¡Viva el buen vino, viva el buen vino, viva la vida!
(Opera Don Giovanni. Mozart).
Pocas bebidas han alcanzado en la historia de la cultura occidental un grado de identificación simbólica tan preciso y duradero como el champagne. Vino del exceso controlado, del lujo ritualizado, de la celebración elevada a espectáculo, su presencia en la literatura, la pintura y, de manera especialmente significativa, en la música, trasciende lo puramente enológico para convertirse en lenguaje social. Uno de los momentos más reveladores de esta convergencia entre vino y música se encuentra en el célebre "Fin ch’han dal vino", conocido popularmente como el “Aria del Champagne” de Don Giovanni (1787), de Wolfgang Amadeus Mozart.
Conviene subrayar, desde el inicio, que el champagne que aparece en el aria mozartiana no debe entenderse exclusivamente como una referencia literal a un vino espumoso concreto, sino como una idea cultural del vino, rapidez, embriaguez, desorden, erotismo y abundancia. En la Viena de finales del siglo XVIII, el término “champagne” funcionaba ya como metáfora de lo efervescente, de lo que excita y acelera, incluso cuando el consumo real de champagne francés aún no era masivo ni cotidiano.
El vino, en este contexto, no es un acompañante gastronómico ni un producto agrícola, sino un dispositivo dramático que activa la acción. Don Giovanni ordena a Leporello que prepare una fiesta inmediata, desbordada, diseñada para embriagar, confundir y seducir. El champagne es el medio para suspender el orden moral.
Fiesta en el baile de Don Giovanni
Musicalmente, el “Aria del Champagne” es una de las páginas más cortas de toda la ópera, y sin embargo una de las más intensas. Su duración, apenas un minuto, reproduce la naturaleza misma de la bebida que evoca, burbujeante, impetuosa, imposible de contener. Mozart construye una línea vocal vertiginosa, plagada de semicorcheas, que obliga al cantante a una articulación casi atropellada, como si el personaje estuviera ya ebrio de su propio plan. No hay lirismo contemplativo ni desarrollo melódico amplio, hay urgencia, impulso, exceso. El ritmo acelera la acción, del mismo modo que el vino acelera el pulso. El champagne no se degusta; se lanza, se derrama, se consume con violencia gozosa.
El personaje de Don Giovanni encarna una forma específica de relación con el champagne, no la del hedonista reflexivo, sino la del libertino ritual. El champagne es para él un instrumento de poder social, una herramienta de dominación simbólica. Beber y hacer beber es una forma de romper resistencias, de disolver jerarquías, de convertir la fiesta en caza.
Desde una perspectiva antropológica, el aria describe un ritual dionisíaco secularizado, donde el champagne sustituye al sacrificio y la música actúa como catalizador del caos. El champagne, con su espuma y su presión interna, es el vino perfecto para este papel, no nace para la calma, sino para la explosión.
Don Giovanni. Francisco d'Andrade.
No es casual que Mozart, o más bien Da Ponte, su libretista, elija el champagne y no otro vino. En la ópera del siglo XVIII, el vino tranquilo suele asociarse a la taberna, al pueblo, a la cotidianeidad. El champagne, en cambio, pertenece al ámbito de la aristocracia, del lujo ostentoso, del exceso refinado. Don Giovanni no invita a beber por necesidad; invita a beber por desmesura. Así, el champagne se convierte en un marcador social y moral. Es el vino de quien cree estar por encima de cualquier límite, incluso del castigo divino que finalmente le alcanzará.
El “Aria del Champagne” anticipa una concepción moderna del vino como símbolo cultural autónomo, desligado de su función alimentaria. Aquí el champagne no alimenta, no acompaña, no armoniza, desestabiliza. Es música líquida, sonido convertido en bebida. Mozart logra algo excepcional, traducir en música la sensación física del vino, su rapidez, su efervescencia, su capacidad de alterar la percepción del tiempo. El oyente no escucha una descripción del champagne; lo experimenta.
Wolfgang Amadeus Mozart. Barbara Krafft.
Paradójicamente, el aria más jubilosa de Don Giovanni es también uno de los pasos más claros hacia su condena. El champagne, vino de la celebración, se transforma en vino del exceso sin retorno. La fiesta no es redención, sino preludio del castigo. En esta tensión entre placer y caída, entre música y vino, reside la grandeza simbólica del aria. El champagne no es aquí un lujo inocente, sino una declaración de principios, vivir rápido, beber sin medida, cantar antes de que llegue el silencio.
Y Mozart, con la precisión de un gran compositor y la intuición de un profundo observador de lo humano, convierte esa copa burbujeante en una de las metáforas musicales más perdurables de la cultura europea.
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