EL VINO DE LOS TRAPEROS.

Que procedas del cielo o del infierno, qué importa,
¡Oh, Belleza! ¡monstruo enorme, horroroso, ingenuo!
Si tu mirada, tu sonrisa, tu pie me abren la puerta
De un infinito que amo y jamás he conocido.

(Charles Baudelaire).

En “El vino de los traperos”, poema incluido en "Las flores del mal" (1857), Charles Baudelaire ofrece una de las imágenes más potentes y conmovedoras de la modernidad urbana: la del marginado que, gracias al vino, logra por un instante escapar de la miseria que lo define. El trapero, figura real del París del siglo XIX, recolector nocturno de desechos, se convierte en símbolo de todos aquellos expulsados del progreso burgués, condenados a sobrevivir entre los restos de una ciudad que no les pertenece.

En el poema, el vino actúa como una fuerza de transformación ilusoria. Bajo su efecto, el trapero deja de ser un excluido y se imagina poderoso, casi heroico. Su andar se vuelve grandilocuente, su gesto adquiere una dignidad que la realidad le niega. Baudelaire describe este proceso con un lenguaje vibrante, cargado de imágenes que contrastan brutalmente la suciedad del entorno con la exaltación interior del personaje. La basura se enfrenta a la gloria, la noche a una falsa aurora.


Sin embargo, lejos de celebrar ingenuamente esta embriaguez, el poeta introduce una ironía amarga. La grandeza que el vino concede es intensa pero efímera; no cambia la realidad social ni libera verdaderamente al individuo. El vino no redime, solo suspende momentáneamente el dolor. En este sentido, el poema no es una apología del alcohol, sino una denuncia implícita de una sociedad que deja como único consuelo a los más pobres una exaltación química, pasajera y engañosa.

Baudelaire no juzga moralmente al trapero. Al contrario, lo observa con una mezcla de compasión y lucidez. El vino aparece como un “ideal de emergencia”, accesible a quienes no pueden permitirse otros sueños. Frente a la poesía, el amor o el arte, formas superiores de trascendencia, el vino es un sustituto imperfecto, pero inmediato. Eleva, aunque sea por unos minutos, a quienes han sido privados incluso del derecho a imaginar.

En una lectura más profunda, el trapero puede entenderse también como un reflejo del propio poeta moderno. Ambos trabajan con lo que la sociedad desecha: uno con basura material, el otro con experiencias marginales, sufrimiento y decadencia. La diferencia es que el poeta transforma esos restos en lenguaje y sentido, mientras que el trapero solo puede hacerlo a través del vino.

“El vino de los traperos” sigue siendo un poema actual porque plantea una pregunta incómoda: ¿Qué sucede cuando una sociedad obliga a sus marginados a embriagarse para sentirse dignos? Baudelaire no ofrece respuestas fáciles, pero deja al lector frente a una verdad inquietante: a veces, la embriaguez no es un vicio, sino el síntoma de una exclusión más profunda.


    EL VINO DE LOS TRAPEROS.

Frecuentemente, al claro fulgor de un reverbero
Del cual bate el viento la llama y atormenta el vidrio,
En el corazón de un antiguo arrabal, laberinto fangoso
Donde la humanidad bulle en fermentos tempestuosos,
Se ve un trapero que llega, meneando la cabeza,
Tropezando, y arrimándose a los muros como un poeta,
Y, sin cuidarse de los polizontes, sus sombras negras
Expande todo su corazón en gloriosos proyectos.

Formula juramentos, dicta leyes sublimes,
Aterra los malvados, redime las víctimas,
Y bajo el firmamento cual un dosel suspendido,
Se embriaga con los esplendores de su propia virtud.

Sí, esta gente hostigada por miserias domésticas,
Molidos por el trabajo y atormentados por la edad,
Derrengados y doblándose bajo un montón de basuras,
Vómitos confusos del enorme París,
Retornan, perfumados de un olor de toneles,
Seguidos de compañeros, encanecidos en las batallas,
Cuyos mostachos penden como las viejas banderas.

Los pendones, las flores y los arcos triunfales
Iérguense ante ellos, ¡solemne sortilegio!
¡Y en la ensordecedora y luminosa orgía
Clarines, sol, aclamaciones y tambores,
Tráenle la gloria al pueblo ebrio de amor!

Es así como a través de la Humanidad frívola
El vino arrastra el oro, deslumbrante Pactolo;
Por la garganta del hombre canta sus proezas
Y reina por sus dones así como los verdaderos reyes.

Para ahogar el rencor y acunar la indolencia
De todos estos viejos malditos que mueren en silencio,
Dios, tocado por los remordimientos, había hecho el sueño;
¡El hombre agregó el Vino, hijo sagrado del Sol!

Charles Baudelaire

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