HOMERO. EL VINO, LA ILIADA Y LA ODISEA.

"Voy a proferir algunas palabras para gloriarme, que a ello me impulsa el perturbador vino, pues hasta al más sensato le hace cantar y reír blandamente, le incita a bailar y le mueve a revelar cosas que más conviniera tener calladas". (La Odisea, Canto XIV).

Pocas figuras en la literatura occidental han influido tanto en el imaginario del vino como Homero. Aunque no se puede afirmar con certeza si realmente existió como una persona histórica o si representa el producto de una extensa tradición oral reunida bajo un solo nombre, las obras que se le adjudican constituyen uno de los testimonios más antiguos y valiosos sobre el papel del vino en la civilización griega arcaica. En sus versos, el vino trasciende su papel de bebida destinada al placer o al consumo diario; se presenta como un alimento esencial, un símbolo de civilización, un elemento religioso y una herramienta diplomática capaz de sellar alianzas, rendir homenaje a los dioses o distinguir a los hombres civilizados de los bárbaros.

La obra atribuida a Homero es uno de los testimonios más ancestrales y valiosos para entender la cultura del vino en el Mediterráneo oriental durante los oscuros siglos griegos y el inicio de la época arcaica. Aunque los poemas probablemente se escribieron en el siglo VIII a. C., preservan tradiciones mucho más antiguas, algunas de las cuales se remontan al mundo micénico de los siglos XIII y XII a. C. En la Ilíada y la Odisea, el vino no es solamente una bebida; representa un marcador de identidad cultural, una fuente de energía, un componente ritual, un bien de comercio y un símbolo de civilización.

Homero. El vino, La Iliada y La Odisea

En el mundo homérico, el vino está siempre presente en relación con el banquete y la hospitalidad. Compartirlo implicaba reconocer a alguien como parte de una misma comunidad cultural y moral. La hospitalidad, esa conocida "xenia griega", requería ofrecer alimentos y vino al visitante antes de indagar sobre su identidad o el propósito de su viaje. Así, el vino funcionaba como un lenguaje universal de bienvenida y respeto mutuo.

La xenía (ξενία) era una de las instituciones sociales y morales más importantes de la antigua Grecia. El término puede traducirse como hospitalidad, pero su significado iba mucho más allá de ofrecer comida, vino o alojamiento a un viajero. Se trataba de un vínculo sagrado de acogida, protección y reciprocidad entre anfitrión y huésped, regulado por normas muy precisas y considerado esencial para el orden social.

Quizá una de las enseñanzas más duraderas que nos ha legado Homero sea precisamente la idea del vino como instrumento de sociabilidad y civilización. El vino une a los hombres alrededor de la mesa, favorece la conversación, acompaña las ceremonias y crea comunidad. Sin embargo, sus poemas también advierten contra el exceso y la pérdida del control, como demuestra el destino de Polifemo o el comportamiento de algunos personajes dominados por sus impulsos.

La xenia griega.

Según la tradición griega, la xenía estaba protegida por Zeus, quien actuaba como garante de los derechos de los extranjeros y viajeros. La creencia de que un dios podía presentarse disfrazado de mendigo o forastero hacía que rechazar o maltratar a un huésped se considerase una grave ofensa religiosa.

En el ámbito homérico, el vino tiene una presencia frecuente vinculada al banquete y a la práctica de la hospitalidad. Compartir el vino representaba un reconocimiento al otro como parte de una comunidad cultural y moral común. La hospitalidad, conocida como la famosa xenia griega, implicaba ofrecer comida y vino al visitante antes de indagar su identidad o la razón de su visita. Así, el vino se transformaba en un lenguaje universal de acogida y respeto recíproco.

La Ilíada ofrece una amplia gama de ejemplos que resaltan la dimensión social del vino. Durante el asedio a Troya, los guerreros aqueos participan en banquetes rituales donde el vino no solo sirve para recuperar fuerzas físicas, sino también para fortalecer los lazos entre los camaradas de armas. Homero menciona a menudo las copas llenas a rebosar, las cráteras donde se mezclan vino y agua, y a los escanciadores que reparten la bebida entre los asistentes. Es interesante notar que el vino rara vez se bebe puro, ya que para los griegos consumirlo sin mezclar con agua era visto como una costumbre de pueblos incivilizados y una práctica que podía llevar a la pérdida del autocontrol.

