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COMMANDARIA EL VINO DE LOS TEMPLARIOS.

No olvides dejar reposar las uvas maduras diez noches al aire libre, ni recogerlas de día; recuerda cinco más, antes de que se elabore el vino, dejarlas reposar a la sombra; y en la sexta, afanosamente, empotra el don de Baco, padre de la alegría. (Hesiodo).

Existen vinos destinados a ser simplemente disfrutados, otros que invitan al análisis minucioso, y algunos que se elevan por encima de ambas categorías, mereciendo ser contemplados como auténticos testigos del paso del tiempo. En esta última y excepcional categoría encontramos el Commandaria, una joya enológica cuya relevancia trasciende la simple fermentación de uvas. Reconocido por el Libro Guinness de los Récords como el vino más antiguo del mundo producido de forma ininterrumpida, este dulce ambarino, originario de las laderas del macizo Troodos en Chipre, se erige como un fascinante vestigio de la historia humana. Más que un producto común, el Commandaria es una reliquia cultural que ha perdurado frente al auge y caída de imperios, cruzadas, invasiones y conflictos bélicos, conservando su esencia intacta a lo largo de al menos cinco milenios.

Hablar del vino de Commandaria es hablar de una de las supervivencias culturales más extraordinarias de la historia alimentaria del Mediterráneo. No se trata únicamente de un vino dulce procedente de Chipre, sino de una auténtica cápsula histórica líquida donde confluyen el mundo clásico, las cruzadas medievales, la espiritualidad cristiana oriental, el comercio marítimo mediterráneo, la antropología del lujo, la memoria agrícola campesina y la persistencia de técnicas enológicas prácticamente arcaicas.

Pocos vinos pueden reclamar una continuidad histórica semejante. Mientras la mayoría de las grandes tradiciones vitivinícolas europeas han atravesado rupturas técnicas, reconstrucciones agronómicas o redefiniciones estilísticas profundas, Commandaria conserva todavía rasgos productivos y simbólicos que lo vinculan directamente con el universo antiguo de los vinos de pasas mediterráneos. En cierto modo, beber Commandaria equivale a aproximarse sensorialmente a los gustos dominantes del Mediterráneo premoderno.

La Commandaria nace en las laderas meridionales de los montes Troodos, una región interior de Chipre caracterizada por suelos pobres, clima seco y viticultura de montaña. La dureza de este territorio explica buena parte del carácter histórico del vino. Las cepas, cultivadas tradicionalmente en vaso y en secano extremo, forman parte de una agricultura de resistencia propia de las economías mediterráneas antiguas, donde la vid constituía uno de los pocos cultivos capaces de sobrevivir a condiciones climáticas adversas.

Viñedos en las laderas de los montes Troodos

La propia geografía de la isla ayuda a comprender la singularidad histórica del vino. Chipre ocupó durante siglos una posición estratégica entre Oriente Próximo, Anatolia, Egipto y el Mediterráneo occidental. Esa condición de puente civilizatorio convirtió sus vinos en mercancías altamente apreciadas desde la Antigüedad.

Los testimonios más antiguos remiten ya al universo griego arcaico. Hesíodo describía en "Los trabajos y los días" métodos de sobremaduración y secado de uvas extraordinariamente próximos a los que todavía hoy se utilizan en la elaboración de Commandaria. Aquellas prácticas estaban asociadas a la búsqueda de concentración azucarada y estabilidad natural en un mundo sin técnicas modernas de conservación.

En realidad, los grandes vinos dulces del Mediterráneo antiguo no eran una excepción, sino probablemente el paradigma dominante del vino prestigioso. El gusto antiguo apreciaba la densidad, la riqueza y la concentración aromática. El dulzor constituía un marcador de lujo porque implicaba trabajo, selección y estabilidad comercial.

El nombre “Commandaria” no procede del mundo clásico, sino del universo feudal de las cruzadas. Tras la conquista de Chipre por Ricardo Corazón de León a finales del siglo XII, la isla pasó a integrarse en las complejas redes políticas y militares latinas del Mediterráneo oriental.

Ricardo Corazón de León. (Abraham Cooper).

Los territorios vitícolas administrados por la Orden de los Caballeros Templarios recibieron el nombre de “La Grande Commanderie”, término del que derivaría posteriormente “Commandaria”. Más tarde serían los Caballeros Hospitalarios quienes continuarían explotando y comercializando el vino.

Aquí aparece uno de los elementos más fascinantes de su historia: Commandaria constituye uno de los primeros grandes vinos globalizados de la Europa medieval. Circulaba por las rutas marítimas venecianas y genovesas, viajaba hacia Inglaterra, Francia y los principados italianos, y alcanzó una reputación extraordinaria en las cortes aristocráticas europeas.

La leyenda de la llamada “Batalla de los Vinos”, organizada por Felipe II de Francia en el siglo XIII, sitúa a Commandaria como vencedor simbólico entre los mejores vinos conocidos de la época. Aunque el episodio posee componentes legendarios, revela algo esencial, la existencia ya en plena Edad Media de una conciencia jerárquica del gusto vinícola internacional.

Commandaria se convirtió así en un vino asociado al prestigio político, religioso y cortesano. Su consumo no pertenecía al ámbito cotidiano campesino, sino a las élites militares, monásticas y aristocráticas.

Caballeros templarios

Comprender Commandaria exige abandonar la sensibilidad contemporánea hacia el vino seco y regresar a la antropología histórica del gusto. Durante siglos, el dulzor fue uno de los atributos más valorados en las sociedades mediterráneas y europeas. El azúcar era escaso, caro y simbólicamente asociado al refinamiento. Los vinos naturalmente dulces ocupaban un espacio intermedio entre alimento, medicina y objeto suntuario.

La concentración azucarada implicaba también poder tecnológico y dominio agrícola. Conseguir vinos capaces de viajar largas distancias sin degradarse requería experiencia, selección varietal y conocimiento climático. En una época sin estabilización industrial, la pasificación actuaba como método natural de conservación. Por ello Commandaria no debe entenderse simplemente como un vino dulce, sino como la expresión de una economía cultural del prestigio.

El vino participaba además de funciones rituales y religiosas. En la tradición ortodoxa chipriota ciertos vinos dulces conservaban vínculos con usos litúrgicos, y el simbolismo cristiano del vino como sangre transformada encontraba en estos líquidos densos y oscuros una dimensión particularmente poderosa.


Uno de los aspectos más extra ordinarios de Commandaria es la continuidad de sus métodos productivos. Las variedades empleadas siguen siendo autóctonas: Xynisteri (blanca) y Mavro (tinta)

Tras la vendimia tardía, las uvas son extendidas al sol durante días para favorecer la pasificación. El proceso reduce el contenido de agua y concentra azúcares, ácidos y compuestos aromáticos. Este procedimiento conecta directamente con técnicas documentadas en el Mediterráneo desde época clásica. Los romanos elaboraban vinos semejantes "passum" mediante secado de uvas. El mundo bizantino y posteriormente el islámico mantuvieron también prácticas similares.

La fermentación del mosto extremadamente concentrado produce vinos de gran riqueza alcohólica y elevada densidad glicérica. Posteriormente se desarrolla un envejecimiento oxidativo prolongado en barricas, generando aromas de frutos secos, café, caramelo, higos y especias.

Asoleo

Desde el punto de vista enológico, Commandaria ocupa un territorio híbrido entre los vinos de pasas mediterráneos, los vinos oxidativos históricos, y ciertos vinos licorosos naturales. Su perfil recuerda parcialmente al Pedro Ximénez, al vino de Málaga o incluso a determinados vin santo italianos, aunque conserva una personalidad propia marcada por la rusticidad mediterránea oriental.

