"Y ahora quiero sacrificar mi pico con ese aromático Prosecco de Monteberico, ese Prosecco perfecto y electivo que nos regala nuestro espléndido canon". (Aureliano Acanti).
El Prosecco se ha consolidado como uno de los vinos espumosos más icónicos y reconocidos en el ámbito vitivinícola internacional, aunque también es frecuentemente incomprendido. Su impresionante éxito comercial, su habitual presencia en el consumo diario y su vínculo con un estilo de vida relajado han llevado a que, en muchos casos, se pase por alto la rica complejidad histórica, territorial y normativa que define su esencia. Entender el Prosecco requiere ir más allá de su carácter burbujeante y explorar en profundidad su origen geográfico específico, el marco regulador que lo respalda, la estructura jerárquica de su calidad y la tradición vitivinícola que lo ha configurado con el paso del tiempo.

La primera mención documentada del término "Prosecco" data de 1593 y se encuentra en el diario de viaje de Fynes Moryson, donde hace una alusión explícita al "Prosecho", un vino originario del noreste de la península itálica. Lo que resulta notable al revisar estas anotaciones es el reconocimiento que ya tenía este vino en esa época, pues Moryson lo equipara con otros productos vinícolas de gran calidad, como la Vernaccia, el Moscato y el Lacryma Christi.
Un testimonio adicional significativo aparece en un poema publicado en Venecia en 1754, titulado "Roccolo Ditirambo", obra del erudito Aureliano Acanti. En este texto se incluye un pasaje particularmente revelador: “…y ahora desearía intensamente refrescar mi paladar con aquel Prosecco de Monteberico, deleitándome con su fragancia a manzana. Este es el Prosecco ideal, un verdadero paradigma para todos los demás”. “Ed ora immolarmi voglio il becco con quel melaromatico Prosecco di Monteberico quello perfetto Prosecco eletto ci dà lo splendido nostro canonico”.
Este fragmento no solo contiene una referencia explícita al término "Prosecco", sino que también es destacable porque evidencia que, ya en el siglo XVIII, este vino era producido con notable éxito en las colinas de Berici, cercanas a la ciudad de Vicenza, consolidándose como un referente de calidad (“perfetto Prosecco eletto”).

Colinas de Bereci
El Prosecco actualmente se ha consolidado como uno de los vinos espumosos más icónicos en el ámbito vitivinícola internacional, aunque a menudo ha sido objeto de malentendidos. Su enorme éxito comercial, su papel habitual en el día a día y su vinculación con un estilo de vida ligero y despreocupado suelen opacar la rica complejidad histórica, territorial y normativa que define su esencia. Para entender realmente el Prosecco, es indispensable ir más allá de sus burbujas, explorando a profundidad su origen geográfico específico, su marco regulatorio, su pirámide de calidad y la tradición vitivinícola que ha dado forma a este vino a lo largo de los siglos.
El Prosecco, un vino espumoso emblemático de la tradición italiana, encuentra su origen en el noreste del país, específicamente en un área geográfica definida entre las regiones de Veneto y Friuli Venezia Giulia. La composición principal de este vino descansa en la uva Glera, una variedad autóctona que se caracteriza por su ciclo de maduración largo y su notable acidez natural. Estas cualidades intrínsecas son esenciales para construir el perfil sensorial distintivo de los Prosecco, dominado por frescura y notas frutales. Cabe destacar que, hasta el año 2009, esta uva era conocida como "Prosecco". Sin embargo, una modificación legislativa estratégica fue implementada con el objetivo de fortalecer la protección legal del origen geográfico de este vino frente a posibles imitaciones internacionales. En este contexto, se decidió desvincular el nombre de la variedad del de la denominación de origen, adoptando el término Glera para referirse a la uva y resguardar así la auténtica identidad del producto.

