EL CISTER Y EL VINO.

"Hay quienes buscan el conocimiento por el conocimiento mismo; eso es curiosidad. Hay quienes buscan el conocimiento para ser conocidos por otros; eso es vanidad. Hay quienes buscan el conocimiento para servir; eso es amor". (San Bernardo de Claraval). 

La evolución histórica del vino en Europa resulta incomprensible sin un análisis detallado del papel desempeñado por las órdenes monásticas durante la Edad Media. En este contexto, la Orden del Císter adquiere una relevancia particular, no solo por la amplitud de su presencia territorial, sino también por su capacidad para transformar la viticultura en un elemento integral de su modo de vida. Esta integración se manifestó en la espiritualidad, la economía y la organización social de extensas áreas del continente europeo. Desde sus orígenes en Borgoña a finales del siglo XI, hasta su posterior expansión a la Península Ibérica, los monjes cistercienses dejaron una impronta duradera en los paisajes agrarios, las prácticas vitivinícolas y las tradiciones culturales asociadas al vino, cuya influencia sigue vigente en la actualidad.

Este análisis ofrece una perspectiva tanto cronológica como cultural sobre la relevancia de dicha influencia, considerando no solo la historia institucional de la orden, sino también la manera en que el vino se erigió como un agente clave en la transformación de las sociedades rurales. Asimismo, se examina su papel como componente central en la etnografía de los territorios donde el Císter estableció su presencia.


Monjes cistercienses en labores agrícolas

La Orden del Císter se originó en el año 1098, en Cîteaux, situada en el corazón de Borgoña, como respuesta a lo que sus fundadores percibieron como una relajación tanto espiritual como material dentro de la orden benedictina. Este movimiento reformista se estructuró en torno a una interpretación rigurosa de la Regla de San Benito, donde el trabajo manual no se considera un añadido, sino un elemento esencial y fundamental de la vida monástica.

Desde sus inicios, el enfoque cisterciense en el trabajo agrícola establece un vínculo profundo con la tierra. Sus monasterios fueron ubicados intencionadamente en áreas marginales y poco habitadas, como valles húmedos, terrenos boscosos o regiones agrestes. En estos espacios, los monjes transformaron activamente el entorno mediante labores como el drenaje de tierras, la limpieza de suelos y una gestión racional y planificada del territorio. Dentro de este modelo de aprovechamiento agrícola, la viticultura ocupó un lugar prominente desde etapas tempranas, no como una actividad secundaria, sino como una producción clave inserta estratégicamente en la organización económica del monasterio.


Abadía Cisterciense en Citeaux

El vino, además de ser un elemento indispensable dentro de la liturgia, desempeña un papel relevante en la alimentación cotidiana y adquiere, de manera creciente, importancia en el ámbito del intercambio económico. En contraste con otras órdenes monásticas, los cistercienses adoptan una estrategia orientada hacia la autosuficiencia y el dominio directo de los procesos productivos. Esta orientación les impulsa a dedicarse a la observación metódica, la experimentación constante y el perfeccionamiento sistemático de las técnicas relacionadas con el cultivo de la vid.

Fue en la región de Borgoña donde la orden del Císter alcanzó su mayor impacto en el ámbito de la viticultura. Desde el siglo XII, monasterios como Cîteaux, La Ferté, Pontigny, Clairvaux y Morimond administraban vastas extensiones de viñedos, muchos de ellos delimitados por cercados conocidos como *clos*. Estas explotaciones agrarias eran organizadas siguiendo principios que hoy pueden considerarse como un precedente temprano del concepto de *terroir*.

Los monjes cistercienses percibieron que no todas las parcelas generaban vinos de la misma calidad, incluso cuando se encontraban en proximidad. Así, comenzaron a estudiar detenidamente factores como la composición del suelo, la exposición al sol, la inclinación del terreno, la altitud y las condiciones de drenaje. Este enfoque meticuloso hacia las singularidades del entorno dio lugar a una jerarquización implícita de los viñedos, que constituyó un antecedente directo del sistema de clasificación vinícola que más tarde caracterizaría a Borgoña.

El caso más representativo es el Clos de Vougeot, fundado en el siglo XII por monjes cistercienses. Más allá de la notoriedad que ha adquirido en épocas contemporáneas, este viñedo simboliza una concepción innovadora: el entendimiento del viñedo como una entidad autónoma delimitada, manejada colectivamente y destinada a producir un vino que refleja las particularidades de un territorio específico, en lugar de ser un bien genérico y homogéneo.


Clos de Vougeot

Proveniente de la región de Borgoña, el vino producido por los cistercienses trasciende su mera función de consumo local para transformarse en un bien comercializable. Los excedentes de producción son distribuidos a través de rutas fluviales, lo que permite el desarrollo de sólidas redes económicas que integran esta mercancía en la dinámica de las ciudades medievales. En este sentido, la labor del Císter no se limita únicamente a la producción vitivinícola, sino que también desempeña un papel fundamental en la configuración de mercados y en la construcción de paisajes culturales vinculados al vino.

La vertiginosa expansión del Císter por Europa trajo consigo la implementación de un modelo agrario distintivo. Cada nueva fundación significaba la organización y aprovechamiento del territorio cercano y, siempre que las condiciones lo permitían, la vid pasaba a ocupar un lugar privilegiado como cultivo predominante.

