LOS TRES MOSQUETEROS Y EL VINO DE ANJOU.

"El vino se parece al hombre: nunca se sabe hasta qué punto se le puede apreciar o despreciar, amar u odiar; ni cuántos actos sublimes o crímenes monstruosos es capaz de realizar. No seamos, entonces, más crueles con él que con nosotros mismos y tratémosle como a un igual". (Alejandro Dumas).

"El vino de Anjou" en este capítulo de Los tres mosqueteros de Alejandro Dumas  no es solo un pasaje de acción; es un testimonio literario de cómo el vino ha sido utilizado históricamente como símbolo de estatus, herramienta de diplomacia y, en este caso particular, un arma de traición. El Capítulo XLII de la obra maestra de Dumas sitúa la acción en el asedio de La Rochelle (1627-1628), un marco histórico y geográfico real donde se decidía el destino de Francia. En este contexto de guerra y privaciones, el vino actúa como el motor narrativo de una intriga mortal orquestada por Milady de Winter.


Uno para todos, todos para uno

Cuando Alexandre Dumas hace entrar en escena el vino de Anjou no está recurriendo a un mero elemento pintoresco ni a un simple lubricante narrativo. En la Francia del siglo XVII, el vino no es aún un producto estandarizado ni una mercancía neutra, es un marcador social, un signo territorial y, sobre todo, un vehículo de poder blando. Anjou, región situada en el valle medio del Loira, produce ya entonces vinos blancos apreciados por su finura, su ligereza engañosa y su capacidad para agradar sin imponerse. No son vinos rústicos ni excesivamente alcohólicos, sino vinos de conversación, aptos para la mesa cortesana y para la intriga discreta.

En tiempos de Luis XIII y Richelieu, el vino cumple una función ambigua, es alimento cotidiano y a la vez instrumento de sociabilidad política. Compartir una botella implica suspender; aunque sea provisionalmente, la vigilancia, rebajar defensas, crear una ilusión de intimidad. Dumas conoce bien este código cultural y lo explota con precisión. El vino de Anjou que aparece en este capítulo no es un vino heroico ni épico; no acompaña a la batalla, sino a la espera, al cansancio, a la confianza mal depositada. Su papel es el de catalizador narrativo, acelera la caída del adversario sin necesidad de espada.


Viñedos de la región vinícola de Anjou-Saumur

Desde el punto de vista de la verosimilitud histórica, la elección es impecable. Anjou abastece a París y a la nobleza provincial; sus vinos circulan por tabernas respetables y mesas privadas. Son suficientemente reputados como para ser ofrecidos con orgullo, pero no tan prestigiosos como para despertar sospecha. En términos simbólicos, representan una Francia interior, fértil y civilizada, frente a la violencia directa del mundo militar. Que un mosquetero sucumba al vino de Anjou es casi una ironía, no cae por la fuerza del enemigo, sino por la suavidad de la hospitalidad.

Dumas introduce además una lectura moral implícita, el vino revela el carácter. Para quien sabe beber, es aliado; para quien baja la guardia, es trampa. No hay aquí condena del vino en sí, algo impensable en la cultura francesa, sino del exceso y de la falta de prudencia. El vino actúa como juez silencioso, desenmascarando debilidades humanas que la espada no alcanza.

Así, antes de que el capítulo despliegue su acción, el lector ya está advertido, aunque no lo sepa, el vino de Anjou no será un simple acompañante, sino un actor. Un líquido amable que, en manos astutas, se convierte en arma invisible. Con esta clave, el episodio adquiere una profundidad que va más allá del relato de aventuras y se inscribe en una antropología del beber, donde cada sorbo tiene consecuencias.


El asedio de La Rochelle, ese escenario de pólvora y política donde se fraguaba la hegemonía de la Francia de Luis XIII, sirve a Alejandro Dumas no solo para desplegar la pericia militar de sus héroes, sino para introducir uno de los elementos simbólicos más potentes de la cultura francesa, el vino como vehículo de fraternidad y, paradójicamente, como instrumento de muerte. En el capítulo XLII de Los tres mosqueteros, el vino de Anjou se convierte en el protagonista absoluto de una intriga que trasciende lo puramente narrativo para adentrarse en la antropología de la confianza.

La elección de esta región vitivinícola por parte de Dumas no es baladí, pues en el siglo XVII los caldos del valle del Loira, y particularmente los de Anjou, representaban la elegancia cortesana, siendo los favoritos de una aristocracia que apreciaba su ligereza y su prestigio geográfico. Cuando d'Artagnan recibe en el campamento aquellas doce botellas, supuestamente enviadas por sus inseparables Athos, Porthos y Aramis, no sospecha que el líquido que brilla tras el vidrio es en realidad un caballo de Troya líquido, una emboscada química orquestada por la gélida Milady de Winter.


Richelieu en el asedio de La Rochelle. Henri-Paul Motte

Este episodio subraya la vulnerabilidad del hombre de armas frente al veneno, una práctica que en la época se consideraba la antítesis del honor caballeresco. El vino, que en la cosmovisión mediterránea y europea es el eje de la hospitalidad y la celebración de los vínculos sociales, es aquí profanado para convertirse en ponzoña. La tragedia, que solo se evita por una serie de fortuitas demoras y el fatal destino de un soldado que prueba el envío antes de tiempo, nos habla de una época en la que la seguridad alimentaria dependía exclusivamente de la lealtad de la cadena de suministro.