La historia de Commandaria es inseparable de las redes marítimas. La estabilidad del vino dulce permitía viajes largos en barco sin deterioro grave, algo fundamental en las economías medievales. Mientras muchos vinos comunes se degradaban rápidamente, Commandaria soportaba el transporte gracias a su riqueza alcohólica y azucarada. Esto explica su éxito comercial entre mercaderes italianos y órdenes militares. La circulación del vino formaba parte de un sistema económico mucho más amplio que incluía: azúcar, especias, seda, cereales, esclavos, y productos de lujo orientales. En cierto sentido, Commandaria fue también una mercancía geopolítica.

Rutas maritimas en el Mediterraneoe la Edad Media

La viticultura chipriota quedó profundamente integrada en los sistemas fiscales y comerciales de las potencias marítimas mediterráneas. Venecianos, genoveses, francos y otomanos explotaron sucesivamente la riqueza agrícola de la isla.

Como ocurre con otros vinos históricos, Commandaria no pertenece solo a la historia agrícola, sino también al imaginario literario. Las referencias medievales y renacentistas presentan el vino chipriota como símbolo de exotismo oriental, refinamiento y nobleza. Los viajeros europeos que recorrían el Mediterráneo oriental describían frecuentemente estos vinos con fascinación.

En la literatura occidental, los vinos dulces orientales funcionaron muchas veces como metáforas de abundancia, sensualidad y lujo decadente. El imaginario artístico asociado al Mediterráneo oriental banquetes, especias, frutos secos, tejidos, puertos y comercio marítimo, encaja plenamente con el universo simbólico de Commandaria.


Existe además un aspecto casi arqueológico en su recepción contemporánea. Muchos aficionados perciben el vino no solo como bebida, sino como supervivencia histórica. Esa dimensión patrimonial lo aproxima a ciertos alimentos rituales o tradicionales cuya importancia excede lo gastronómico.

La modernidad transformó profundamente los gustos vinícolas internacionales. El triunfo del vino seco, la estandarización industrial y la hegemonía francesa desplazaron a muchos vinos dulces históricos. Commandaria sobrevivió, aunque relegada durante décadas a un espacio periférico. Sin embargo, precisamente esa marginalidad ha permitido conservar rasgos antiguos que otros vinos perdieron. Hoy Commandaria aparece como una especie de fósil vivo de la civilización mediterránea del vino.

Su relevancia contemporánea reside tanto en su calidad organoléptica como en su densidad cultural. Representa una forma distinta de entender la relación entre agricultura, tiempo, territorio y memoria. En una época obsesionada con la innovación, Commandaria recuerda que algunos vinos funcionan como archivos históricos líquidos. No es casual que numerosos historiadores de la alimentación consideren estos vinos de pasificación como herederos directos de la gran tradición vinícola de la Antigüedad.


Commandaria desafía las categorías modernas porque pertenece simultáneamente a múltiples temporalidades. Es un vino antiguo consumido en el presente. Un producto agrícola convertido en documento histórico. Una mercancía medieval que sobrevive en la economía contemporánea.n vino litúrgico, aristocrático y campesino al mismo tiempo.

Pocos vinos condensan de forma tan intensa las conexiones entre: agricultura y religión, comercio y poder, paisaje y memoria, técnica y simbolismo, placer y civilización.

Barricas de vino puerto de Limasol en Chipre 1920

Quizá por ello Commandaria produce una impresión singular en quien lo bebe con conciencia histórica, la sensación de que ciertos sabores sobreviven a los imperios, a las religiones y a las transformaciones del mundo. En cada copa permanece todavía algo del Mediterráneo antiguo.

LOS VINOS DE JEREZ IV. ELABORACION, DE LA UVA AL VINO.

"Un buen Jerez produce un doble efecto: primero se sube al interior del cerebro, me seca allí todos los necios, torpes y malolientes vapores que le envuelven; le hace abierto, ágil, inventivo, pleno de concepciones ligeras, ardientes y deleitosas formas; todo lo cual, comunicado a la voz, la lengua, que le da la expresión, produce excelentes ocurrencias. La segunda propiedad de vuestro excelente Jerez, es la de calentar la sangre, que estando antes fría y calmosa, dejaba el hígado blanco y pálido, lo que es signo de pusilanimidad y cobardía; pero el vino de Jerez la calienta y la hace correr del centro a las partes extremas. Ilumina el rostro que, como un faro, ordena armarse a todo el resto de este pequeño reino, el hombre…". (William Shakespeare).

El universo de los vinos de Jerez se construye a partir de un proceso de crianza singular que combina tiempo, técnica y un profundo conocimiento acumulado durante generaciones. Desde el momento en que el vino entra en la bota hasta su preparación final para el embotellado, cada fase responde a una lógica precisa donde intervienen factores biológicos, físicos y humanos. La diversidad de estilos, marcada por distintos tipos de envejecimiento, encuentra su fundamento en elementos clave como la bota de roble, el dinámico sistema de criaderas y solera y la arquitectura específica de las bodegas, concebidas para favorecer unas condiciones ambientales muy concretas. Todo este entramado culmina en el embotellado, fase final en la que el vino se estabiliza y se dispone para su consumo, cerrando así un ciclo en el que tradición y técnica se entrelazan de manera inseparable.


Los Tipos de Envejecimiento.  

La crianza representa una etapa crucial en el proceso de elaboración de los vinos de Jerez. Se trata de la fase más extensa en términos de tiempo, durante la cual se definen las características organolépticas que determinan la rica variedad de este tipo de vinos.

En la región del Jerez se llevan a cabo dos modalidades principales de crianza. La primera, conocida como envejecimiento o "crianza oxidativa", consiste en el reposo y evolución del vino en botas de madera, donde experimenta cambios físico-químicos lentos influenciados por las condiciones ambientales. La segunda modalidad, denominada "crianza biológica", implica un proceso más dinámico bajo el efecto del velo de flor, una capa biológica formada por levaduras autóctonas que cubre la superficie del vino y que lo transforma de manera única.

En la crianza biológica, el papel del velo de flor es fundamental. Esta capa no solo protege al vino de la oxidación al evitar su contacto directo con el aire dentro de las botas, sino que también genera interacciones complejas con el líquido. Estas levaduras consumen componentes clave del vino, como el alcohol, la glicerina y la acidez volátil, modificando así sus propiedades originales. A su vez, estimulan un notable aumento en el contenido de acetaldehídos, responsables del característico aroma punzante que desarrolla el vino durante este proceso.


Por otro lado, la crianza oxidativa da lugar a características completamente distintas. En este caso, el vino, expuesto al oxígeno del aire y con una mayor graduación alcohólica, experimenta un oscurecimiento progresivo y una concentración más marcada debido a la evaporación de ciertos compuestos a través de las porosas paredes de las botas.

Según lo estipula el Pliego de Condiciones de la Denominación de Origen, los vinos de Jerez deben ser envejecidos durante al menos dos años. No obstante, es común que este periodo se extienda considerablemente para lograr que los vinos adquieran las cualidades típicas asociadas a cada una de las tipologías.

Mientras que la crianza oxidativa se puede llevar a cabo mediante un método estático, es decir, sin mezclar vinos con diferentes niveles de envejecimiento, en la región de Jerez lo habitual es recurrir a un sistema dinámico conocido como "criaderas y solera". Este método es esencial para garantizar el éxito del proceso de crianza biológica y se ha convertido en un elemento distintivo de los vinos de esta región.


La bota de roble el recipiente ideal del Jerez.

La historia del Jerez y el recipiente que lo contiene está marcada por una evolución significativa. Durante más de dos mil años, los vinos de esta región fueron almacenados en vasijas cerámicas como ánforas y tinajas. Sin embargo, en pleno medioevo, las expediciones de Jerez comenzaron a notar las ventajas de utilizar botas de madera para el transporte. Este cambio revolucionó la industria vinícola local al introducir la bota no solo como recipiente de expedición, sino también como vasija para la guarda y crianza del vino, transformando sus propiedades sensoriales y dando origen al Jerez tal como lo conocemos hoy.