Guerreros aqueos durante el asedio a Troya

En la Ilíada, el vino aparece desde los primeros cantos asociado a la alimentación de los guerreros. Tras los combates, los héroes se reúnen para celebrar banquetes ritualizados en los que la carne asada y el vino constituyen los elementos esenciales de la dieta aristocrática. El vino proporciona energía y prestigio social. En una sociedad donde el acceso a determinados bienes era signo de rango, disponer de vino de calidad equivalía a manifestar riqueza y posición.

Especial relevancia posee el episodio del vino procedente de Lemnos narrado en el canto VII de la Ilíada. Los aqueos reciben grandes cantidades de vino transportado por mar desde la isla a cambio de metales y otros bienes. Este pasaje constituye una de las primeras referencias literarias al comercio internacional del vino en el Mediterráneo. La escena demuestra la existencia de redes comerciales relativamente complejas en las que el vino actuaba como mercancía de alto valor añadido y objeto de intercambio a larga distancia.

El comercio maritimo del vino

El pasaje ofrece además información económica de enorme interés. Homero menciona intercambios realizados mediante cobre, hierro, pieles, ganado e incluso esclavos. El vino se inserta así dentro de una economía de prestigio anterior a la difusión de la moneda y funciona como un producto estratégico capaz de articular relaciones políticas y comerciales entre distintas comunidades del Egeo.

Otro episodio fundamental aparece en el canto IX de la Ilíada, cuando Néstor prepara una bebida para Macaón. La mezcla incorpora vino de Pramnos, queso de cabra rallado y harina de cebada. Se trata del célebre kykeon, una bebida nutritiva y energética cuya existencia demuestra que el vino era considerado también un alimento y no únicamente una bebida recreativa. La frontera moderna entre bebida y alimento resultaba mucho menos definida en el mundo antiguo.

Encuentro entre Nestor y Macaón.

La Ilíada ofrece además numerosas escenas de libaciones. Antes de juramentos solemnes, sacrificios o pactos políticos, los participantes derraman vino sobre el suelo como ofrenda a los dioses. La libación establece un puente entre el mundo humano y el divino. El vino, producto de la transformación cultural de la naturaleza mediante el trabajo humano, adquiere así un carácter sagrado y se convierte en vehículo de comunicación religiosa.

Especialmente significativo resulta el juramento entre aqueos y troyanos en el canto III. El vino utilizado durante la ceremonia no cumple una función alimentaria sino sacrificial. Una parte pertenece a los hombres y otra a los dioses. Compartir vino equivale a compartir obligaciones morales y religiosas.

También aparece repetidamente la figura del copero o escanciador. Su función consiste en mezclar el vino con agua y distribuirlo ordenadamente entre los participantes del banquete. La mezcla era un elemento central de la civilización griega. Beber vino puro se asociaba a la barbarie y a la pérdida del control racional. La moderación no consistía en abstenerse sino en consumir adecuadamente.

Copero o escanciador.

En La Odisea, uno de los pasajes más famosos sobre el vino describe el encuentro entre Odiseo y el cíclope Polifemo. Antes de entrar en la cueva del gigante, Odiseo lleva consigo un vino de increíble potencia, un regalo del sacerdote Marón, hijo de Evantes. Este vino es tan concentrado y preciado que debía diluirse una parte con veinte partes de agua. Su fragancia era tan intensa y tentadora que resultaba irresistible para cualquiera.

La descripción posee un enorme interés histórico. La elevada concentración sugiere prácticas de elaboración destinadas a aumentar la capacidad de conservación durante los viajes marítimos. Algunos historiadores han planteado la posibilidad de que se tratase de vinos parcialmente pasificados o incluso cocidos, técnicas ampliamente documentadas posteriormente en el Mediterráneo antiguo.

