EL CANDELECHO. ARQUITECTURA MINIMA.

¿Quis custodiet ipsos custodes?¿Quién vigila a los vigilantes?¿y si aquellos en los que uno confía para que controlen y eviten una infidelidad, son los que al final están cometiéndola? (Juvenal).

En el paisaje aparentemente uniforme de las viñas del Marco de Jerez existió durante siglos una arquitectura humilde, casi invisible, cuya función fue esencial para la economía del vino y la vida rural: el candelecho. Este término, hoy prácticamente olvidado, designaba una choza o bohío construido en altura, sobre estacas, desde la que se vigilaban los viñedos durante los periodos más delicados del ciclo de la vid.


El candelecho, conocido también como bienteveo en algunas zonas de la campiña jerezana, respondía a una necesidad concreta, proteger la uva frente al robo, el ganado suelto y, sobre todo, las aves, en especial durante la maduración previa a la vendimia. Elevado varios metros sobre el suelo, permitía una visión amplia y despejada del pago, convirtiéndose en un puesto de observación permanente.

Desde el punto de vista constructivo, el candelecho era una muestra paradigmática de arquitectura vernácula efímera. Se levantaba con materiales del entorno inmediato: troncos de pino o eucalipto para las estacas, cañas, palos, sarmientos y ramaje para las paredes, y techumbres ligeras de paja, juncos o retama. No estaba pensado para durar, sino para cumplir su función durante una o dos campañas.

El acceso solía hacerse mediante una escala rudimentaria, a veces desmontable, que reforzaba su carácter defensivo. En su interior apenas había más que un asiento, algún utensilio y, ocasionalmente, un pequeño hornillo. Desde allí, el guarda, frecuentemente un jornalero veterano o un muchacho del cortijo, pasaba largas horas oteando el viñedo, ahuyentando pájaros con voces, palos, latas o simples gestos.


El nombre alternativo de bienteveo no es casual. Además de ser el nombre de un ave muy común en los campos andaluces, el término alude directamente a la función del puesto, ver bien. Ver antes que nadie. Detectar movimiento, vigilar lindes, anticipar la pérdida. El candelecho era, en este sentido, una atalaya campesina, un ojo elevado en medio del mar de cepas.

Más allá de su función práctica, el candelecho tuvo también una dimensión social y simbólica. Representaba la confianza del propietario y, al mismo tiempo, la precariedad del trabajo rural. Aislado, expuesto al sol, al viento y al frío nocturno, el vigilante encarnaba una figura casi liminal, ni completamente integrado en la cuadrilla, ni apartado del todo, suspendido literalmente sobre el terreno.

Con la llegada de los vallados, los sistemas modernos de vigilancia y los cambios en la estructura de la propiedad agraria, el candelecho desapareció del paisaje. No dejó ruinas visibles ni planos, solo recuerdos orales y referencias dispersas en el habla de los mayores.

Hoy, recuperar el término candelecho es recuperar una forma de habitar y controlar el espacio agrícola que fue tan simple como eficaz. Es nombrar una arquitectura mínima, hecha de necesidad y conocimiento del entorno, que durante generaciones protegió silenciosamente la riqueza más frágil del viñedo, la uva madura, a punto de convertirse en vino.

En la memoria de las viñas de Jerez, el candelecho sigue en pie, aunque ya no se vea.

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