En cuanto a los tamaños y tipos de vasijas empleadas en la crianza, la tradición vinícola ha contemplado una gran diversidad según las características de las bodegas y sus espacios. Desde toneles con capacidad para 900 litros hasta pequeños barriles de una arroba que apenas contienen 16,66 litros, pasando por toneletes, bocoyes, botas gordas, largas, cortas, medias botas y cuarterones. Además, se han utilizado distintas maderas como castaño, roble del país y, especialmente, roble americano.

En la actualidad, aunque algunas bodegas aún mantienen otros tipos de vasijas, la preferida y más extendida es la conocida "bota bodeguera", hecha de roble americano con una capacidad estándar de 600 litros (equivalentes a 36 arrobas). Este roble es particularmente apreciado debido a sus aportes únicos al vino y su empleo data de los primeros intercambios comerciales con América, cuando se importaban las maderas y exportaban los vinos de la región.

Una particularidad esencial es que las botas no se llenan completamente. En los casos de crianza bajo velo de flor, el llenado suele alcanzar solo las 30 arrobas (500 litros), dejando un espacio conocido como "dos puños" de aire en su interior. Este margen proporciona la superficie necesaria para el desarrollo del velo de flor y facilita una relación óptima entre volumen y superficie para maximizar su influencia en el vino.

La bota de madera no es un recipiente hermético ni inerte. La permeabilidad al oxígeno y la capacidad de adsorber agua contribuyen activamente al proceso de envejecimiento del vino. A medida que el agua del vino transpira hacia el ambiente de la bodega, provoca una pérdida anual conocida como "merma", que equivale al 3-4% del volumen total almacenado. Este fenómeno resulta en una concentración progresiva de los demás componentes del vino y, tras largos años de crianza sin velo de flor, en un incremento gradual de su graduación alcohólica.

Esta concentración no es el único cambio que experimenta el vino en la bota. El recipiente aporta sutiles notas aromáticas procedentes de su madera, previamente envinada para adaptarse plenamente al proceso de crianza. Paralelamente, el vino evoluciona gracias al contacto continuo con pequeñas dosis controladas de oxígeno que penetran a través de la madera. En el caso de la crianza biológica bajo velo de flor, este proceso adopta una dinámica distinta pero igualmente enriquecedora, transformando el Jerez en una bebida excepcional que refleja la fusión perfecta entre tradición y naturaleza.


El Sistema de Criaderas y Solera.

Es el método tradicional y único para el envejecimiento de los vinos de Jerez, diseñado para conservar sus características distintivas en el producto final, fruto de la mezcla de cosechas. Este proceso dinámico implica la combinación metódica de vinos con diferentes niveles de maduración, creando una mezcla compleja que perpetúa los atributos deseados en el vino comercializado.

Para llevar a cabo este sistema, es imprescindible clasificar los vinos en la bodega según su nivel de envejecimiento. Esto se organiza en las llamadas criaderas o escalas, compuestas por un conjunto específico de barricas. La escala más baja del sistema y la que contiene el vino más envejecido se denomina solera, ya que se sitúa directamente sobre el suelo. Encima de la solera se colocan las criaderas adicionales, ordenadas en función de su antigüedad creciente (1ª criadera, 2ª criadera, y así sucesivamente).

El vino destinado al consumo procede exclusivamente de la solera, de donde se extraen periódicamente pequeñas cantidades mediante un proceso llamado "saca". Este vaciado parcial se compensa con vino extraído de la criadera inmediatamente superior (1ª criadera), y de forma consecutiva, cada criadera se rellena con vino procedente de escalas más jóvenes. Finalmente, la criadera más joven se completa con el vino proveniente de las añadas o sistema de sobretablas. El acto de rellenar ese vacío parcial en cada escala recibe el nombre de "rocío".

Este flujo continuo da lugar a una mezcla multifacética en la solera, enriquecida con vinos de diversas añadas. El proceso conjunto de realizar las sacas y los rocíos se denomina "correr escalas", siendo un trabajo minucioso que requiere gran destreza y cuidado por parte del personal especializado conocido como trasegadores.


El traslado o "trasiego" del vino entre las escalas debe realizarse con sumo cuidado para evitar alterar tanto el velo de flor que protege la crianza biológica como los depósitos denominados "cabezuelas" acumulados en el fondo de las barricas a lo largo del tiempo. Para ello, se emplean técnicas tradicionales y herramientas específicas que garantizan la homogenización del vino durante el rocío, preservando su calidad.

La periodicidad y cantidad del vino extraído están estrictamente reguladas según las características propias de cada tipo de vino, puesto que estos factores influyen directamente en los tiempos de crianza. El periodo promedio de envejecimiento en un sistema de solera se calcula dividiendo el volumen total del vino almacenado entre la cantidad extraída anualmente durante las sacas. Las normas del Consejo Regulador establecen que este tiempo medio no debe ser inferior a dos años para garantizar que los vinos cumplan con los estándares exigidos antes de salir al mercado.

El sistema de solera confiere una dinámica única al proceso de crianza del vino, marcando de manera particular su naturaleza. Su funcionamiento permite preservar las características inherentes del vino de la solera, minimizando las variaciones entre vendimias y ofreciendo una continuidad en su calidad y personalidad.

Un aspecto destacado de este método es su impacto positivo sobre la crianza biológica bajo velo de flor. Durante esta etapa, los vinos experimentan una continua interacción metabólica con las levaduras que conforman dicho velo. Para sostener este complejo ecosistema, es fundamental el aporte continuo de micro-nutrientes esenciales, lo cual se logra mediante la incorporación de pequeñas cantidades de vinos jóvenes provenientes de las cosechas recientes. A través de los sucesivos rocíos o reposiciones, estas contribuciones nutren las escalas más avanzadas de crianza, garantizando una renovación constante de los compuestos necesarios para que el velo de flor mantenga su actividad y efectividad. Sin este aporte, el desarrollo biológico podría disminuir significativamente.

Operación de rociado

Otra característica clave del soleraje es el movimiento continuo de los vinos entre las distintas barricas, lo que ocasiona la disolución de pequeñas cantidades de oxígeno. Este oxígeno ayuda a regenerar y fortalecer el velo de flor, que tiende a deteriorarse tras cada trasiego. Sin embargo, este oxígeno es rápidamente consumido por la respiración de las levaduras, dejando el vino protegido bajo la atmósfera inerte generada por el propio velo de flor. En cuanto a los vinos sometidos a crianza oxidativa o tradicional, el oxígeno incorporado durante los trasiegos acelera los procesos oxidativos, favoreciendo una maduración más intensa y enriquecedora del carácter del vino.

Las Bodegas síntesis de estética y funcionalidad arquitectónica.

Los intrincados procesos asociados a la crianza y envejecimiento de los vinos de Jerez requieren condiciones medioambientales específicas que no son intrínsecamente propicias en el clima predominante del Marco de Jerez. Esta región, caracterizada por un clima cálido meridional influenciado significativamente por el Océano Atlántico, presenta variaciones marcadas de temperatura y fluctuaciones en los niveles de humedad derivadas de los vientos predominantes. Tales desafíos ambientales han obligado a los arquitectos y bodegueros a desarrollar construcciones diseñadas estratégicamente para mitigar los factores climáticos adversos y optimizar aquellos que favorecen el proceso enológico.

A primera vista, las bodegas del Marco de Jerez destacan como estructuras arquitectónicamente imponentes, cuyas dimensiones y belleza estética capturan la atención inmediata. Sin embargo, un análisis más profundo revela que estas edificaciones no solo exhiben elegancia visual, sino que están diseñadas con una funcionalidad excepcional en sintonía con las exigencias del proceso de crianza de los vinos de Jerez.