El vino de Marón representa la máxima expresión de la cultura material griega: agricultura especializada, técnicas de elaboración complejas, comercio y refinamiento social. Polifemo, por el contrario, desconoce el cultivo organizado de la tierra, no respeta las leyes de la hospitalidad y vive fuera del orden político. El vino funciona aquí como marcador cultural. El cíclope queda fascinado por una bebida que simboliza precisamente aquello que él no posee, civilización.

Encuentro entre Odiseo y Polifemo

Su embriaguez no constituye simplemente un episodio cómico. Representa la derrota de la fuerza bruta frente a la inteligencia técnica y cultural. La victoria de Odiseo es también la victoria del vino civilizado sobre la barbarie pastoril y salvaje.

Odiseo ofrece su vino a Polifemo, y el cíclope, encantado por una bebida tan exquisita y desconocida, lo bebe en exceso hasta emborracharse por completo. Es entonces cuando Odiseo aprovecha el momento para cegar al gigante y escapar de la cueva. Esta escena está cargada de simbolismo profundo: el vino simboliza la inteligencia, la técnica y la cultura frente a la fuerza bruta y la barbarie. Polifemo vive al margen de las leyes de hospitalidad y las normas de convivencia humana; ignora la agricultura, el comercio y las costumbres civilizadas. La victoria de Odiseo no es solo un triunfo del ingenio sobre la fuerza, sino también de la cultura del vino sobre la naturaleza indómita.

Escultura de Polifemo ebrio cegado por Odiseo

Otro episodio relevante aparece entre los lotófagos (comedores de loto). Aunque el alimento consumido por este pueblo no es vino sino loto, el contraste resulta significativo, son un pueblo mencionado en La Odisea. El fruto del loto que consumían tenía un efecto narcótico y amnésico, haciendo que quienes lo probaban olvidaran su patria y su propósito. El vino homérico favorece la sociabilidad y la memoria compartida mientras que el loto provoca el olvido y la pérdida de identidad. Desde una perspectiva antropológica ambos alimentos representan modelos opuestos de relación con la comunidad y con el pasado.

En los palacios de los feacios el vino vuelve a desempeñar un papel central. Los banquetes organizados por Alcínoo constituyen la representación ideal del orden social aristocrático. El vino circula acompañado de música, poesía y conversación. Se configura así el modelo cultural que posteriormente cristalizará en el simposio griego clásico.

Simposio griego clasico

La hospitalidad feacia constituye probablemente la expresión más perfecta de la xenia homérica. El extranjero recibe comida y vino antes incluso de revelar su identidad. La bebida compartida crea una comunidad provisional entre anfitrión y huésped y establece obligaciones recíprocas protegidas por Zeus Xenios, garante de la hospitalidad.

En el palacio de Ítaca el comportamiento de los pretendientes ofrece el contrapunto negativo. Su consumo desordenado del vino de Odiseo representa una transgresión moral y política. No se trata simplemente de un abuso económico sino de una violación del orden social y doméstico.

La diferencia entre el banquete legítimo y el consumo depredador constituye una de las enseñanzas fundamentales de la Odisea. El problema nunca es el vino sino la incapacidad para respetar las normas culturales que regulan su consumo.

Desde una perspectiva antropológica, el vino homérico cumple cinco funciones esenciales.

En primer lugar posee una función alimentaria. Aporta calorías, energía y seguridad microbiológica en un mundo donde el agua no siempre era fiable.

En segundo lugar desempeña una función económica como producto de intercambio y mercancía de prestigio susceptible de circular por las rutas marítimas mediterráneas.

En tercer lugar cumple una función política y diplomática. Los banquetes sellan alianzas, consolidan jerarquías y refuerzan vínculos entre iguales.

En cuarto lugar desarrolla una función religiosa mediante sacrificios y libaciones que permiten la comunicación con las divinidades.

Finalmente posee una función identitaria. Los pueblos civilizados cultivan la vid, mezclan el vino con agua y respetan las normas del banquete; los bárbaros desconocen estas prácticas o las utilizan incorrectamente.

