llamó a un médico, pero ya no había nada que hacer. El hombre había muerto envenenado.

D’Artagnan se quedó helado. Comprendió de inmediato que Milady de Winter no lo había olvidado y que aquel regalo era una trampa mortal. Examinó las botellas. Todas estaban perfectamente selladas, pero el veneno había sido introducido con una habilidad diabólica.

Poco después, llegaron Athos, Porthos y Aramis en persona. Al ver a d'Artagnan pálido y el cadáver en el suelo, preguntaron qué había sucedido. D’Artagnan les mostró la carta y el vino.

—¡Nosotros no hemos enviado ningún vino! —exclamó Athos con indignación—. Y esta carta es una falsificación de nuestra letra.

Los tres amigos se miraron con horror. La lucha contra su invisible enemiga se volvía cada vez más peligrosa. Milady no retrocedía ante nada, ni siquiera ante el asesinato masivo, con tal de alcanzar a d'Artagnan.

—Amigos míos —dijo d'Artagnan—, hemos escapado de una buena. Pero este cadáver nos advierte, a partir de ahora, debemos estar más alerta que nunca. Nuestra enemiga está cerca y no descansa.


Aquel día, el vino de Anjou, que debía haber servido para celebrar la amistad, se convirtió en el mudo testigo de una de las más viles traiciones de la historia de los mosqueteros.