Cada detalle arquitectónico, desde la orientación del edificio hasta las características específicas de las fachadas y cubiertas, cumple una función reguladora fundamental. Estas estructuras actúan como filtros que gestionan la interacción entre los elementos climáticos externos y el interior, logrando así estabilizar las condiciones necesarias para el desarrollo óptimo del vino. Las oscilaciones térmicas internas se minimizan gracias a la alta inercia térmica de los muros, que moderan los cambios de temperatura, mientras que su permeabilidad permite mantener un flujo adecuado de humedad. De esta forma, se asegura una constancia higrotérmica entre el día y la noche.

La elección estratégica de las ubicaciones para erigir las bodegas también refleja una comprensión profunda de la climatología local. Estas suelen situarse en áreas que facilitan el acceso a suaves corrientes de aire provenientes del sur y del oeste, trazadas desde el Atlántico. Estas brisas nocturnas con alto contenido de humedad son particularmente críticas para el desarrollo del velo de flor, un elemento esencial en la elaboración de los vinos.


Desde un punto de vista geométrico, las bodegas presentan plantas predominantemente rectangulares orientadas en dirección noroeste-sureste. Esta disposición asegura una máxima captación de la humedad del océano al tiempo que protege el interior del impacto directo de los vientos desfavorables del noreste y del Levante. Además, dicha orientación minimiza la exposición a la insolación directa sobre las fachadas, contribuyendo así al control térmico.

En cuanto al diseño vertical, estas bodegas son notoriamente altas, algunas llegando a los 15 metros en su punto máximo. Este espacio interior contribuye al desarrollo del oxígeno adecuado para la levadura de flor dentro de las botas; a su vez, genera un gran volumen de aire que actúa como una cámara natural de aislamiento térmico e higrométrico. La altura también facilita un sistema de ventilación pasiva basado en diferencias térmicas, cuando no soplan los vientos atlánticos, el aire cálido tiende a ascender hacia las zonas superiores, permitiendo su extracción mediante aberturas estratégicamente situadas en los muros este y oeste. Esto genera corrientes verticales y horizontales que expulsan el aire caliente acumulado al exterior.

Exteriormente, las soluciones arquitectónicas también reflejan una integración sensible al medioambiente. Durante el verano, las fachadas sur son protegidas mediante pantallas vegetales o pérgolas ubicadas en calles adyacentes. Estas protecciones actúan como filtros solares, reduciendo la incidencia directa de la radiación mientras permiten el paso controlado de brisas frescas hacia el interior. En invierno, al desaparecer el follaje de estas barreras naturales, las fachadas revestidas con cal maximizan la absorción solar durante el día, almacenando calor que se transfiere paulatinamente hacia el interior durante la noche.


De esta manera, las bodegas del Marco de Jerez constituyen un ejemplo paradigmático de arquitectura bioclimática que no solo responde a las exigencias específicas del proceso vinícola tradicional, sino que también armoniza la funcionalidad técnica con un diseño estético notablemente sofisticado.

Las ventanas suelen ubicarse en la parte superior de los cerramientos verticales, específicamente en el tercio superior, y se caracterizan por ser pequeñas, de forma rectangular o cuadrada, dispuestas en patrones repetitivos y simétricos. Los arcos que soportan la cubierta están diseñados estratégicamente para permitir la entrada de brisa y favorecer la circulación del aire en sentido perpendicular al eje longitudinal de la nave. La elevada posición de las ventanas, junto con el uso de esteras de esparto, genera una iluminación diagonal, tenue y homogénea que se mantiene constante pese a la variación de la posición del sol respecto a las fachadas. Estas esteras, además de controlar y suavizar la luz, actúan como filtro para evitar la entrada de polvo o insectos no deseados en el interior de la bodega. La penumbra uniforme dentro del espacio no solo regula la temperatura, sino que también garantiza el ambiente tranquilo y estable necesario para el reposo adecuado de las botas.


Las paredes laterales de las bodegas cuentan con un grosor mínimo de 60 centímetros, suficiente para soportar la altura de las estructuras externas y proporcionar un excelente aislamiento térmico. Están construidas con materiales altamente higroscópicos, lo que contribuye a mantener elevados niveles de humedad en el entorno. Por otro lado, el pavimento está recubierto con albero, un material poroso que se riega dependiendo de la estación del año. Este procedimiento permite regular tanto la temperatura como la humedad, ya que el albero, tras saturarse con agua, libera esta gradualmente, potenciando la refrigeración del ambiente.

En resumen, este sistema constructivo combina una serie de técnicas diseñadas específicamente para garantizar que el vino madure en condiciones óptimas, proporcionando un entorno ideal para el desarrollo de su crianza.


Embotellado la Etapa Final.

Tras realizar la extracción de las botas de la solera, el vino se encuentra en su punto óptimo para ser embotellado o, en ciertos casos, para ser sometido a un proceso de mezcla con otros vinos, conocido como cabeceo. Esta práctica tiene como objetivo definir y obtener distintas tipologías de los emblemáticos vinos de Jerez. En estas situaciones, es habitual que la mezcla obtenida retorne a barricas de madera durante un período adicional, permitiendo así un ensamblaje completo y definitivo.

Para aquellos vinos destinados a ser embotellados directamente, se lleva a cabo primero un proceso de clarificación. Este procedimiento suele implicar el uso de bentonita, clara de huevo o gelatinas, sustancias que facilitan la decantación al arrastrar las partículas sólidas suspendidas en el líquido. A continuación, el vino pasa por un filtrado que, en la mayoría de los casos, se complementa con un tratamiento de frío. Este tratamiento busca inducir la formación de cristales de bitartrato, evitando que estos se desarrollen una vez el vino se encuentra embotellado y expuesto a cambios bruscos de temperatura. Según el grado alcohólico del vino, se somete a temperaturas controladas que oscilan entre los -7 °C y los -11 °C durante varios días.


Concluido este proceso, los cristales formados y precipitados son retirados, y el vino vuelve a ser filtrado. De esta manera, el líquido logra una claridad y brillo perfectos antes del embotellado final.

Para garantizar la conservación óptima de sus características organolépticas durante el mayor tiempo posible y prevenir la oxidación causada por la presencia de aire en el interior de las botellas, muchas bodegas emplean técnicas avanzadas de embotellado con gas inerte. Este procedimiento consiste en introducir una pequeña cantidad de nitrógeno dentro de las botellas tras su llenado y justo antes de colocar el tapón. Dado que el nitrógeno es un gas completamente inerte y más denso que el aire, desplaza cualquier presencia de oxígeno, creando un ambiente completamente aislado. Así, el vino queda perfectamente acondicionado para su viaje final hacia el consumidor.


Embotellado en Rama.

El embotellado de vinos de Jerez bajo la denominación "en rama" se ha vuelto cada vez más común en el mercado, aunque aún carece de una definición normativa estricta. En su acepción literal, un vino "en rama" sería aquel consumido o embotellado directamente desde la bota.

Sin embargo, en la práctica, esto es imposible de realizar de manera literal, ya que como mínimo el vino debe pasar por un proceso de filtrado antes de ser embotellado. Este filtrado puede realizarse con un colador que retenga los elementos sólidos más evidentes contenidos en la bota o, en el caso de finos y manzanillas, con filtros que impidan el paso de las levaduras.

El propósito del concepto "en rama" es capturar en la botella la experiencia más fiel posible del vino tal y como se encuentra en la solera. Es decir, recrear lo que se percibiría si se degustara directamente desde la bota mediante venencia, conservando la esencia y el carácter original del vino.