Homero vincula el vino con el ámbito religioso, destacando su papel en las libaciones que los héroes realizan antes de las batallas, en sus juramentos o durante los sacrificios a los dioses. Al verter unas gotas de vino sobre la tierra o el altar, se establecía una conexión con lo divino, permitiendo tanto pedir protección como expresar gratitud por los favores recibidos. De este modo, el vino funcionaba como un puente entre el mundo humano y el reino de los dioses.

Las libaciones un puente entre lo humano y lo divino

Resulta significativo que el dios Dioniso apenas desempeñe un papel importante en los poemas homéricos. Ello refleja probablemente un momento histórico anterior a la plena expansión del culto dionisíaco que dominará la religión griega de épocas posteriores. El vino de Homero pertenece todavía al ámbito aristocrático, heroico y doméstico más que al de la experiencia extática y mistérica que caracterizará posteriormente a Dioniso.

La imagen del vino transmitida por Homero ejerció una influencia inmensa sobre toda la cultura mediterránea posterior. Los poetas líricos, los dramaturgos áticos, los filósofos y los autores latinos heredaron esta visión del vino como elemento inseparable de la civilización. Cuando siglos después los romanos difundieron la viticultura por Europa occidental, transportaban también este imaginario cultural nacido en las epopeyas homéricas.

La dimensión económica, reflejada de manera destacada en sus poemas, ocupa un lugar crucial. El vino se consideraba un producto prestigioso, fundamental en el intercambio comercial y símbolo de riqueza material. Ya en esa época, ciertas regiones gozaban de renombre por la calidad excepcional de sus vinos, y algunas expediciones marítimas se realizaban con el propósito expreso de comerciar con este preciado producto. La representación frecuente de ánforas, bodegas y recipientes especializados en los textos sugiere el nivel avanzado de desarrollo que la viticultura había alcanzado en el Mediterráneo oriental según la época retratada en los poemas homéricos.

Anforas bodegas y recipientes especializados

Durante siglos, las alusiones al color del vino han fascinado a filólogos e historiadores. Homero emplea la célebre expresión "el mar color de vino" para describir el Egeo bajo ciertas condiciones de luz. Esta metáfora no buscaba equiparar literalmente el color del agua con el del vino, sino más bien transmitir una sensación visual cambiante y profunda, probablemente relacionada con los tonos oscuros y violáceos que el mar adquiría al amanecer o al atardecer. La imagen ilustra hasta qué punto el vino era parte integral del universo sensorial y simbólico de los griegos.

Uno de los términos más frecuentes utilizados por Homero es "oinops", literalmente "de aspecto de vino" o "color de vino". La expresión más célebre derivada de este adjetivo es "el mar color del vino". Durante siglos los comentaristas discutieron si Homero padecía algún tipo de alteración en la percepción de los colores o si los griegos poseían un sistema cromático distinto al moderno. La explicación actualmente aceptada es que el poeta no pretendía describir un color concreto sino una cualidad visual compleja: profundidad, oscuridad, brillo cambiante y reflejos rojizos o violáceos semejantes a los que presenta el vino tinto bajo determinadas condiciones de luz. El vino aparece así convertido en referencia sensorial fundamental para describir la naturaleza misma.

Oinops. El mar color de vino.

La gran enseñanza que emerge de la lectura conjunta de la Ilíada y la Odisea es que el vino no constituye simplemente un producto agrícola sino una forma de organización del mundo social. Allí donde existe vino existen agricultura, comercio, hospitalidad, religión y memoria colectiva. Allí donde el vino desaparece o se consume al margen de las normas culturales aparece la barbarie, la violencia y la ruptura del orden comunitario.

Más de dos mil setecientos años después de la composición de estos poemas, las reflexiones homéricas sobre el vino siguen conservando una sorprendente actualidad. El vino continúa siendo memoria, cultura y vínculo social, exactamente igual que lo era para aquellos héroes que, bajo las murallas de Troya o durante las largas travesías por el Mediterráneo, encontraban en una copa compartida una forma de reconocerse como miembros de una misma civilización.

La iliada y la Odisesa

Para Homero, en definitiva, la historia del vino es también la historia misma de la civilización mediterránea.

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