"Doy al Tokay translúcido la copa de mi canto: cae, fuego del ámbar, luz de miel, camino de topacio, cae sin que termine tu cascada, cae en mi corazón, en mi palabra". (Pablo Neruda).
Hay vinos que se beben y se olvidan, y hay vinos que obligan a detenerse. El Tokaj pertenece a esta última categoría. No tanto por su dulzor legendario ni por su prestigio histórico, sino porque cada copa plantea una pregunta incómoda, ¿Qué queda de un vino cuando se le quita la prisa del presente? Tokaj no es un estilo ni una moda; es una forma de entender el vino como resultado de siglos de historia, de fronteras cambiantes y de una relación muy concreta con el tiempo.
Viñedos de Tokaj en la segunda mitad del siglo XVI
Hay vinos que explican un territorio y otros que explican una época. El Tokaj, sin embargo, explica algo más complejo, una civilización fronteriza, hecha de capas superpuestas, de lealtades cambiantes y de una cultura que aprendió a sobrevivir sin necesidad de imponerse. Situado en el noreste de la actual Hungría, Tokaj-Hegyalja ha sido históricamente un espacio de tránsito entre mundos distintos, el germánico, el eslavo, el magiar y, durante siglos, el otomano. Esa condición periférica, lejos de ser una desventaja, terminó convirtiéndose en su mayor fortaleza cultural.
El paisaje de Tokaj no impresiona por su espectacularidad. No hay grandes montañas ni pendientes extremas. Lo que hay es una geología silenciosa, fruto de antiguas erupciones volcánicas que dejaron suelos pobres, fragmentados y profundamente minerales. A ello se suma la presencia de los ríos Tisza y Bodrog, que moderan el clima y generan las nieblas otoñales decisivas para la aparición de la botrytis. Tokaj no es un territorio fácil; nunca lo fue. Y quizá por eso el vino que nace allí tampoco admite lecturas simples.
Región vinícola de Tokaj
La vid llegó pronto a estas tierras, probablemente en época romana tardía, pero es en la Edad Media cuando la viticultura empieza a adquirir peso económico y cultural. Tras las invasiones mongolas del siglo XIII, el Reino de Hungría impulsa una intensa repoblación. Colonos germánicos y valones se instalan en la región, aportando técnicas vitícolas más avanzadas que se integran con prácticas locales. No hay sustitución, sino acumulación. Tokaj se construye como se construyen las culturas duraderas, por sedimentación.
Durante siglos, los vinos de Tokaj fueron vinos blancos de perfil relativamente sencillo, destinados al consumo regional. Pero el clima imponía condiciones duras. Vendimias tardías, lluvias persistentes, heladas tempranas. Muchas cosechas se perdían o llegaban demasiado tarde. En ese contexto, los viticultores aprendieron a observar con atención. Descubrieron que algunas uvas, lejos de estropearse del todo, se transformaban. Se arrugaban, concentraban azúcares, desarrollaban aromas nuevos. No fue un descubrimiento científico, sino una aceptación cultural: la botrytis no se combate, se integra.
Viñedos en Tokaj
Ese gesto define al Tokaj más que cualquier otra cosa. El Tokaji Aszú no nace como una búsqueda deliberada del dulzor, sino como una respuesta inteligente a la incertidumbre. Es un vino que convierte el riesgo en valor, la espera en virtud y la pérdida potencial en identidad. En el siglo XVII, cuando la región vive sacudida por guerras constantes, conflictos religiosos y luchas dinásticas, el vino se convierte en un elemento de estabilidad. Algo que puede viajar, intercambiarse, regalarse. Algo que sobrevive cuando todo lo demás cambia.
El origen histórico del vino Tokaj se encuentra estrechamente vinculado a la figura de la condesa húngara Susana Lorántffy (1600–1660). Esposa de Jorge Rákóczi I, Príncipe de Transilvania, Susana administraba extensos territorios y viñedos bajo su propiedad. Este rol no solo la llevó a supervisar personalmente las labores agrícolas, sino también a transmitir sus conocimientos sobre el cultivo de la vid a numerosos siervos y religiosos, entre ellos Laczkó Máté. Fue durante un período marcado por los conflictos bélicos contra los turcos y los germánicos que una circunstancia fortuita condicionó la producción, la cosecha se retrasó hasta noviembre. Dicho aplazamiento resultó en un cambio significativo en las uvas, generando el sabor característicamente dulce que distingue al vino Tokaj.
Príncipe Jorge Rákóczi I y su esposa Susana Lorántffy.