El color y la claridad del vino "en rama" variarán en función de su estilo y tiempo de crianza. Estos vinos pueden presentar tonalidades más intensas y menos limpidez en copa, lo que resulta especialmente notorio si se ha realizado un enfriamiento previo a su consumo:

  • Esta característica es más relevante en los vinos sometidos a crianza biológica, ya que la presencia de la flor introduce un reto adicional para su clarificación.
  • En cambio, en los vinos de crianza oxidativa con largos periodos de envejecimiento, estas diferencias podrían no ser tan perceptibles debido a su natural decantación prolongada.

Los vinos "en rama" que no han sido estabilizados están sujetos a una evolución más rápida dentro de la botella. Similar a lo que ocurre con otros vinos de guarda, desarrollarán nuevos matices y una mayor complejidad con el tiempo. La calidad y la duración de esta evolución dependerán esencialmente de las propiedades originales del vino embotellado.

CONSULTAR

LOS VINOS DE JEREZ III. ELABORACION, DE LA UVA AL VINO.

"Llenaronse de regocijo los pechos, porque se llenaron las tazas de generosos vinos: que, cuando se trasiegan por la mar de un cabo a otro, se mejoran de manera, que no hay nectar que se les iguale". (Miguel de Cervantes).

En los vinos del Marco de Jerez, la fortificación, tradicionalmente denominada "encabezado", constituye el punto de inflexión entre el vino base y su destino en crianza. Tras la fermentación, los mostos son evaluados y clasificados, y es en ese momento cuando la adición controlada de alcohol vínico no solo eleva el grado alcohólico, sino que define el rumbo del vino, favorecer el desarrollo del velo de flor o conducirlo hacia una evolución oxidativa. Este gesto técnico, aparentemente simple, articula todo el sistema posterior, desde las sobretablas hasta la segunda clasificación, y determina la identidad final de cada estilo de Jerez.


Clasificación de los Mostos.

A finales de diciembre, los vinos nuevos, comúnmente aún llamados "mostos", han pasado por el proceso de "deslío". Este consiste en separar el vino de los sedimentos sólidos generados durante la fermentación, dejándolos listos para su primera clasificación. Diversos factores determinan las características de estos mostos, como las condiciones específicas de la vendimia, el origen de las uvas, la presión aplicada al extraer el jugo y el desarrollo de la fermentación. Esto da lugar a lotes de vino base con propiedades organolépticas y analíticas variables.


En esta fase, los catadores se encargan de evaluar cada lote de vino nuevo, dividiéndolos en dos grandes grupos:

Por un lado, los mostos con una tonalidad especialmente clara y una delicadeza destacada, generalmente procedentes de extracciones sin presión o con presiones muy suaves, son seleccionados para su crianza como finos o manzanillas. Estos depósitos se identifican con una marca en forma de raya vertical inclinada conocida como "palo".

Por otro lado, los mostos con mayor cuerpo y estructura se destinan directamente a la elaboración de vinos olorosos, y los depósitos se señalan con un círculo.

Las decisiones de clasificación de los catadores suelen complementarse con análisis de laboratorio. Sin embargo, el juicio final recae en la experiencia y sensibilidad olfativa de los expertos. Con su destreza, estos determinan el destino más adecuado para cada lote de vino, basándose en las propiedades únicas que cada uno posee.

El encabezado o fortificación. 

Es una de las prácticas distintivas que define al vino de Jerez, conocido por ser un vino fortificado. En el ámbito bodeguero de Jerez, este proceso se denomina "encabezado". Básicamente, consiste en la adición de una cantidad controlada de alcohol vínico al vino base con el objetivo de incrementar ligeramente su graduación alcohólica final.

El origen de esta técnica se remonta a siglos atrás, cuando era necesario estabilizar los vinos destinados a mercados lejanos. Debido a las largas travesías, se requería protegerlos para garantizar su conservación y calidad hasta llegar a su destino. En la actualidad, aunque las necesidades logísticas han evolucionado enormemente, el encabezado se mantiene como una práctica tradicional con fines enológicos específicos.

El proceso comienza una vez que los vinos son clasificados. La alcoholización se realiza de forma gradual mediante el método conocido como "mitad y mitad", en el que se mezcla el vino con alcohol vínico hasta alcanzar la graduación deseada. Tras la fermentación natural, el vino base suele tener una graduación alcohólica de entre 11º y 12,5º.

Los vinos destinados a la crianza como finos y manzanillas son encabezados hasta llegar a una graduación alcohólica total de 15º. Por otro lado, aquellos seleccionados para convertirse en vinos olorosos se fortifican hasta alcanzar, como mínimo, los 17º de contenido alcohólico. De este modo, el encabezado se mantiene como un pilar esencial en la elaboración y personalidad única de los vinos de Jerez.

La fortificación es una herramienta clave que permite al bodeguero influir en el tipo de envejecimiento que experimentará el vino. Según el nivel alcohólico que alcance tras este proceso, el vino seguirá uno de los dos métodos principales de crianza característicos del vino de Jerez.

Cuando el vino se fortifica alcanzando los 15º de alcohol, se establece un equilibrio que favorece la supervivencia de las levaduras encargadas de formar el velo de flor, a la vez que inhibe el desarrollo de otros microorganismos indeseables. Este control biológico selecciona exclusivamente la actividad de estas levaduras, que forman una capa protectora en la superficie del vino. Este velo no solo previene la oxidación, sino que también promueve una serie de transformaciones químicas que dan lugar al proceso conocido como Crianza Biológica.

Por otro lado, si el vino se fortifica hasta superar los 17º, la elevada concentración alcohólica dificulta cualquier actividad biológica, incluyendo la de las resistentes levaduras del velo de flor. Al desaparecer esta capa protectora, el vino queda expuesto al contacto directo con el oxígeno, iniciando un lento proceso de oxidación. Este fenómeno se manifiesta mediante un progresivo oscurecimiento del color y se enmarca dentro de lo que se conoce como Crianza Oxidativa o físico-química.


Cada uno de estos métodos de crianza genera perfiles organolépticos únicos, lo que contribuye significativamente a la extraordinaria diversidad y riqueza de los vinos de Jerez.

Las Sobretablas y la Segunda Clasificación.

Una vez completado el encabezado, los vinos jóvenes ya están preparados para dejar atrás los depósitos y continuar su proceso dentro de las botas de madera, que serán su único refugio hasta el momento de su embotellado final.

En el caso de los vinos destinados a la crianza oxidativa, conocidos como futuros olorosos, su carácter se muestra evidente desde el primer momento. Sin embargo, lo mismo no ocurre con los vinos clasificados para la crianza bajo el velo de flor, cuyo desarrollo resulta menos predecible.

Los vinos olorosos ya reflejan una estructura y unos matices organolépticos bien definidos tras la primera evaluación realizada por los catadores. Una vez encabezados a la graduación alcohólica definitiva, están listos para integrarse en los sistemas de envejecimiento. Frecuentemente, estos vinos de una misma añada se almacenan juntos, en lo que se denomina "añada", para proceder a los sucesivos trasiegos dentro del sistema de criaderas y soleras.

Por su parte, el período conocido como "sobretablas" es fundamental para los vinos encabezados a 15º, aquellos en los que se busca conservar y fomentar la formación del velo de flor. Es en esta etapa intermedia entre la primera clasificación y su entrada definitiva en crianza cuando el vino empieza a mostrar con mayor claridad su verdadera vocación. Consideremos que la primera clasificación se realiza cuando los vinos apenas tienen semanas de vida, de modo que esta fase permite que sus características comiencen a consolidarse. En un período de entre seis meses y un año, los catadores revisan cada bota de manera minuciosa durante la segunda clasificación, tarea mucho más detallada que la primera, pues ahora se evalúan las botas individuales de 500 litros en lugar de grandes depósitos de hasta 50.000 litros.

