CATEGORIA LITERATURA
"No hay ninguna lectura peligrosa. El mal no entra nunca por la inteligencia cuando el corazón está sano". (Jacinto Benavente).
La historia de la literatura no puede entenderse plenamente sin atender a la presencia constante del vino y, más tarde, de los destilados. Estas bebidas no han sido simples acompañantes del acto creativo ni meros elementos costumbristas dentro del relato, han funcionado como símbolos narrativos, dispositivos culturales y catalizadores de sentido. A través de ellas, la literatura ha hablado del cuerpo, del tiempo, del poder, de lo sagrado y de la identidad. Desde los primeros textos escritos hasta la narrativa contemporánea, el vino y los destilados han articulado un lenguaje propio dentro de la palabra literaria, reflejando las transformaciones sociales, morales y estéticas de cada época.

En las civilizaciones antiguas, el vino aparece ligado al nacimiento mismo de la cultura. En los relatos mesopotámicos, beber vino marca el tránsito de lo salvaje a lo humano. En la Epopeya de Gilgamesh, el vino no es placer, sino rito de civilización. Beber implica integrarse en la comunidad y, por tanto, en el relato.
La Grecia clásica consolidó esta alianza entre vino y palabra. Dionisio, dios del vino, es también el dios del teatro y de la disolución de las normas. La embriaguez dionisíaca no anula el lenguaje: lo libera. La tragedia y la comedia nacen bajo su influjo, revelando una verdad profunda, la literatura surge cuando el discurso racional se quiebra y aparece la metáfora, el exceso, la emoción.
En Roma, la lírica convierte el vino en instrumento filosófico. Horacio y Catulo lo utilizan para pensar el tiempo, el amor y la fugacidad de la vida. El vino se transforma en medida existencial, en compañero del pensamiento y de la escritura.
La Edad Media introduce una tensión decisiva. El vino es, al mismo tiempo, sacramento y pecado. Esta ambivalencia atraviesa la literatura del periodo. En los textos religiosos, el vino es sangre redentora; en la poesía satírica y goliarda, es liberación frente a la moral ascética. Los Carmina Burana y la literatura burlesca convierten la embriaguez en espacio de verdad. Cuando el cuerpo se desata, la palabra se vuelve incómoda, crítica, profundamente humana. El vino actúa aquí como lenguaje alternativo, capaz de decir lo que la norma silencia.
Especial relevancia adquiere la poesía árabe-andalusí, donde el vino, pese a la prohibición religiosa, es exaltado como símbolo de placer, refinamiento intelectual y libertad. Esta tradición, de enorme sofisticación literaria, influirá en la lírica europea posterior, demostrando que el vino en la literatura trasciende dogmas y fronteras culturales.

Con el Renacimiento, el vino reaparece como emblema del humanismo. En Rabelais, beber es una forma de leer el mundo, el vino desborda, como lo hace el lenguaje. La literatura se vuelve corpórea, exuberante, celebratoria.
El Barroco intensifica esta dimensión simbólica. En Quevedo, el vino es ironía amarga; en Shakespeare, las bebidas, vino, cerveza o aguardientes, definen caracteres, tensiones sociales y giros dramáticos. La taberna se convierte en escenario literario, espacio de mezcla social, de verdad descarnada y de conflicto narrativo. Es también en este periodo cuando los destilados comienzan a ocupar un lugar propio. Asociados a la alquimia, la medicina y el comercio, los aguardientes aparecen como metáfora de la esencia concentrada, del saber destilado y del poder transformador.
El alquimista. Ryckaert, David.
En los siglos XVIII y XIX, la literatura realista incorpora el alcohol como elemento estructural del relato. En Dickens, Zola o Galdós, el consumo de vino y destilados define clases sociales, espacios urbanos y destinos individuales. El alcohol ya no es solo símbolo: es motor narrativo.
El Romanticismo, por su parte, convierte la bebida en aliada del genio solitario. En Baudelaire, el vino es una vía de evasión estética, un medio para acceder a otras capas de la experiencia. Los destilados, absenta, brandy, ginebra, se cargan de significados modernos, decadencia, alienación, ruptura con la moral burguesa.
En el siglo XX, vino y destilados se convierten en lenguajes identitarios. En Hemingway, el vino es paisaje y ética vital; beber bien es una forma de estar en el mundo. En la literatura latinoamericana, el aguardiente y el ron se integran en narrativas donde beber es recordar, resistir o sobrevivir a la historia.
La literatura contemporánea aborda estas bebidas desde una perspectiva reflexiva. El vino aparece como archivo del territorio, como memoria líquida del tiempo y de la herencia cultural. Los destilados se asocian a lo artesanal, a lo marginal o a la reivindicación de identidades locales frente a la homogeneización global. Ya no se glorifica ni se condena: se interpreta. El vino y los destilados funcionan como textos dentro del texto, capas simbólicas que dialogan con el lector culto.
La persistencia del vino y los destilados en la literatura revela una afinidad profunda. Ambos son productos del tiempo, del territorio y de la cultura. Ambos requieren aprendizaje, memoria y contexto. La literatura los ha utilizado para pensar lo humano porque, como ella, son formas de transformación.
Leer y beber comparten un mismo gesto ancestral: detener el tiempo, interpretar el mundo y otorgar sentido a la experiencia. Por eso, mientras exista literatura, el vino y los destilados seguirán ocupando un lugar privilegiado en sus páginas.
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