La figura de László Máté Szepsi suele citarse como el primer gran codificador del método del Aszú, pero lo importante no es tanto el nombre como el momento histórico. Tokaj empieza a entender su vino como algo singular justo cuando Europa se desgarra. Frente a la violencia y la fragmentación, el Tokaj propone otra lógica, la de la lentitud, la selección minuciosa y el respeto al tiempo. No es casual que el Aszú requiera una vendimia manual, baya a baya. No es una técnica eficiente; es una técnica significativa.
La elaboración del Aszú organiza la vida social de la región. La recogida de las uvas botritizadas, el uso de los puttonyos, la maceración lenta, la crianza prolongada en barricas pequeñas… Todo responde a una misma idea: el vino no se fuerza, se acompaña. Las bodegas excavadas en la roca volcánica son la mejor expresión de esta filosofía. Cubiertas por un moho negro que no se elimina, sino que se protege, funcionan como espacios donde el vino se aparta del tiempo cotidiano. Son lugares de transformación y de memoria.
A partir del siglo XVII y, sobre todo, durante el XVIII, el Tokaji se convierte en vino de corte. Circula por Polonia, Rusia, Austria y Francia. Se ofrece como regalo diplomático, como gesto de alianza, como símbolo de refinamiento. No es un vino para cualquier ocasión. Se reserva para el final, para el cierre del banquete, para el momento en que la conversación se vuelve más lenta y más grave. El Tokaji no abre; clausura.
La célebre frase atribuida a Luis XIV "el vino de los reyes y el rey de los vinos" no hace más que confirmar una percepción ampliamente compartida. El Tokaj es un vino jerárquico, profundamente ligado al poder. En una Europa donde el azúcar es todavía un bien caro y cargado de significado, el dulzor del Tokaj no es exceso, sino distinción. Beberlo es participar de un orden social y cultural bien definido.
En 1737, Tokaj se convierte oficialmente en una de las primeras regiones vitícolas delimitadas del mundo. No se trata solo de proteger un origen, sino de fijar una memoria. La clasificación de viñedos en distintas categorías consagra la idea de que el territorio tiene historia y que esa historia se expresa en el vino. Tokaj deja de ser solo un lugar de producción para convertirse en un paisaje cultural consciente de sí mismo.
El siglo XIX trae prosperidad y tragedia a partes iguales. El mercado del Imperio austrohúngaro garantiza la difusión del Tokaj, pero la filoxera arrasa el viñedo y obliga a una reconstrucción dolorosa. Se replantan viñas, se pierden cepas antiguas, se rompe la continuidad de muchos saberes. Aun así, Tokaj resiste. No sin cambios, pero sin desaparecer.
El siglo XX es mucho más devastador. Las guerras mundiales, el Tratado de Trianon y la colectivización socialista desarticulan por completo el tejido social y cultural de la región. El vino se convierte en un producto estandarizado, orientado al volumen y no al relato. El Tokaj sigue existiendo, pero ya no explica el mundo, apenas logra sobrevivir en él.
Bodega subterránea en Tokaj
La recuperación tras la caída del bloque socialista es lenta y desigual. La llegada de capital extranjero, la restitución parcial de propiedades y el interés renovado del mercado internacional devuelven visibilidad a Tokaj, pero también plantean dilemas profundos. ¿Qué significa ser fiel a la historia? ¿Repetir formas o recuperar una actitud? En esa pregunta vive hoy el Tokaj contemporáneo.
La revalorización del Furmint seco, el trabajo por parcelas y la reinterpretación del Aszú desde parámetros menos industriales no son modas, sino intentos de volver a pensar el territorio. El reconocimiento como Patrimonio de la Humanidad no congela Tokaj; lo obliga a dialogar con su pasado desde el presente.
Tokaj sigue siendo, por encima de todo, un vino de tiempo largo. Un vino que exige atención y memoria. En una época obsesionada con la novedad, el Tokaji recuerda que hay vinos que no necesitan reinventarse porque nunca dejaron de pensarse.
Vinos del viñedo de Oremus en Tokaj de Vega Sicilia
Tokaj no es un vino para consumir deprisa ni para entender en una sola copa. Es un vino que pide contexto, historia y silencio. Quizá por eso sigue siendo incómodo, porque obliga a aceptar que el vino, cuando es verdaderamente grande, no habla solo de placer, sino de tiempo, de poder y de cultura. Y eso, hoy más que nunca, sigue siendo profundamente necesario.








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