La segunda clasificación presenta un abanico más amplio de posibilidades. Las botas donde el velo de flor continúa siendo fuerte y activo tras varios meses reciben las conocidas marcas de "palmas". Estas indican que el vino mantiene su vocación hacia la crianza biológica, conservando su palidez inicial e intensificando las características notas punzantes asociadas al velo de flor.

En ocasiones, ciertas botas con un velo aún presente, pero con atributos muy singulares, se identifican con el marcado distintivo de un "palo cortado". Con este criterio, el capataz indica que aunque el vino posee características de crianza biológica como finura y elegancia, se decidirá en función del propio desarrollo reconducirlo hacia una crianza oxidativa. Estos vinos excepcionales son seleccionados con base en directrices específicas propias de cada bodega. Posteriormente, se les encabeza a más de 17º para dar paso al envejecimiento definitivo.

En otros casos, puede ocurrir que ciertos vinos clasificados inicialmente para crianza bajo velo de flor no evolucionen como se esperaba. Si el velo se debilita o desaparece significativamente durante el período de sobretablas, será necesario ajustar su destino adaptándolo a su verdadera naturaleza mediante un encabezado a más de 17º y dirigiéndolos hacia una crianza oxidativa que dé lugar a un perfil de vino oloroso.


Finalmente, en esta etapa también se identifican aquellos vinos que no cumplen con las características requeridas para formar parte de los diversos estilos del vino de Jerez. Aquellos con acidez volátil elevada suelen destinarse a refrescar las criaderas del Vinagre de Jerez u otros usos secundarios según corresponda.

Concluida esta exhaustiva etapa de segunda clasificación, los vinos están finalmente listos para alimentar los sistemas de criaderas y soleras, iniciando así su definitiva maduración en el camino hacia lo que serán sus características únicas como parte del patrimonio enológico del Jerez.

Diversidad de estilos.

La diversidad es indiscutiblemente uno de los rasgos más característicos de la identidad del Jerez. Finos, olorosos, moscateles... una variedad de vinos que despliega una paleta cromática aparentemente infinita, al igual que la extraordinaria riqueza de aromas, sabores y texturas que conforman el vasto universo de estas Denominaciones de Origen. Los vinos de Jerez abarcan un espectro sorprendente, desde los tonos más pálidos hasta los más oscuros, y desde los sabores más secos hasta los más dulces.


Todo ello se logra a partir de únicamente tres tipos de uva, todas blancas, y mediante un proceso de elaboración completamente único. Esta genuina singularidad se erige como resultado de una tradición vinícola milenaria, que ha situado la enología de Jerez entre las más avanzadas del mundo. Aunque la calidad de la materia prima, la uva, y su origen son elementos cruciales, el proceso de elaboración incluye una serie de decisiones estratégicas tomadas por el bodeguero. Este es quien guía cuidadosamente el desarrollo del vino, dando vida a las distintas "familias" de vinos de Jerez. Dentro de cada familia, diversos tipos se distinguen por sus colores, aromas, sabores y complejidades estructurales.

El Proceso de Vinificación.

La elaboración de los reconocidos vinos de Jerez sigue un proceso técnico y especializado, en el cual la mayoría de las uvas empleadas se someten a una vinificación orientada hacia la fermentación completa de los mostos obtenidos tras el prensado de uvas frescas. Este procedimiento tiene como objetivo producir vinos completamente secos, lo que significa que contienen cantidades mínimas y prácticamente insignificantes de azúcares residuales no transformados en alcohol. Por lo general, los viñedos emplean la variedad de uva Palomino, que, tras su cosecha, es transportada con celeridad a los lagares. Allí se lleva a cabo un prensado suave para extraer un mosto limpio, claro y ligero. La fermentación total de dicho mosto da como resultado el denominado "vino base", un vino blanco totalmente seco que constituye la base para la producción de todos los vinos generosos de Jerez y la Manzanilla. 

En contraste, la vinificación de las variedades Pedro Ximénez y Moscatel presenta características específicas que responden a un objetivo enológico distinto, obtener vinos con el mayor contenido azucarado posible. Estas variedades son seleccionadas debido a su capacidad para alcanzar un nivel de madurez superior al de la Palomino, característica esencial para las particularidades del proceso. Como parte del método, estas uvas suelen ser sometidas al "soleo", una técnica que consiste en exponer los racimos al sol durante varios días. Este proceso promueve la evaporación del agua contenida en las bayas y fomenta su pasificación progresiva, logrando así una mayor concentración de azúcares naturales.

El mosto obtenido del prensado de estas uvas pasificadas inicia su proceso fermentativo de manera notablemente lenta debido a la alta densidad azucarada presente. Para preservar esta riqueza de azúcares naturales, el bodeguero detiene deliberadamente la fermentación mediante la adición de alcohol vínico, lo que permite que solo una fracción del azúcar sea transformada en alcohol, dejando intacto un porcentaje considerable del contenido original. 

Los vinos resultantes de este proceso son empleados, con frecuencia, en operaciones de "cabeceo" o mezcla con los vinos secos producidos a partir de fermentación completa. Este ensamblaje posibilita la creación de vinos con diferentes grados de dulzor final. En síntesis, la metodología empleada, ya sea una fermentación total o parcial, resulta determinante para la obtención de vinos completamente secos, los denominados vinos generosos o excepcionalmente dulces, clasificados como vinos dulces naturales. 


Asimismo, la combinación de estos dos tipos principales da lugar a una categoría intermedia conocida como "vinos generosos de licor", caracterizada por presentar distintos niveles de dulzor según el equilibrio entre sus componentes.

Las Modalidades de Crianza del Vino.  

Un elemento clave para diferenciar los vinos es el tipo de crianza al que han sido sometidos durante su evolución en las botas de madera. Los vinos que experimentan exclusivamente crianza biológica, resguardados del contacto directo con el oxígeno gracias al velo natural de flor, preservan su tonalidad pálida inicial, una estructura ligera y etérea, así como notas aromáticas y gustativas distintivas. Estas características son el resultado emblemático de la interacción con las levaduras que constituyen el velo de flor.  


En cambio, los vinos sometidos a crianza oxidativa, también conocida como crianza físico-química, permanecen en contacto directo con el oxígeno atmosférico, lo que provoca un cambio gradual hacia tonalidades más oscuras. Este proceso también favorece la incorporación de aromas profundos y complejos, además de sabores intensos y persistentes que perduran en el paladar, fortalecidos por una estructura progresivamente más robusta. La decisión enológica de ajustar el grado alcohólico del vino hasta aproximadamente 15,5 % o elevarlo por encima del 17 % desempeña un papel crucial en la permanencia o desaparición del velo de flor. Esto, a su vez, define el tipo de envejecimiento y las características organolépticas que el vino desarrollará con los años.   

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LOS VINOS DE JEREZ II. ELABORACION, DE LA UVA AL VINO.

"Es la sangre de mi tierra, / desde los tiempos arcanos, / de albarizas y secanos, / de azul mar y verde sierra. / Allá respira y se entierra, / la noble vid Palomino, / madre del jugo divino, / que en barricas de buen roble, / envejece y se hace noble, / de vinos, el mejor vino." (Paco Zurita).

La vinificación del vino de Jerez constituye uno de los procesos enológicos más singulares del mundo, resultado de siglos de adaptación humana a un territorio concreto, el triángulo formado por Jerez de la Frontera, Sanlúcar de Barrameda y El Puerto de Santa María, en la provincia de Cádiz. Este paisaje, dominado por los suelos de albariza, el clima atlántico y la influencia de los vientos de levante y poniente, condiciona de manera decisiva el carácter de estos vinos. 

