"Gilgamesh, ¿hacia dónde corres? La vida que buscas nunca la hallarás. Cuando los dioses crearon a la humanidad, asignaron la muerte a los hombres y retuvieron la vida en sus propias manos. En cuanto a ti, Gilgamesh, llena tu vientre, alégrate de día y de noche. Que cada día sea de fiesta, baila y juega noche y día. Que tus vestidos sean limpios, que tu cabeza sea lavada, báñate en agua fría. Atiende al niño que te toma de la mano y que tu esposa se regocije en tu regazo. Porque esto es el destino de los hombres". (La epopeya de Gilgamesh).
Hace más de cuatro mil años, en algún lugar entre los ríos Tigris y Éufrates, un poeta anónimo grabó en tablillas de arcilla la historia de un rey que lo tenía todo y lo perdió todo. La Epopeya de Gilgamesh, escrita en torno al año 2100 a. C., es el poema épico más antiguo que conocemos, y en el corazón de su historia,en el momento de mayor oscuridad de su héroe, hay una taberna, una mujer y una jarra de vino.
Gilgamesh era el rey de Uruk, mitad dios y mitad hombre, más fuerte y más hermoso que cualquier mortal. Tenía un amigo del alma, Enkidu, con quien compartía aventuras y batallas. Pero Enkidu muere, y Gilgamesh, que nunca había tenido miedo de nada, descubre de pronto el terror más profundo, la muerte. Si Enkidu ha muerto, él también morirá. Esta certeza le destroza. Abandona su reino y se echa a caminar hacia el fin del mundo, buscando la inmortalidad.
Tras cruzar desiertos y montañas, Gilgamesh llega a una posada al borde del océano de las aguas de la muerte. Allí vive Siduri, la tabernera. Cuando la ve venir, sucio, exhausto, vestido con pieles, asusta a la mujer, que cierra sus puertas y se sube al tejado. Pero él insiste, y ella escucha.
Siduri no es una tabernera cualquiera. En la tradición mesopotámica, la elaboración y venta del vino y la cerveza era una actividad femenina sagrada, asociada a las diosas. Siduri porta en su nombre la raíz acadia relacionada con la vid, y custodia la frontera entre el mundo de los vivos y el reino de las aguas primordiales. Está en el umbral, y el umbral es su dominio.
Lo que Siduri le dice a Gilgamesh es asombroso por su modernidad. No le promete redención ni le ofrece una misión heroica. Le habla con la voz directa y sin adornos de alguien que ha visto pasar a muchos hombres por su taberna: "Cuando los dioses crearon la humanidad, le otorgaron la muerte. La vida eterna la reservaron para sí. Tú, Gilgamesh, llena tu vientre. De día y de noche, baila y celebra. Que tus ropas estén limpias. Que tu cabeza esté lavada. Que el niño que te toma de la mano sea feliz. Que tu esposa se regocije en tu abrazo. Así son las cosas de los hombres".
El vino, en este contexto, no es un simple placer. Es el símbolo condensado de todo lo que la vida mortal ofrece, la fermentación que convierte algo perecedero en algo que trasciende y alegra, el sabor que solo existe porque las uvas maduraron y se transformaron, la copa que se comparte y que no se puede guardar para siempre. Beber vino es aceptar el tiempo.
Siduri aparece en el poema solo en unas pocas tablillas, pero su huella es enorme. Es la única figura femenina del relato épico que no es esposa, madre ni diosa de la guerra. Es una mujer sola, en los márgenes del mundo conocido, que ha construido su propia sabiduría sirviendo vino y escuchando a viajeros. Cuando Gilgamesh sigue su camino, porque el héroe, como siempre, no puede detenerse, ella le ha dado lo más valioso que alguien puede dar, la verdad sin adornos.
Gilgamesh, al final del poema, regresa a Uruk sin la inmortalidad que buscaba. Pero contempla los muros de su ciudad, que él mismo construyó y los ve con nuevos ojos. La ciudad, la obra, el legado, eso es lo que permanece. Es, en cierto modo, la misma lección que Siduri le enseñó junto a una jarra de vino en el umbral del mundo.
Han pasado más de cuatro mil años. Seguimos buscando lo mismo. Y de vez en cuando, alguien nos sirve una copa y nos recuerda que quizás la respuesta no está al otro lado del océano, sino aquí, en esta mesa, en esta tarde que ya no volverá.



No hay comentarios:
Publicar un comentario