Desde una perspectiva etnográfica, el capítulo nos traslada a la logística de los ejércitos del Antiguo Régimen, donde el abastecimiento de vino era tan crucial como el de la pólvora, y donde un regalo de este calibre era el máximo signo de reconocimiento entre iguales. Al analizar este pasaje, no solo estamos ante un recurso literario de suspense, sino ante un testimonio de cómo la cultura del vino ha permeado la identidad europea, definiendo incluso las formas en que el crimen y la traición se infiltraban en la cotidianidad de las élites militares.


Decapitación de Milady de Winter. Los tres mosqueteros

A continuación reproducimos el texto íntegro en español del Capítulo XLII, El vino de Anjou, respetando la traducción clásica que captura la esencia de la época. Este capítulo es una pieza maestra de la narrativa de Dumas, donde la tensión se cocina a fuego lento entre brindis y sospechas.

LOS TRES MOSQUETEROS. CAPITULO XLII: EL VINO DE ANJOU.

Después de las noticias de los mosqueteros, el cardenal esperaba noticias de La Rochelle; pero las noticias de La Rochelle no llegaban sino para decirle qué difícil, qué monótono y qué penoso era aquel sitio. Porque, hay que decirlo, la ciudad, después de la salida del duque de Buckingham, aunque seguía estrechamente bloqueada, no se rendía.

D’Artagnan, que desde hacía tiempo no tenía noticias de sus amigos, estaba muy inquieto. Un día recibió por fin una carta que le anunciaba que los tres estaban bien, pero que el servicio del Rey los retenía en un punto muy alejado del campamento. Aquella carta iba acompañada de un regalo: una cesta de doce botellas de vino de Anjou.

Asedio de La Rochelle

D’Artagnan leyó la carta con alegría y miró el vino con placer. Sus amigos no lo olvidaban. Llamó a Planchet, su criado, y le ordenó que pusiera el vino a refrescar. Al mismo tiempo, invitó a dos guardias de su compañía para que compartieran con él aquel envío generoso.

Llegó la hora de la comida. D’Artagnan y sus invitados se sentaron a la mesa. De pronto, un soldado de los guardias se presentó en la puerta.

—¿Es aquí donde vive el señor d'Artagnan? —preguntó. —Sí, amigo mío —respondió el joven—. ¿Qué deseáis? —Traigo una carta para usted. —¿De parte de quién? —De parte de un hostelero de la ciudad que ha recibido este encargo.

D’Artagnan tomó la carta y leyó:

"Querido d'Artagnan: Estamos en una misión secreta y no podemos ir a verte. Bebe a nuestra salud este vino de Anjou que te enviamos; es del mejor que hemos podido encontrar. Tus amigos: Athos, Porthos y Aramis".

—¡Es extraño! —murmuró d'Artagnan—. He recibido ya una carta y el vino, y ahora recibo esta segunda carta.

D’Artagnan llamó a Planchet y le preguntó quién había traído la cesta de vino. Planchet respondió que habían sido dos hombres vestidos con la librea del señor de Tréville.

—En ese caso —dijo d'Artagnan—, no hay duda. Probad ese vino, caballeros.


Pero en aquel momento, uno de los guardias, que tenía prisa, se sirvió un vaso y lo bebió de un trago. Apenas hubo terminado, cuando empezó a ponerse pálido, se llevó las manos al pecho y cayó al suelo entre convulsiones espantosas.

D’Artagnan y el otro invitado se lanzaron hacia él para socorrerlo. El desgraciado gritaba de dolor. Unos instantes después, expiraba en medio de atroces sufrimientos.

El pánico se apoderó de todos. Se llamó a un médico, pero ya no había nada que hacer. El hombre había muerto envenenado.

D’Artagnan se quedó helado. Comprendió de inmediato que Milady de Winter no lo había olvidado y que aquel regalo era una trampa mortal. Examinó las botellas. Todas estaban perfectamente selladas, pero el veneno había sido introducido con una habilidad diabólica.

Poco después, llegaron Athos, Porthos y Aramis en persona. Al ver a d'Artagnan pálido y el cadáver en el suelo, preguntaron qué había sucedido. D’Artagnan les mostró la carta y el vino.

—¡Nosotros no hemos enviado ningún vino! —exclamó Athos con indignación—. Y esta carta es una falsificación de nuestra letra.

Los tres amigos se miraron con horror. La lucha contra su invisible enemiga se volvía cada vez más peligrosa. Milady no retrocedía ante nada, ni siquiera ante el asesinato masivo, con tal de alcanzar a d'Artagnan.

—Amigos míos —dijo d'Artagnan—, hemos escapado de una buena. Pero este cadáver nos advierte, a partir de ahora, debemos estar más alerta que nunca. Nuestra enemiga está cerca y no descansa.


Aquel día, el vino de Anjou, que debía haber servido para celebrar la amistad, se convirtió en el mudo testigo de una de las más viles traiciones de la historia de los mosqueteros.

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