Elaborado principalmente a partir de la variedad palomino fino, el proceso comienza con una vendimia temprana destinada a preservar frescura y equilibrio. Tras el prensado y la fermentación, aparece una de sus grandes singularidades, la clasificación de mostos y su posterior encabezado con alcohol vínico. A partir de aquí, el vino inicia caminos diferenciados según vaya a desarrollar crianza biológica bajo velo de flor o crianza oxidativa en contacto con el oxígeno. El sistema dinámico de criaderas y soleras, auténtica seña de identidad del Marco de Jerez, permite ensamblar cosechas y garantizar continuidad estilística. El resultado son vinos de extraordinaria complejidad histórica, cultural y sensorial, profundamente ligados a la identidad andaluza y a la tradición comercial internacional.

Entrada de la uva en bodega

El Proceso de Prensado.

Cuando las uvas llegan al lagar, se realiza un control de pesaje supervisado por el Consejo Regulador antes de ser descargadas. Este procedimiento busca garantizar que no se sobrepasen los límites de producción establecidos por parcela para cada campaña. Además del pesaje, se toma una muestra representativa de las uvas transportadas para analizar parámetros clave, como el grado de maduración y el estado sanitario del fruto.

Las uvas suelen descargarse en una tolva de recepción equipada con tornillos sin fin en su base, los cuales transportan el producto hasta la primera etapa del proceso, que generalmente consiste en una molturadora o una despalilladora-molturadora. La molturación tiene como propósito romper el hollejo o piel de la uva, facilitando la liberación del mosto, compuesto principalmente por los jugos de la pulpa. Esto es esencial para optimizar la extracción del mosto.

Por otro lado, el despalillado, que consiste en separar los raspones de los racimos, puede ser parcial o completo y es una operación opcional previa a la molturación. Aunque los raspiones rotos pueden aportar compuestos herbáceos o taninos que afecten negativamente a la calidad del vino, su presencia en pequeña medida y sin fracturas puede ser beneficiosa desde un punto de vista técnico, ya que favorecen el drenaje del mosto durante las fases de prensado o escurrido, mejorando así el rendimiento en la extracción.


Tras la molturación y, si corresponde, el despalillado, la pasta obtenida junto con el mosto liberado es conducida al sistema de extracción. En esta etapa, mediante la aplicación de distintos niveles de presión, se extraen diversas fracciones del mosto. El mosto se clasifica en diferentes categorías según la presión ejercida:  

  • Mosto de "primera yema": (alrededor del 65% del volumen total):** obtenido con presiones inferiores a 2 kg/cm².  
  • Mosto de "segunda yema": (aproximadamente el 23% del volumen total):** extraído con presiones inferiores a 4 kg/cm².  
  • Mosto prensa: extraído bajo presiones superiores a 6 kg/cm².

Cada una de estas fracciones tiene características específicas que determinan su uso. Por ejemplo, debido a su perfil analítico más delicado, el mosto de primera yema es ideal para vinos destinables a la crianza biológica. En cambio, los mostos de segunda yema, con mayor carácter estructural derivado de las partes sólidas, se orientan hacia la elaboración de vinos para envejecimiento oxidativo o fisicoquímico.

Según lo establecido en el Reglamento de la Denominación de Origen, únicamente los mostos obtenidos con un rendimiento máximo de 70 litros por cada 100 kilogramos de uva están autorizados para la producción de Vinos de Jerez. Los mostos extraídos bajo presiones superiores solo pueden destinarse a la elaboración de otros tipos de vinos no calificados, a vinos destinados a destilación o para la producción de otros subproductos.

Preparación de Mostos para la Fermentación.

Los mostos recién obtenidos requieren una preparación previa a la fermentación con el propósito de prevenir oxidaciones, minimizar riesgos de contaminación bacteriana y optimizar las características aromáticas que influirán en la calidad del vino. En primer lugar, se procede a filtrar el mosto, tras lo cual se realiza un ajuste de pH mediante la adición controlada de ácido tartárico. Este procedimiento no solo contribuye a inhibir el desarrollo de microorganismos no deseados durante la fermentación, sino que también asegura la obtención de vinos bien equilibrados y aptos para su posterior envejecimiento.


Posteriormente, se emplea anhídrido sulfuroso en dosis que oscilan entre 60 y 100 mg/L, dependiendo del estado sanitario de la uva recolectada, con la finalidad de prevenir tanto la oxidación como posibles contaminaciones bacterianas. Este compuesto se aplica habitualmente en forma gaseosa por medio de inyección directa en las conducciones utilizadas para el transporte del mosto. Como siguiente etapa del proceso, se lleva a cabo el desfangado, que consiste en la eliminación de partículas en suspensión mediante un proceso de decantación controlada. Una vez clarificado, el mosto limpio se transfiere a los depósitos previstos para llevar a cabo la fermentación, quedando preparado en condiciones óptimas para el desarrollo del proceso enológico subsiguiente.

La Fermentación Alcohólica.

La fermentación alcohólica puede definirse, de manera simplificada, como un proceso bioquímico natural que permite la conversión de los azúcares presentes en el mosto de uva, principalmente glucosa y fructosa, en alcohol etílico. Este fenómeno es viabilizado por la acción de organismos microscópicos denominados levaduras, que actúan como agentes fermentativos. Además del alcohol, la transformación de los azúcares genera cantidades significativas de dióxido de carbono, liberando calor como subproducto. Este incremento térmico provoca un aumento en la temperatura del mosto durante la fermentación, dado su carácter exotérmico.

El inicio de la fermentación, conocido como "arranque", suele ser facilitado mediante el uso de los denominados "pies de cuba". Tras el desfangado, que consiste en la eliminación inicial de partículas sólidas del mosto, este se transfiere a depósitos de fermentación. Posteriormente, se inocula una porción de mosto en plena fermentación, cuya proporción oscila entre el 2 % y el 10 % del volumen total. Este procedimiento tiene una doble función, acortar el tiempo necesario para la activación del proceso fermentativo y permitir la introducción de levaduras seleccionadas por sus propiedades específicas. Aunque en algunos casos estas levaduras son espontáneas, las bodegas pertenecientes a la Denominación de Origen han optado cada vez más por identificar y utilizar cepas autóctonas capaces de proporcionar atributos enológicos y sensoriales óptimos a los vinos resultantes.


En términos generales, la fermentación alcohólica completa se puede subdividir en dos etapas consecutivas, una fase inicial, conocida como "fermentación tumultuosa", seguida por una etapa denominada "fermentación lenta". La fermentación tumultuosa tiene una duración variable dependiendo de factores como la composición química del mosto y la temperatura a la que se lleva a cabo. En las bodegas del Marco de Jerez, esta etapa a menudo transcurre en depósitos de gran capacidad (50.000 litros) fabricados en acero inoxidable. Estos depósitos permiten un control preciso de la temperatura entre 23 °C y 25 °C, lo cual resulta idóneo para el desarrollo óptimo de las levaduras y garantiza una conversión eficaz y completa de los azúcares en etanol. Sin embargo, algunas bodegas conservan métodos tradicionales basados en la fermentación en barricas o botas de roble, con el propósito de conferir características organolépticas particulares al vino producido.

Pasada aproximadamente una semana desde el inicio del proceso, el contenido remanente de azúcares libres en el mosto es reducido, marcando el inicio de la fermentación lenta. Durante esta segunda etapa, que puede extenderse por varias semanas, los últimos gramos de azúcar son transformados gradualmente en alcohol, sin requerir mecanismos de enfriamiento adicionales.

En el transcurso del otoño, las temperaturas ambientales comienzan a descender paulatinamente, favoreciendo la sedimentación natural de las levaduras ya devitalizadas y otras partículas sólidas en suspensión, conocidas colectivamente como "lías". A medida que estos residuos se depositan en el fondo de los recipientes, el mosto fermentado va perdiendo progresivamente su turbidez inicial y adquiere una apariencia más cristalina y transparente.