En zonas como Champagne, el valle del Loira, el Rin o el norte de Italia, los cistercienses lograron introducir orden, técnicas avanzadas y una regularidad precisa en la producción vitivinícola. Este saber, cuidadosamente preservado, se difundía de monasterio en monasterio, tejiendo una auténtica red monástica de conocimiento agrario.

Este fenómeno trascendía lo meramente económico y rediseñaba la relación de las comunidades rurales con el vino. Los viñedos se integraban plenamente en el calendario litúrgico, los ciclos laborales y la rutina cotidiana. Así, el vino dejaba de ser un bien ocasional para convertirse en un componente esencial de la cultura campesina y en un símbolo estructurador de su vida diaria.


La llegada de la orden del Císter a la Península Ibérica se enmarca en un contexto histórico marcado por el avance de la Reconquista y los procesos de repoblación. Los monasterios cistercienses se establecen en áreas estratégicas, ya sea en zonas fronterizas o en territorios sujetos a reorganización, donde el vino desempeña un papel esencial al ser alimento, símbolo religioso y recurso económico clave.

En Cataluña, destaca el Monasterio de Poblet como un referente destacado en la producción vitivinícola. Sus extensas propiedades incluyen viñedos que no solo sostienen a la comunidad monástica, sino que también alimentan las redes comerciales de la región. El cultivo de la vid y la elaboración del vino se convierten en pilares fundamentales tanto para la economía del monasterio como para el paisaje agrario que lo rodea.

En Castilla y León, monasterios como los de Moreruela, Valbuena o La Santa Espina administran vastas áreas agrícolas donde la vid comparte protagonismo con el cultivo de cereales y la cría de ganado. En estos espacios, el vino se integra no solo como un elemento básico en la alimentación, sino también como parte de los diezmos y de las dinámicas propias de las relaciones señoriales. Así, emerge una sólida cultura vitivinícola local profundamente influenciada por la actividad monástica.

Mientras tanto, en Navarra y Aragón, la presencia cisterciense impulsa el desarrollo de viñedos estratégicamente situados en rutas de peregrinación y comercio, especialmente relacionadas con el Camino de Santiago. Aquí, el vino se convierte en un producto simbólico de hospitalidad, estrechamente ligado a la tradición de acoger a viajeros y peregrinos, reforzando su vínculo con el tejido social y espiritual de la región.


Monasterio de Poblet 

Uno de los casos más representativos de la influencia etnográfica ejercida por la Orden del Císter en territorio español se encuentra en la región de la Ribeira Sacra. Si bien este espacio compartió su historia con otras órdenes religiosas, fue la contribución cisterciense la que desempeñó un papel crucial en la recuperación, organización y sostenibilidad del cultivo de viñedos situados en escarpadas laderas.

Los monjes cistercienses supieron adaptar la práctica de la viticultura a las exigencias de un entorno natural especialmente desafiante. Para ello, implementaron técnicas innovadoras como la construcción de bancales, medidas para el control de la erosión, y el desarrollo de un modelo de viticultura que hoy en día se denomina "heroica". Este enfoque no solo transformó el paisaje, sino que también contribuyó a consolidar una identidad cultural distintiva para la región. En este contexto, el vino adquirió múltiples dimensiones al integrarse tanto en la economía local como en los rituales religiosos y en el imaginario colectivo, consolidándose así como un símbolo fundamental del territorio.

Es precisamente en esta región donde se manifiesta con mayor claridad que la viticultura monástica trasciende su carácter meramente técnico para erigirse como un acto de construcción cultural del paisaje.


Viticultura heroica. Ribera sacra.

Durante la Edad Moderna, y de manera particular con las desamortizaciones del siglo XIX, se pone término al control directo que la orden cisterciense ejercía sobre sus viñedos. No obstante, la retirada institucional del Císter como figura económica no supone la pérdida de su legado. Aunque los viñedos pasaron a manos civiles, sobrevivieron las parcelas, los caminos, los muros, las orientaciones y, lo más importante, los conocimientos heredados. Muchas de las regiones vitivinícolas de España y Europa continúan produciendo vino en territorios que fueron definidos siglos atrás bajo la lógica y el diseño cisterciense.

En el contexto actual, donde el discurso sobre el vino se centra en aspectos como el territorio, la identidad y la autenticidad, la influencia de la herencia cisterciense cobra un renovado protagonismo. Ideas como el terroir, el paisaje cultural, la viticultura sostenible o la preservación de la memoria histórica encuentran en la tradición del Císter un fundamento firme. El aporte más valioso del Císter trasciende lo técnico; radica en concebir el vino como la manifestación de una conexión ética entre el ser humano y la tierra, una interacción en la que el trabajo, el tiempo y el lugar están profundamente interrelacionados.


Desde Borgoña hasta la Península Ibérica, la Orden del Císter elevó el vino a la categoría de pilar fundamental de su vida material y espiritual. En este proceso, moldearon paisajes, dinamizaron economías y reconfiguraron culturas locales, dejando una marca imborrable en la tradición vitivinícola de Europa, con especial énfasis en España. Entender el vino en la actualidad implica regresar a esos monjes que no solo vieron en la vid un cultivo, sino una manera de relacionarse profundamente con el mundo que los rodeaba.

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