Desde una perspectiva vitícola, el cultivo del Prosecco se lleva a cabo tanto en extensas llanuras de alta productividad como en colinas de pronunciada pendiente, donde la viticultura requiere necesariamente métodos manuales. Estas colinas, especialmente dentro del eje Conegliano-Valdobbiadene, representan el núcleo histórico y de mayor calidad de esta denominación. La particularidad del lugar radica en la interacción de suelos margosos y calcáreos, diversas orientaciones y un microclima único, influenciado por la proximidad de los Alpes y el Mar Adriático. Este entorno específico da origen a vinos con una mayor complejidad, tensión y expresión territorial. No por casualidad, este paisaje cultural ha sido nombrado Patrimonio Mundial por la UNESCO, destacándose no solo por su valor natural, sino también como reflejo de la sinergia entre el ser humano y el medio vitícola a lo largo de los siglos.
La regulación del Prosecco está estructurada en una pirámide jerárquica de calidad bien definida, uno de los aspectos fundamentales para comprender su diversidad. En el nivel más amplio se encuentra la categoría Prosecco DOC, que abarca nueve provincias dentro de Veneto y Friuli Venezia Giulia y representa la denominación más extensa y productiva. Esta categoría engloba la gran mayoría del Prosecco presente en los mercados internacionales, ofreciendo estilos que van desde opciones sencillas y directas hasta versiones mejor elaboradas, aunque siempre enmarcadas dentro de altos rendimientos y perfiles accesibles.
Un nivel superior en la jerarquía del Prosecco corresponde al Prosecco Superiore DOCG, designación destinada a áreas colinares de relevancia histórica que están sujetas a normas de producción más rigurosas. En este contexto, destacan dos denominaciones esenciales: Conegliano-Valdobbiadene Prosecco Superiore DOCG y Asolo Prosecco Superiore DOCG. Estas regiones se caracterizan por rendimientos vitivinícolas más bajos, prácticas agrícolas de mayor exigencia y controles de calidad extremadamente estrictos. Dentro del territorio de Conegliano-Valdobbiadene, se ha establecido además una mención especial para los vinos provenientes de colinas particulares, conocidas como Rive, que incorporan una noción de origen parcelario y de microterritorios diferenciados dentro del universo del Prosecco.
En la cúspide de esta pirámide de calidad se encuentra el Prosecco Superiore di Cartizze DOCG, un vino originado en un anfiteatro natural que abarca poco más de cien hectáreas en Valdobbiadene. Cartizze constituye la máxima expresión de prestigio dentro del Prosecco, y aunque tradicionalmente se ha asociado con elaboraciones ligeramente más dulces, en la actualidad busca reflejar con mayor precisión las características del territorio. Este enfoque persigue alinearse con las tendencias contemporáneas, que valoran una expresión menos hedonista y más representativa de su origen geográfico.
Desde una perspectiva técnica, la elaboración del Prosecco se realiza predominantemente a través del método Charmat o Martinotti, caracterizado por llevar a cabo la segunda fermentación en tanques de acero inoxidable de gran capacidad. Este procedimiento permite preservar los aromas primarios de la uva Glera, tales como notas de manzana verde, pera y flores blancas, a la vez que produce una burbuja más delicada y cremosa en comparación con la obtenida mediante el método tradicional. Sin embargo, en los últimos años, se ha observado un resurgimiento del interés por el Prosecco col fondo, una variante ancestral que recurre a la fermentación en botella y conserva los sedimentos, estableciendo un vínculo con prácticas tradicionales anteriores a la estandarización industrial.
El perfil sensorial final del Prosecco está también condicionado por su nivel de azúcar residual, un factor de gran relevancia para los consumidores conocedores. Llama la atención que el estilo más ampliamente difundido y representativo sea el Extra Dry, que, contrariamente a lo que sugiere su denominación, no es el más seco, sino uno con un sutil dulzor residual que contrarresta la acidez característica de la Glera. A este estilo se suman las variantes Brut, cuya popularidad ha aumentado considerablemente en el mercado contemporáneo, así como las versiones Dry e incluso Demi-Sec, estas últimas particularmente tradicionales en áreas específicas como Cartizze. La diversidad de estilos en el Prosecco subraya su notable versatilidad en maridajes gastronómicos.
En la mesa, el Prosecco destaca por ser un vino extremadamente versátil. Funciona con naturalidad como aperitivo y se adapta con acierto a la cocina italiana ligera, los mariscos, las frituras y los entrantes de matices salinos. Además, en sus versiones con mayor contenido de azúcar residual, logra complementar a la perfección postres a base de frutas o elaboraciones de repostería más ligeras en grasas. Su papel en la coctelería moderna, en combinaciones icónicas como el Aperol Spritz o el Bellini, ha consolidado su carácter social y su importancia en los rituales urbanos actuales.

En el ámbito comercial, el Prosecco es un verdadero fenómeno de alcance global. Su producción a gran escala, sumada a su precio accesible y a una imagen fresca y atractiva, le ha permitido superar en volumen a otros espumosos de larga trayectoria, posicionándose como una bebida para el día a día más que para ocasiones solemnes. No obstante, este éxito masivo ha generado ciertas tensiones entre la búsqueda de calidad y la producción en grandes cantidades, además de poner en debate la dicotomía entre la industrialización y la preservación del carácter auténtico de su territorio. Estas dinámicas explican el creciente interés por las categorías como las DOCG, las Rive y las producciones que apuestan por valores más identitarios.
Desde el punto de vista cultural, el Prosecco representa una forma muy italiana de vivir el vino, menos formal, más orientada a lo social y plenamente integrada en el día a día y los espacios compartidos. No es un vino pensado para la introspección, sino para fomentar las relaciones. Su trayectoria reciente ilustra cómo un producto profundamente arraigado en lo local puede transformarse en un emblema global sin perder del todo su conexión con sus raíces, siempre que esté respaldado por una regulación firme y una narrativa cultural auténtica y coherente.
En definitiva, el Prosecco no es un vino único, sino un sistema complejo de territorios, estilos, normas y usos sociales. Comprenderlo en profundidad permite superar los clichés y situarlo en el lugar que le corresponde dentro de la vitivinicultura europea contemporánea: el de un espumoso popular, sí, pero también profundamente cultural, históricamente construido y territorialmente definido.
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