El Vino Base.

Hacia finales del otoño, el nuevo vino, conocido como "vino base", alcanza el punto en que se realiza el "deslío". Este proceso consiste en separar el vino limpio de las lías que se acumulan en el fondo del depósito. Como resultado, se obtiene un vino blanco completamente seco, de carácter ligeramente afrutado, baja acidez y una tonalidad pálida y delicada, que servirá como fundamento para la creación del icónico vino de Jerez.

Este vino joven, durante los meses de enero a marzo, se disfruta ampliamente en las ventas y bares del Marco de Jerez. A pesar de su madurez y de alcanzar una graduación alcohólica que fluctúa entre los 11º y 12,5º, dependiendo de las condiciones de la vendimia, en la región todavía se le denomina coloquialmente "mosto".


Ya en la etapa del deslío, se advierte una característica única que distingue a este vino base. Durante el proceso de decantación comienza a formarse en su superficie un velo especial, una capa fina que crece progresivamente hasta cubrir por completo el vino. Este fenómeno es conocido como la "flor".

La Flor del Vino.

La Flor del Vino es, sin duda, uno de los fenómenos naturales más fascinantes que definen la singularidad incomparable de los vinos de Jerez. Mientras que las levaduras responsables de la fermentación tienden a desaparecer una vez que los azúcares del mosto se transforman en alcohol, en el singular entorno del Marco de Jerez emergen otras levaduras autóctonas con la capacidad de continuar su actividad metabólica, incluso en ausencia de azúcares residuales. Tras siglos de evolución y un proceso de selección natural, han surgido variedades especiales de levaduras capaces de aprovechar el alcohol generado durante la fermentación como fuente de energía para su supervivencia.

Velo de flor

Cuando el nivel de alcohol en el vino joven alcanza niveles óptimos, estas extraordinarias levaduras comienzan a asentarse en la superficie expuesta al aire. Allí, con el soporte del oxígeno ambiental, metabolizan parte del alcohol y otros compuestos presentes en el vino para subsistir. Su persistente actividad da lugar a la formación de un velo característico que termina cubriendo por completo la superficie del líquido, actuando como una barrera natural que lo protege del contacto directo con el oxígeno y, por ende, de la oxidación. Este velo no es una capa inerte; al contrario, interactúa constantemente con el vino que cubre.

Los microorganismos vivientes que constituyen la flor consumen de forma continua ciertos componentes del vino, especialmente alcohol, restos minúsculos de azúcares no fermentados, glicerina e incluso oxígeno disuelto. A su vez, su metabolismo genera compuestos adicionales, entre los que destacan los acetaldehídos, responsables de transformar significativamente la composición química del vino. Estas alteraciones influyen directamente en las características sensoriales y organolépticas finales, dando origen a un perfil único en cada vino.

Como ocurre con cualquier ser vivo, las levaduras que conforman el velo necesitan condiciones ambientales específicas para desarrollarse correctamente. Entre los factores más determinantes se encuentran la temperatura y la humedad. De hecho, el término "flor" alude precisamente a la vigorosa apariencia que adquiere el velo en primavera y otoño, épocas del año en las que las condiciones climáticas son ideales para su proliferación.

Crianza biologica bajo velo de flor

Otro elemento esencial para la existencia de la flor es la adecuada aireación; el oxígeno es indispensable para su supervivencia. Por ello, ni los depósitos donde se forma inicialmente ni las botas donde se desarrollará posteriormente deben sellarse herméticamente. La bodega debe contar con una circulación de aire constante que garantice las condiciones necesarias para el crecimiento y mantenimiento de estas levaduras.

Finalmente, la presencia misma de la flor está condicionada al contenido alcohólico del vino, que debe situarse dentro de ciertos rangos específicos. Este requisito incide directamente en las decisiones del bodeguero, ya que influye en la definición del tipo de vino de Jerez que se elaborará. La precisa gestión de estas variables permite crear vinos con un carácter y calidad excepcionales, profundamente marcados por este fenómeno único de la naturaleza.

Elaboración de Vinos Dulces.

La elaboración de vinos dulces presenta características peculiares que la diferencian notablemente de los procesos utilizados en la creación de los vinos secos de Jerez.

El vino Pedro Ximénez se produce exclusivamente a partir de uvas sobremaduras de la variedad del mismo nombre. Estas se cosechan cuando alcanzan una alta concentración de azúcares en el viñedo, usualmente a partir de 16º Baumé (alrededor de 300 gramos de azúcar por litro de mosto). Posteriormente, las uvas se depositan en paseras, espacios preparados específicamente para el proceso de "asoleo", donde se someten a un secado al sol para ser transformadas en pasas. Este paso reduce considerablemente el contenido de agua, aumentando la concentración de azúcares hasta alcanzar valores entre 450 y 500 gramos por litro de mosto. Durante el asoleo, también se producen cambios significativos a nivel físico, químico y sensorial: las uvas adquieren mayor coloración, densidad, viscosidad y untuosidad, al tiempo que desarrollan notas aromáticas y gustativas características que definirán el futuro vino Pedro Ximénez.

Uvas sobremaduradas

El proceso de asoleo consiste en exponer al sol los racimos cortados sobre esteras, que tradicionalmente se fabrican con esparto y tienen forma circular, denominadas "redores". Los racimos son manipulados con sumo cuidado, volteándolos diariamente para que todos los granos reciban uniformemente la luz solar. En regiones cercanas al mar, durante la noche las uvas suelen cubrirse para protegerlas de la humedad del rocío. Tras un periodo que puede variar entre 7 y 15 días, dependiendo del clima (temperatura y humedad relativa), y una vez que las uvas han alcanzado una óptima pasificación, se recolectan y transportan al lagar para la extracción del mosto.

Asoleo en la pasera sobre los redores

Debido a la deshidratación que sufren las uvas en el proceso de pasificación, el prensado es una operación más laboriosa en comparación con aquellas realizadas con uva fresca. Para ello, se emplean prensas verticales, en las que las capas de uva se separan mediante los mismos redores utilizados en el asoleo. Estas esterillas facilitan el drenaje del mosto, que, debido a su alta concentración de azúcares y otras sustancias, presenta una textura densa y viscosa.

El mosto recolectado es almacenado en depósitos donde enfrenta procesos específicos adaptados a su singular composición. La elevada concentración de azúcar dificulta una fermentación espontánea rápida, por lo que esta ocurre lentamente. Para detener dicha fermentación en su fase inicial, se añade alcohol vínico hasta alcanzar una graduación cercana a los 10 grados. El vino estabilizado pasa luego por un periodo de clarificación durante los meses de otoño e invierno. Posteriormente, se realiza el deslío y se ajusta el nivel final de alcohol entre 15º y 17º antes de proceder al envejecimiento.

En cuanto a los vinos de Moscatel, estos se elaboran exclusivamente a partir de la variedad "Moscatel de Alejandría", cosechada en un estado avanzado de madurez. Al igual que con el Pedro Ximénez, las uvas pueden someterse al proceso de asoleo para obtener el conocido "moscatel pasa". Aunque el procedimiento es similar, existen diferencias significativas debido al mayor tamaño del grano de la uva Moscatel. Esto implica una menor intensidad en la pasificación durante el asoleo. Además, dado que esta variedad suele cultivarse en terrenos arenosos próximos al mar, es común realizar el asoleo directamente sobre paseras hechas en la arena.


En definitiva, la producción de vinos dulces como Pedro Ximénez y Moscatel es un proceso artesanal y delicado, donde cada etapa contribuye a exaltar las propiedades únicas de dichas variedades y garantizar su gran riqueza aromática y gustativa.

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